miércoles, 25 de mayo de 2016

Se busca (II)

Segunda parte del relato que comencé a publicar ayer. 
Para leer la primera parte, clic aquí

También puedes descargar la antología en la que está contenido este relato desde aquí.

***

No fue a propósito, lo prometo. A veces pasan cosas y... no puedes evitarlo. Me gusta que mis alumnos hablen en público, que se quiten el miedo a expresarse delante de la gente, así que dedico parte del curso a que hagan exposiciones orales. Eran casi las dos de la tarde y le tocaba exponer a ella. Yo no podía apartar la mirada. Quizá por eso me di cuenta de que iba a desmayarse antes que nadie.

Me precipité hacia ella y llegué justo a tiempo para frenar la caída. Perdí el equilibrio y acabé de rodillas en el suelo, con ella entre mis brazos. El resto de alumnos se asustaron y quizá debería haber dicho algo para tranquilizarlos, pero en aquel momento solo existía ella. Dudo incluso de si yo existía entonces, porque no fui capaz de reaccionar. Me limité a sostenerla, a mirarla con los ojos llorosos y a acariciarle la cara mientras murmuraba una y otra vez las palabras “por favor”. Afortunadamente una alumna acertó a atenderla y, unos instantes después, volvía en sí. Cuando abrió los ojos me vi reflejado en ellos y pensé que era así como quería verme siempre. Sin pensarlo me acerqué a ella y, cuando me faltaban unos milímetros para tomar sus labios, alguien me recordó que no estábamos solos.

—Profe, ¿estás bien?

Asentí con torpeza, me levanté y la ayudé a incorporarse.

—Es solo que me ha pillado un poco de sorpresa y estoy algo nervioso.

No sabía si se lo creerían pero, por suerte, a esas edades todavía les queda inocencia. Eso, o que ninguno de ellos podía imaginarse que estaba locamente enamorado de su compañera.

—Pues para haberte pillado por sorpresa, profe, has reaccionado rápido. ¿Lo habéis visto? ¡La ha cogido al vuelo!

—Es verdad, profe, menos mal que estabas atento.

Me felicitaban y agradecían la rápida intervención, convencidos de que habría hecho lo mismo por ellos, pero no habría sido así. No me malinterpretéis, no es que no apreciase a aquellos chavales, pero no eran ella.

El incidente pasó y se olvidó. Las últimas semanas de curso se deslizaron poco a poco, llevándonos hasta mayo y, con él, llegaron los exámenes finales y la despedida. Los alumnos, dispuestos siempre a celebrar, organizaron una cena a la que invitaron a casi todos los profesores. Me enorgullece decir que yo estaba entre los invitados. Os sorprenderá que os diga que no pensé en esa cena como mi gran oportunidad. No, al menos, con antelación. Solo cuando la vi allí, despreocupada, riendo, tratando a los profesores ya no como superiores, sino como compañeros de la aventura vivida, caí en la cuenta de que ya no era mi alumna.

No pude apartar los ojos de ella durante toda la velada. La pasé intentando descubrir cómo podía acercarme a ella sin parecer un viejo verde, sin asustarla. Cómo hablarle para que ella también entendiese que ya no era su profesor, que era solo un hombre. ¿Cómo le dices a una adolescente que la has querido durante años sin que huya? No encontré la fórmula, así que no esperéis que os desvele la incógnita. Por fortuna, fue ella la que se acercó a mí.

Me llamó por mi nombre y me dio las gracias, ¡ella a mí! Por mis clases, por haberle enseñado tanto. Y me sonrió, a mí, y solo a mí. Y yo me di cuenta de que había tristeza en su sonrisa.

—¿Cuál es el problema? —pregunté.

Ella pareció sorprendida, ¿cómo iba a importarme lo que le pasase? A veces estamos tan ciegos...

—Tengo miedo —me dijo—. Miedo de lo que viene ahora. De si tomaré la decisión correcta, de si lo haré bien. De si el camino que escoja me llevará donde quiero ir.

Un ya ex-alumno nos interrumpió:

—Nos vamos a tomar algo al 33, ¿te vienes? —preguntó dirigiéndose a ella.

—¿Te apetece? —me preguntó ella a mí.

—Claro, vamos —respondí.

Entonces ella dijo algo que me desmontó por completo.

—Adelantaos vosotros. Ahora vamos nosotros.

“Nosotros” había dicho. Nosotros, ella y yo. Qué tontería, ¿verdad? Pero para mí no lo fue. Creí que aquel momento había sido el más feliz de mi vida. Sí, soy consciente de que suena infantil, pero no me importa, así fue.

Cuando sus compañeros habían avanzado unos cuantos metros ella me invitó a empezar a caminar.

—A lo mejor me estoy tomando demasiadas confianzas, pero has sido tú quien ha preguntado, así que... —comenzó.

—Aguantaré lo que venga, no te preocupes —dije yo, intentando sonreír.

—Pues que no estoy segura de que este sea el camino correcto, la verdad. Me gusta muchísimo la Historia del Arte, pero no paran de decirme que eso no vale para nada, que debería aprovechar mi capacidad y, ya que he renunciado a estudiar ciencias, pues al menos estudiar idiomas o algo que sirviese para la vida real. O Derecho. Esas cosas. No sé. Cuando lo pienso fríamente creo que está bien que yo invierta o malgaste mi vida en lo que quiero hacer, pero me da miedo que ellos tengan razón y acabar pasándome el resto de mi vida oyendo “te lo dije”. Lo odiaría. No sé si podría soportarlo.

—Lo soportarás. Precisamente porque habrás malgastado tu vida a tu manera. Eso no es algo que pueda decir todo el mundo, ¿sabes?

—Ya, bueno, pero estudiar no es solo aprender. Se espera que uno encuentre trabajo y yo no tengo claro que eso vaya a pasar.

—Bueno, siempre se necesitarán barrenderos. Y no hay vergüenza en ser barrendera. Mucho menos si una es una barrendera con Historia del Arte, ¿no crees?

Apenas hube cerrado la boca me di cuenta de que había dicho una estupidez, de que no era aquello lo que ella necesitaba oír, pero debí equivocarme, porque ella sonrió. Sentí como su hombro se acercaba sensiblemente al mío. Temblé.

—Si te soy sincera... El problema es mi madre, ¿sabes? Nunca ha querido que yo estudiase. Parece mentira, en los tiempos que estamos, que todavía crea que el papel de una mujer está en casa o, como mucho, ejerciendo algún trabajo “de mujeres”: peluquería, limpieza, … Esas cosas. Pero en cierto modo también me siento bien haciendo algo que ella no aprueba. Es como si me estuviese reivindicando. Como si dijese que sí, que soy diferente a ella, y que me gusta serlo. Si tuviese el valor me encantaría enfadarla a cada momento.

Dijo las últimas palabras mirándose las puntas de los pies, como si temiese sonar infantil o malcriada. En cierto modo, así era, pero estaba hablando de sus padres y es fácil parecer infantil cuando hablas de tus padres. No tardé mucho en darme cuenta de que no era eso lo que temía. Fue apenas un instante, un destello casi imperceptible, pero una lágrima cayó de su ojo derecho. Estaba intentando contener las lágrimas. Entonces, sin pensarlo, tomé su barbilla y me acerqué a su boca. La miré fijamente, viéndome de nuevo reflejado en sus ojos.

—¿Crees que esto enfadaría a tu madre? —susurré antes de besarla.

No fue un movimiento inteligente, lo sé. Debería haber aprovechado la oportunidad para ofrecerle mi apoyo y mi consejo y, con esa excusa, darle mi teléfono, proponerle que quedásemos durante el verano... Podría haberlo hecho mejor, está claro. Pero lo importante, lo verdaderamente importante, es que ella me devolvió el beso.

No sé cuánto duró porque para mí se paró el tiempo. Mis manos recorrían su espalda y se enredaban en sus rizos y las suyas, entrelazadas alrededor de mi cuello, nos mantenían unidos.

El sonido de un claxon nos devolvió al mundo real, no sin dificultad: fue como despertar de un largo sueño.

—Mi madre... —susurró ella.

Lo bueno es que pudimos comprobar a ciencia cierta que encontrarla besándose con su profesor la había cabreado bastante, vistos los improperios que soltaba. Lo malo es que estaba dispuesta, por todos los medios, a llevársela.

No sé qué era lo que brillaba en sus ojos cuando me miró por última vez. Creo que yo lloré, sabía que la perdía. Se abalanzó sobre mí y me besó de nuevo, con violencia.

—Gracias —susurró al despedirse. Pero no sé qué era lo que me agradecía.

Y yo me quedé allí de pie, viéndola marcharse mientras su madre gesticulaba exageradamente. Quise imaginar que, a pesar de todo, sonreía.

La esperé. Aguanté un par de cursos esperando que, quizá, ella volvería. Pero no volvió y la vida en aquel instituto se me hizo insoportable. Veía su sombra por los pasillos y oía su risa por las escaleras, a la hora de salir al recreo. Esperaba encontrarla en todas las aulas en las que estudió y a veces hasta me parecía que mis compañeros aún hablaban de ella. Creí que me estaba volviendo loco y, finalmente, claudiqué. Decidí volver cerca de mi familia y amigos con la esperanza de olvidarla, pero no ha habido suerte. Y ahora sé que lo prefiero. Hace tres años que la busco, ¿saben? Y aunque mi búsqueda no ha dado buenos resultados, prefiero consumirme en su recuerdo que resignarme a dejarlo marchar. No sé, a veces pienso que tal vez ella también me busca y que quizá el destino quiera que un día nos encontremos. Quizá esté leyendo esto y se reconozca. Si es así, si me estás leyendo, quiero que sepas que, aunque lo he intentado, ya casi no puedo notar el sabor de ese beso y creo que deberíamos hacer algo al respecto. Sin tu madre esta vez.

Yo, por si acaso, seguiré buscándote.


11 comentarios :

  1. Y tú empeñada en los finales tristes... :)

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    1. Esta historia no podía tener otro final más que este. Y no es triste, solo agridulce. O amargo, no sé :P

      ¡Besos!

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  2. Ay, cómo mola. <3 En su conjunto es un relato genial. Y como dices: es un final muy a la altura del tema que trata; si se hubieran casado, hubieran vivido felices y hubieran comido perdices sería muy Disney todo. :P

    Besos.

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    1. Es que eran profesor y alumna. La cosa estaba complicada, al menos a estas edades XD

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    2. Dir «complicada» és quedar-se curt; en el món real, almenys.

      Els teus personatges aconsegueixen, però, una cosa valuosíssima: un record molt bonic. Els envejo.

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  3. Muy buena historia, Bettie. Me ha encantado como nos vas describiendo los sentimientos del profesor. Hacen que termines metiéndote en el relato por completo. El momento del beso y la frase "¿Crees que esto enfadaría a tu madre?" me parecen perfectos.
    Te felicito, Bettie, por tu relato.
    Un saludo.

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    1. Gracias, Alma :) Me alegro mucho de que te haya gustado :D

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  4. A mi también me gustó cuando lo leí (y ahora otra vez). Y eso que al principio pasa tal y como dice el narrador, que te da cierto reparo lo que está explicando. Pero no puedes evitar dejarte llevar por el relato :)

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    1. Todo un cumplido viniendo de usted, señor Geralt :)

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  5. Ya sabes lo que pienso de tus relatos. Creo que tienes que estar harta de mí porque me repito más que el ajo. xD

    Ojalá mucha más gente lea tu antalogía. ^^

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    1. De momento 9 personas la han añadido en Goodreads <3 ajajjaja xD

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