miércoles, 28 de diciembre de 2016

Hago balance...

Finales de 2016. A lo mejor toca seguir con la costumbre y hacer balance. Este año va a ser un poco distinto. Sabéis que todos los años repaso un poco el post del año anterior y añado los papelitos de buenos momentos que he vivido durante ese año. Pues bien, este año prefiero no mira el post del año pasado. No recuerdo qué había, pero prefiero no mirarlo. Y no voy a poner -de momento- los buenos momentos de este 2016: no por nada, simplemente porque me he dejado mi tarro de buenos momentos en Córdoba. También he de decir que ese bote sería un testigo poco fiel de mis buenos momentos en los últimos cuatro o cinco meses, porque prácticamente no he metido nada dentro: estaba muy ocupada pasándomelo bien como para ir tomando notas. 

Pero sí voy a recapitular, así, fiándome de mi memoria, unos cuantos buenos momentos. Porque tengo la convicción de que 2016, a pesar de ser par, ha sido un buen año. No perfecto, sé que eso no existe, pero sí un buen año en el que he aprendido muchísimo sobre mí misma. Sigo aprendiendo. 

Lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en 2016 es que conseguí la que había sido mi meta en los últimos años, por no decir durante mi vida entera: gané la plaza, conseguí superarme a mí misma y quedar entre los mejores de mi tribunal. Sigo estando orgullosa de mí misma por ello: sin academia, sin ayuda, mientras trabajaba, pero lo conseguí. Cuando digo sin ayuda, claro, me refiero a ayuda académica, porque sí he tenido ayuda. Ha habido mucha gente que me ha animado (mayoritariamente personicas de aquí, del Interné), y he tenido la ayuda inestimable de una persona que ya no está en mi vida. Es de bien nacidos ser agradecido, y yo procuro serlo en la medida de mis posibilidades. 

Las oposiciones me llevaron a Córdoba, una ciudad con la que empecé con muy mal pie, pero que ha ido enamorándome sin remedio. Supongo que porque la Bettie que hoy habita allí es algo distinta a la que pisó la ciudad por primera vez.  Así, de una tacada, pasé de vivir en un pueblecito a vivir en una capital de provincia preciosa. Todavía no se me pasa el síndrome de Stendhal. Todavía sigo sonriendo  y muriéndome de amor cuando paseo por sus calles. Y espero que por mucho tiempo. 






Y Córdoba (e Internet, de nuevo) me llevaron a conocer a alguien maravilloso, a quien ha sido mi Cicerone durante estos meses, mi amigo, mi compañero en esta aventura que ha sido aterrizar en una ciudad nueva y cambiar totalmente de vida. Bueno, eso y mucho más. Sin él la historia habría sido tan distinta... Y, gracias a él, he conocido a más personas geniales, muchas de las cuales ya tienen un huequito especial en mi corazón, aunque yo no sea muy de manifestarlo. Yo, que nunca he sido una persona sociable. No me reconozco. 

Esa es otra: no me reconozco. Siempre me he tenido por una persona arisca, seria, poco divertida, poco cariñosa...¡Y de repente me he convertido en la alegría de la huerta! Bueno, tampoco nos pasemos. Pero noto que mi carácter ha cambiado. Será porque, en ambientes adversos, alguien tiene que poner la nota de alegría. Y creo que he asumido el papel. Me sorprende. 

No puedo dejar de hablar en este post de uno de los descubrimientos del año: ¡los juegos de mesa! A ver, que esto era una frustración mía, desde siempre, porque mi hermano nunca quería jugar conmigo. Encontrarme, ahora, con gente que disfruta con los juegos de mesa es una suerte. Y descubrir juegos que nunca había imaginado, también. De hecho, ya me han regalado mi primer juego y yo me he comprado mi primer juego también. Además, como tengo una suerte de principante alucinante, he ganado alguna que otra partida así, sin saber muy bien cómo xD (Épica victoria en "La vuelta al mundo en 80 días", finalizando en 68 xD, y disfruté muchísimo jugando al "Pandemic Iberia" -porque me sentí súper útil xD-)


En cuanto a música, también ha sido un buen año. Vi a Ismael Serrano dos veces: una en Valencia y otra en Córdoba. Y descubrí -me descubrieron- a Quique González, que se ha convertido en parte de la banda sonora de mi día a día. A ver si hay suerte y este año lo puedo ver en concierto. Sería genial. 



Tuve un buen verano. La felicidad de las oposiciones me mantuvo ahí, arriba, arriba. Descubrí rincones bonitos en buena compañía, llené mis días de poesía, disfruté con mis amigas. La verdad es que, sin hacer nada espectacular, ha estado muy bien.

He vencido algunos monstruos. Conseguí irme a Valencia en coche varias veces, con el miedo que me daba, y meterme en el tráfico de la ciudad. Pero no solo eso: el 15 de agosto, a falta de billetes de tren, me fui en coche a Córdoba, porque tenía que buscar piso, fui con él al cine y, evidentemente, volví a casa (metiéndome por el centro de Córdoba xD). Fue el viaje más largo que había hecho hasta el momento y ya lo he repetido dos veces más, con ida y vuelta. Todavía me falta seguridad en mí misma, pero poco a poco. 

También ha habido algunos fracasos. El del NaNoWriMo, el primero. Escribí algo, sí, pero abandoné rápido. Y también ha habido finales, aunque un punto y final no es un fracaso cuando se entiende que hay que terminar una historia y se reúne el valor suficiente. 

Vaya, que, en términos generales, no ha estado mal. De hecho, ha estado bastante bien.

Venga, 2017, no te digo que me lo superes... ¡Iguálamelo!





PD: Si llego a Córdoba y saco tiempo, os pongo los papelitos, va :)


lunes, 26 de diciembre de 2016

Reflejos.

Hace unos meses me regalaron un espejo. Siempre me han puesto nerviosa, por eso en mi casa no había más espejos que el del cuarto de baño. Pero ese espejo era precioso, así que lo agradecí sinceramente y me lo llevé a casa. 

Me costó encontrar un sitio en el que ponerlo o, más bien, me costó encontrar el valor necesario para colgarlo. Decidí ponerlo en el pasillo: un punto de paso en el que no solía detenerme y por el que pasaba sin mirar. Lo coloqué intentando evitar reflejarme en él y no volví a dedicarle siquiera un pensamiento hasta unos días más tarde. 

Salía con prisa. Unos amigos me habían avisado de que estaban por el barrio y me preguntaron si me apetecía tomar algo con ellos. Cuando ya casi llegaba a la puerta me asaltó un extraño ataque de vanidad, así que decidí volver a comprobar que mi aspecto era aceptable. Y así fue como empezó todo. No quise caminar hasta el cuarto de baño y me miré, por primera vez, en aquel espejo. Me vi maravillosa, casi perfecta: el rizo, como dibujado, que se descolgaba por mi frente, los labios rojos, como recién besados, los ojos brillantes, la sonrisa amplia, la piel luminosa. Me detuve unos instantes a mirar mi reflejo y salí.

A partir de ese momento, aquel gesto se convirtió en un ritual. Cada vez que salía de casa pasaba unos instantes admirándome en la superficie pulida de aquel espejo, descubriéndome hermosa como nunca antes me había creído.

Mis amigos me miraban, preocupados. Preguntaban si me encontraba bien, si estaba comiendo suficiente, si me estaba cuidando. Yo no entendía estas preguntas, ¡si estaba más guapa que nunca! ¡Nunca me había sentido mejor! Así que respondía que sí y cambiaba de tema.

Pasadas las semanas, un día, de repente, la gente dejó de reparar en mí. ¿Cómo era posible? No fui consciente de lo que ocurría hasta que entré en el ascensor del trabajo: no había nadie ahí. Sí, yo estaba frente al espejo, pero no había reflejo alguno. Volví corriendo a casa y me miré en mi espejo. Allí estaba, preciosa, perfecta, la mejor versión de mí misma. Pero, al parecer, solo allí.


domingo, 25 de diciembre de 2016

Bailar sin música.

A querer también se aprende. Os lo digo yo que, aunque siento que el amor me va a hacer estallar porque no puedo contenerlo, me siento tremendamente torpe. Y sí, a querer también se habitúa uno. Poco a poco, sin que nos demos cuenta, vamos aprendiendo a interpretar los gestos de esa persona, sus palabras, sus silencios... Señales imperceptibles para casi cualquiera pero que, para nosotros, están llenas de significado. "Le tiembla el labio, está triste". "Me mira mucho, necesita un abrazo". "Aparta la mirada, algo le preocupa". El siguiente paso es saber qué medicina requiere cada dolencia. Hay gente que, cuando está triste, solo necesita que le hagan compañía. Otras personas, en la misma circunstancia, prefieren que las saquen de casa y que les hagan olvidar. A otras les vale con una caricia o con que les cojas la mano. Sí, querer es todo un arte y requiere maestría. Y eso, claro, lleva tiempo. 

Pero ese arte, cuando se ejercita durante mucho tiempo con la misma persona, se torna hábito. No utilizo la palabra con ningún sentido peyorativo. Lo que quiero decir es que la reacción a esas señales se graban a fuego, se vuelven casi instintivas. Y, como cualquier hábito, estas reacciones son difíciles de cambiar y requieren mucho tiempo.

Tiempo, sí. Supongo que necesitaba tiempo. Me lo dijo una amiga que suele tener razón: "Tienes que aprender a quererte tú misma antes de pensar en que te quieran o en querer a otros". Sí, puede ser que esta vez también tuviese razón, que necesitase tiempo para aprender a quererme y para desaprender cómo le quería, pero yo no soy lo suficientemente temeraria como para dejar pasar la oportunidad de tomar algo que quiero. Ya se sabe: hay trenes que nunca vuelven y los "y si" son unos compañeros crueles. 

Así que aquí ando, pegándome de bruces contra mis hábitos, mordiéndome la lengua y aguantándome los gestos que me eran tan familiares, intentando aprender a querer de nuevo. Y, más difícil todavía, asumiendo que no soy la única que tiene que aprender, que él también está intentando encontrar significado a mis gestos, mis palabras y mis señales y buscando la respuesta adecuada. Recordándome que estamos aprendiendo a bailar al mismo ritmo sin música. 





PD: Si ya nos sincronizamos para beber al mismo tiempo en el cine, no debe ser tan difícil, ¿no?

viernes, 16 de diciembre de 2016

Libro: La Carne, de Rosa Montero.


Lo mío con este libro fue amor a primera vista: en cuanto leí en Instagram un párrafo (culpa de Julia), me enamoré. Por si acaso no había tenido suficiente, Julia me pasó un fragmento más por privado en Twitter y decidí que tenía que comprármelo. Vamos, dicho y hecho: lo encargué la semana pasada, lo recogí el martes de esta semana y anoche lo acabé. Hacía tiempo que no leía con tanta ansia. Vamos a por la reseña.

¿De qué va el libro? 

Soledad es una sexagenaria que contrata un gigoló para dar celos a un antiguo amante. La relación que iba a consistir, únicamente, en un intercambio comercial, se complica cuando se ven envueltos en un atraco. Pero bueno, en realidad todo esto no importa demasiado, y a continuación os cuento por qué. 

Hablando del libro...

A ver, no es que el hilo argumental dé igual, es que a mí me ha dado absolutamente igual. Podría haber sido una historia completamente diferente, me habría dado lo mismo. Se supone que la novela es un thriller, pero vamos, que si la compráis por la intriga y la emoción, os vais a llevar un chasco, porque como historia, como narración, me parece bastante meh. Vamos, ni meh. Si quitamos todo lo bueno que tiene el libro y dejamos la narración de la intriga, a mí me deja fría. Vamos, que no. 

Peeeeeero, y el pero es importante, La carne no es solo un thriller, y para mí, no es principalmente un thriller. ¿Qué diría yo que es? Un ensayo novelado o algo así. ¿Qué vale la pena de este libro? Los pensamientos de Soledad. Sus pensamientos y el análisis que hace de sus recuerdos. Eso sí es oro. O, al menos, a mí me lo ha parecido. Tengo el libro lleno de pegatinitas y marcadores, pero no en relación a la trama, nunca en relación a la trama, sino siempre marcando algún pensamiento de Soledad. 



No he leído demasiado de Rosa Montero, pero lo cierto es que en lo que he leído, cuando se pone a reflexionar te arrastra con ella y es maravilloso. Hay un montón de fragmentos que me han gustado y, aunque pueda parecer raro, he entendido mucho a Soledad y me he sentido muy identificada con ella en algunos momentos. En otros no tanto, o nada, pero no ha dejado de parecerme muy interesante lo que pensaba. 

Y, como guinda, las reflexiones sobre "escritores malditos" que hace la protagonista. Geniales, curiosas. Dan ganas de seguir investigando y averiguando cosas sobre ellos. 

En resumen, ¿lo recomiendo? Pues depende. Como thriller o novela al uso, no. Pero como pretexto para darle un par de vueltas al coco sobre el amor, el sexo, la locura, eso de envejecer, las obsesiones, la literatura o el hecho de ser uno de los malditos, pues sí. También es cierto, no lo niego, que a lo mejor ha llegado a mi vida en el momento correcto. No lo sé. 

Y ya está.  Para lo mucho que he disfrutado la lectura, como que tengo poco que decir, ¿no?

Os dejo un trocito...

Entonces, ¿en eso consistía querer de veras a un hombre? ¿En una condena a la locura, como Dolores, en un tenaz ejercicio de autodestrucción, como Lejárraga?

En resumen, este libro... 


Ahora continuaré con la lectura de Frankenstein, que lo dejé en pausa. Ya os iré contando :)

¿Alguien ha leído La carne? ¿Qué os ha parecido?

lunes, 12 de diciembre de 2016

I

Soy fan de eso que siento cuando me abrazas. Sí, del vello que se eriza en mi espalda cuando me aprietas contra tu pecho. Sí, de tu barbilla sobre mi cabeza. Sí, soy fan de eso que siento cuando me quieres de cerca. 

Por eso te busco por los rincones: busco tu olor en las sábanas, tus notas en la nevera, el silencio que dejas. Y me sonrío en tu vacío, porque sé que estuviste. Y que volverás. 

Me gusta llorar entre tus brazos, así en silencio y sin que te des cuenta 一o mientras haces como que no te das cuenta一, soltando la tristeza poco a poco, descargando los miedos sobre tu hombro. Y lo siento, pero me gusta sentir cómo te preocupas, cómo enredas los dedos en mis rizos y deseas, sin decir nada, saber qué hacer para arrancarme la pena de una vez por todas. 

Sí, soy fan de ti, y de todo eso que haces para conseguir que me disuelva en aire, que me deshaga en suspiros. 


domingo, 11 de diciembre de 2016

Actualización de estado: 3 meses y pico en Córdoba.

Hoy quería actualizar y, al parecer, la gente en Twitter ha votado por un podcast. Ha quedado un churro, pero bueno, ahí estoy yo, lastimosa y dominguera, contándoos cómo me va por estos lares sin demasiado orden ni concierto. En fin, espero que no sufráis demasiado escuchándome :P 






¡Mil besos! 


viernes, 25 de noviembre de 2016

Retratos a tiza (VI)

Tienen esa edad en la que el amor, todavía es puro e inocente, tierno. Son pequeños, y con pequeños quiero decir bajitos, los más bajitos de su clase. 

Él tiene unos ojos enormes y una sonrisa de esas que se contagian (no puede una quedarse triste después de verlo sonreír). Además, es alegre hasta decir basta, como si no tuviese miedo de nada. Ojalá recordase yo lo que es sentirse así... 

Ella tiene unos ojos enormes y despiertos. Habla a gritos y tiene bastante mal pronto. Quiere hacerse la dura, la mayor, la experimentada (¡Qué gracia, con 13 años!), pero en el fondo se ve que se derrite por que la traten con dulzura. Supongo que, por eso, se ha fijado en él, que se parece tan poco a ese Hache que a ella tanto le gusta: los "Haches" del instituto no van a tratarla así. 

Hace un par de semanas los vi sentados juntos y, para qué mentir, me extrañó, y más me extrañó todavía ver como ella, en un descuido de la profesora (la que escribe, para más señas) le daba un beso en la mejilla. Sonreí, ya sabéis como soy yo para estas cosas, tengo el corazón blandito. 

La semana pasada, en cambio, se sentaron separados. No le di importancia, ¡ya veis!, podía ser por cualquier cosa. Pero a mitad de la clase ella empezó a llorar. Le pedí que me acompañase fuera antes de que la cosa se pusiese fea y le pregunté si estaba bien. 

ㅡSí, profesora. Es una tontería, pero...
—Pero te afecta, no te preocupes. ¿Necesitas quedarte aquí un rato?
ㅡSí ㅡdijo, mientras volvían a inundársele los ojos.
ㅡBueno, pero no te muevas de aquí, ¿vale? Y cuando estés más tranquila, entras.

La dejé fuera, intentando recomponerse, y, al entrar, me encontré con el otro drama. Él, siempre risueño, también lloraba. Una compañera intentaba consolarlo y el resto alucinaban. Hice lo mismo: me acerqué a él y le pregunté si quería salir a despejarse, si se encontraba bien.

ㅡSí, profesora, estoy bien.
ㅡ¿Seguro? ¿Puedes seguir en clase?
ㅡSí.

Y allí se quedó, con los ojos enrojecidos, mirando de reojo a la puerta, esperando que ella entrase. 

Lo que ha pasado entre ellos no lo sé, la verdad, pero hay que ver, con qué intensidad se vive todo a ciertas edades, ¿verdad? 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Lo espectacular.

–"He renunciado a lo espectacular, ¿sabes? Una vez me prometieron que me bajarían la luna y me rompieron el corazón. Una vez alguien dijo que yo era su prioridad, que estaba delante de todo lo demás. Y bueno, a lo mejor es que yo no sé estar en ese puesto o a saber, pero la cosa no salió bien.  Quizá es porque tengo cierta debilidad por los poetas, pero a lo largo de mi vida me han prometido hacer realidad por mí toda clase de imposibles y nunca llegó a pasar. Nunca acabó bien. Nunca fue verdad.

»Bueno, sí, una vez. Pero eso  tampoco fue suficiente.

»Así que, ya te digo, he renunciado a lo espectacular: no tienes necesidad de mentirme. No me hables de eternidades, no me digas que no puedes vivir sin mí, no me prometas nada que no puedas cumplir. Ya estoy harta de poetas."

–A ver, para ser algo que decir en tu boda, no es muy espectacular, que digamos... Con esto no va a emocionarse nadie...

–Ni falta que hace. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Retratos a tiza (V)



Rosa, te lo dedico.



Ya era hora de que empezase a retratar a mis alumnos de este curso. Diversas circunstancias hacen que pase más tiempo trabajando y quejándome de la cantidad de trabajo que tengo que otra cosa. Y también es cierto que este año me está costando más conocer a muchos de mis alumnos, a los que veo de uvas a peras. Pero ya hay varios que destacan y que se merecen un rincón aquí.



Él es genial. Peculiar, no diré que no, pero es parte de su encanto. No es normal que un chaval de su edad (17 años) pase tantísimo de lo que puedan pensar sus iguales. Por ejemplo, esta semana ha aparecido por clase con las uñas pintadas de verde y negro. Os diré que me ganó cuando se definió como "feminazi", aunque habían allanado el camino sus camisetas de superhéroes. Tiene un pensamiento rápido y profundo, una labia hechizante y una capacidad crítica enorme pero, por desgracia, su disciplina y capacidad de esfuerzo no están a la misma altura. Si os digo la verdad, no es lo que más me importa: va a ser una persona brillante en lo que se proponga. Es solo que podría sacar sobresalientes y se conforma con bienes.  El viernes pasado, agotada de toda la semana, consiguió hacerme sonreír de verdad. Después de hacerme la enésima pregunta dijo, abatido:

一Jolín, profesora, ¿es que tienes respuestas para todas las preguntas?
一Para nada 一respondí yo.
一Pues yo creo que sí. Llevo desde principio de curso intentando pillarte y no lo consigo. 

Sonreí y salí por donde suelo salir, por el humor, acusándole de intentar boicotearme las clases y amenazándole, de broma, claro, con suspenderle a perpetuidad. 

De todas maneras, lo que me da más miedo no es que intente dejarme sin palabras, sino que se ha propuesto que vea anime antes de que acabe el curso.




Ella es fantástica. La miro y me reconozco a su edad. Me ganó al principio de curso, porque la veía siempre, de un lado a otro, con un libro en la mano. Así espera entre clase y clase: leyendo. Antes de nuestra última clase la encontré al sol, intentando resistir al frío, con un libro en la mano. Es de esas alumnas que anotan todos los libros que dices. Todos. No digo que los vaya a leer (al fin y al cabo 2º de bachillerato es un curso ajetreado), pero se le ve intención. 

Ella sonríe, sonríe mucho. Tiene una cara amable y dan ganas de abrazarla. Y me encanta su voz , es extremadamente dulce. Apenas hace dos meses que le doy clase, pero ya habla de la graduación, de que tengo que decir unas palabras, de que ella y su compañero (el que me quiere dejar en evidencia, pero con cariño) me van a hacer un regalo. Yo le digo que no hace falta, que no es necesario, pero parece decidida. El otro día me preguntó qué libro me gustaría que me regalasen. 

Y, vaya, sin pretenderlo, fue ella la que me hizo una pregunta a la que no supe responder. 




miércoles, 16 de noviembre de 2016

Acabo de quitarme el reloj.

Acabo de quitarme el reloj.  Por fin.

No suelo llevar el reloj puesto si no tengo citas, si no tengo que controlar el tiempo. Lo llevo para trabajar. Lo llevo cuando tengo reuniones por la tarde. Pero en cuanto acaba mi jornada laboral fuera de casa (porque dentro de casa trabajo, y no poco), me lo quito. 

Hoy acabo de quitármelo ahora, hace apenas unos minutos. Son las ocho de la noche. Salí de casa a las nueve de la mañana. Bueno, no voy a mentir: a las nueve y poco, mientras unos besos de buenos días se me enfriaban en la boca. 

Acabo de quitarme el reloj y siento que se me escapa el tiempo y que no me queda nada para mí. 

Acabo de quitarme el reloj y, al oír el "clonc" metálico al dejarlo sobre el mueble me he dicho: "Esta es tu vida ahora". Creo que algo en la parte más profunda de mi cerebro ha preguntado si estaba satisfecha, si era feliz. 

Creo, no estoy segura. Prefiero no estarlo. Así no tendré que esforzarme en contestar. Hoy no podría soportarlo. 



sábado, 12 de noviembre de 2016

Libro: Nadie se muere de esto, de Fátima Casaseca




¿De qué va el libro?

Mientras Elena prepara una fiesta sorpresa para su novio Alberto, descubre que este ha intercambiado unos mensajes bastante comprometedores con otra mujer que dejan poco lugar a a dudas: Alberto, el novio perfecto, le ha sido infiel. Desorientada por el shock, Elena no sabe qué hacer, y entre consejo y consejo va encontrándose a sí misma poco a poco, eso sí, no sin antes dar unos cuantos tumbos. 

Hablando del libro... 

Sigo sumida en un estado de apatía lectora bastante grande pero, por suerte, este libro ha conseguido atravesar un poco la coraza. Los primeros párrafos del libro me encantaron porque podría haberlos escrito yo. Desde luego, hay que salvar las distancias, son situaciones distintas, pero yo, como Elena, no hace mucho me enfrentaba a una situación límite en la que tuve que tomar una decisión drástica. A eso podemos unirle el hecho de que mi vida ha dado un giro bastante radical en los últimos meses: nueva perspectiva vital, nueva ciudad, nuevas rutinas... Y aunque es todo bastante prometedor, no deja de ser duro. 

La parte destacable de la novela no es la historia. Al fin y al cabo no habla de nada del otro mundo: de una crisis de pareja que acaba siendo otra cosa. Que no sea destacable no quiere decir que no sea positivo: quizá por ser algo tan común es fácil conectar con la historia. Pero sí tiene dos aspectos más destacables: la narrativa de Fátima, que es fresca, directa, fluida y, no por ello, simple, y los pensamientos de Elena y la gente que la rodea, que pueden ser los pensamientos de muchas de las mujeres que rondamos la treintena. Está tratada la presión por cumplir con el plan vital establecido: casa, boda, hijos. También se trata el tema de la soltería a los 30 como un drama. Parece ser que si no tienes pareja a los 30 eres una paria. Y si dejas una relación cerca de esas edades, estás maldita. El tiempo pasa, ya no eres una jovencita, ya no vas a llegar a todo (esto me lo han dicho a mí, ojito, no es ficción xD). Nadie se muere de esto es también una crítica a esa comodidad que, aunque nos sabe a poco, no nos hace lo suficientemente infelices como para intentar cambiar las cosas o que, incluso, nos hace sentir culpables por no ser felices cuando tenemos "todo lo que hace falta para serlo". 

En fin, que me ha gustado leerlo. No es que lo haya devorado, pero sí tenía ganas de leer al llegar la noche, con lo cual, ¡minipunto! Con lo desganadísima que estoy es todo un logro...


Os dejo un trocito...

─Te estás dejando llevar por la inercia del contexto y como no retomes pronto las riendas de tu vida, vas a acabar arrepintiéndote. Dentro de diez años será demasiado tarde.
No contesté. No quería seguir hablando del tema. Pero Natalia no me había dado aún el golpe de gracia.
─Que no te haga infeliz ─dijo al fin─ no significa que te haga feliz. 

En resumen, este libro...


Ahora, en mi intento salvaje por vencer del todo esta apatía, voy a leer Frankenstein. Espero que este clasicazo no me falle. :)


lunes, 7 de noviembre de 2016

Y voló. (#NaNoWriMoEsp 2016)

Hoy he conseguido sacar 15 minutos para escribir un relatillo del #NaNoWriMo, aunque ya he renunciado a acabar el reto. Como Alberto me ha pedido en Twitter que os contase el cuento con mi voz, he sacado, además, 5 minutos para grabarlo y subirlo a iVoox. 

Ahí va, un cuento de pajaretes. Espero que os guste. Se agradecen comentarios e interpretaciones. 



¡Hasta la próxima! 

sábado, 29 de octubre de 2016

Lo que no dicen las estadísticas.


Este relato forma parte de mi antología historias minúsculas, escrita durante el NaNoWriMo 2015. Podéis descargarla gratis aquí


La vida de mi madre fue una de esas vidas normales y corrientes en las que nadie repara. Mi madre se casó joven, como era costumbre, tuvo tres hijas, que era lo que estaba bien visto en la época (aunque tuvo que aguantar durante muchos años que le preguntasen si no iba a ir a por el niño, como si mis hermanas y yo no fuésemos suficiente), soportó a su marido mientras Dios tuvo a bien mantenerlo en la Tierra (y fue demasiado tiempo), nos dio todo lo que pudo y nos crió tan bien como supo. Vaya, lo que hacen millones de mujeres alrededor del mundo. No sé cuántas exactamente, no hay un recuento de mujeres luchadoras de batallas cotidianas. Hay muchas cosas importantes que no se cuantifican. Mi madre era importante y de no ser por el maldito cáncer no habría aparecido en ningún recuento. De todos modos, habría preferido que así fuese.

La enfermedad de mi madre fue larga y tortuosa, de esas que no salen en la televisión. Me alegro mucho cuando veo a una superviviente de cáncer de mama en televisión contando su historia, de verdad. Lo que lamento es que, a la vez, se oculte lo que hay detrás de esa larga guerra en la que se ganan y pierden batallas cada día. A lo mejor es hasta contraproducente. No sé qué habría pensado mi madre de ello, pero yo creo que si no tuviese pelo, apenas pudiese mantenerse en pie, no tuviese apetito y me viese hecha un guiñapo, al ver a esas bravas mujeres victoriosas me creería condenada. No creería que fuese posible para mí recorrer ese camino. Quizá es que yo soy tremendamente pesimista. 

Mi madre, de hecho, casi llegó a ser una de esas mujeres victoriosas. Había casisuperado, como ella decía, el cáncer. Nosotras creíamos que había vencido. Tanto es así que la acompañamos a su última consulta, las tres. Tenían que hacerle unas pruebas que ya eran para ella prácticamente rutinarias. En las últimas ocasiones todo había salido bien y, si esta vez se repetía el resultado, le darían el alta. Al salir del médico, convencidas de que aquella pesadilla se había acabado, la obligamos a celebrarlo. Fuimos a comer las cuatro, tomamos postres hipercalóricos y fuimos al cine juntas. Supongo que nos habíamos convencido de que aquello no era para tanto, no para mi madre, después de lo que había pasado. Un bultito de nada, que además le habían podido extirpar sin complicaciones, no iba a acabar con ella. 

Y no, no fue ese bultito. Lo que no nos cabía en la cabeza es que, después de tanta lucha, tuviésemos que volver a empezar, y esa vez con el “más difícil todavía”. La llamaron al día siguiente para citarla de urgencia esa misma mañana en el hospital. El cáncer se había reproducido. 

A partir de entonces todo fue una espiral de citas, tratamientos, quimioterapia, radioterapia, la dichosa mastectomía, la repetición de ciclos, los intentos a la desesperada... Entretanto, mi madre se apagaba. Me gustaría decir que poco a poco, pero no fue así. Antes de que pudiésemos darnos cuenta apenas quedaba una sombra de lo que ella era. 

Para colmo de males, me quedé embarazada. No sabía qué hacer: no estábamos para celebraciones y no quería adelantarme a los acontecimientos, por si pasaba alguna desgracia. Pero si me callaba me arriesgaba a que mi madre nunca supiese que iba a tener un nieto o una nieta. Así que se lo dije. Y ella respondió:

—Eso es una señal. Dios no se me puede llevar sin que conozca a tu bebé. 

Sonreí, y fue la sonrisa más triste que he esbozado en mi vida. Recuerdo salir de la habitación del hospital y alejarme a todo correr por el pasillo para desmoronarme cerca de los ascensores. “¿Y si te equivocas, mamá?”, me repetía para mis adentros una y otra vez. Y mi madre se equivocó.

Por suerte, si es que puede decirse algo así en estos casos, pudimos disfrutar de las últimas horas de mi madre, ella incluida. Las últimas semanas habían sido terribles. Mi madre apenas podía soportar el dolor a pesar de los analgésicos, así que los médicos optaron por sedarla, de modo que pasaba la mayor parte del día entre sueños y, cuando despertaba, a veces no sabía dónde estaba o ni siquiera nos reconocía. Pero aquella tarde del 14 de abril fue distinta. Mi madre abrió los ojos, nos miró una por una, y sonrió. 

—¿Cómo os ha ido el día, niñas? 

Lo preguntó como si nada, como si estuviese en la cocina y acabásemos de llegar del colegio. Fue tan extraño y familiar a la vez que nos echamos a reír sin poder evitarlo.

—La verdad es que no ha sido gran cosa. Hemos estado mirándote dormir, que estás hecha una perezosa —respondió mi hermana pequeña.

—A ver si una no va a tener derecho de echar una cabezadita de vez en cuando... —replicó mi madre, siguiendo la broma. 

Parecía increíble que estuviese de tan buen humor cuando los médicos nos habían dicho que debíamos prepararnos para el final. Quizá la muerte no es tan inmisericorde y decidió hacernos un regalo. Pasamos la tarde charlando y riendo, recordando anécdotas y travesuras, reviviendo tiempos mejores. Ya había oscurecido cuando mi madre nos pidió que nos sentásemos en su cama. 

—No, tú no —me dijo cuando me senté a su lado, con mis hermanas—. Tú siéntate aquí, a mi lado. 

Obedecí. Mi madre recostó su cabeza al lado de mi vientre, ya abultado, y lo rodeó con su brazo débil.

—¿Me haríais un favor? —preguntó.

—Claro, mamá. Lo que quieras —respondió mi hermana mediana. 

—¿Cantaríais para mí? Como cuando erais pequeñas.

No quiso decir “como cuando nos encerrábamos en el baño y os obligaba a cantar para que no oyéseis a vuestro padre insultarnos y amenazarnos”, pero todas sabíamos a qué se refería. Cuando estábamos solas en casa mi madre nos enseñaba sus canciones favoritas. Neil Sedaka, Louis Armstrong, Frank Sinatra, … Y cuando mi padre llegaba borracho a casa ella gritaba, con voz temblorosa:

—¡Niñas! ¡Hora del ensayo!

Nos recluíamos en el cuarto de baño, donde ella ya tenía preparado un radiocassette, y cantábamos y bailábamos mientras ella nos dirigía.

Debo reconocer que la petición nos pilló por sorpresa. Hacía muchos años que no cantábamos, seguramente habríamos olvidado las canciones. Pero entonces mi hermana pequeña comenzó a cantar:

I love, I love, I love my calendar girl, yeees, sweet calendar girl...

Sonreímos. Era nuestra canción favorita. Hasta teníamos una coreografía. Poco a poco nos fuimos uniendo y animando, alzando más la voz y cantando con más energía:

Yeah, yeah, my heart is in a whirl, I love, I love, I love my little calendar girl, every day, every day of the year.

Mis hermanas incluso se animaron a levantarse y bailar. Mi madre agitaba los brazos como una directora de orquesta al ritmo de una música inexistente hasta que la pudo el agotamiento. Con los ojos cerrados, continuó murmurando la letra de “Calendar girl” de Neil Sedaka. Yo le acariciaba la mejilla. Acabamos de cantar sonriendo pero con los ojos encharcados en lágrimas. 

—Podríamos haber sido las Andrews Sisters de Cuenca, ¿eh, mamá?

Pero mi madre ya no contestó. Todavía tenía la sonrisa dibujada en sus labios. Recuerdo que entonces no lloré. Pensé que, ya que tenía que irse, estaba bien que hubiese tenido un final dulce. 

La primera vez que lloré por ella fue semanas más tarde, cuando en un informativo hablaron del número de muertes por cáncer de mama, cuando sentí que la muerte de mi madre no era más que un dato en una terrible estadística, cuando caí en la cuenta de que eso era lo que iba a quedar del final de su vida si no hacía nada para remediarlo. 


Por eso escribo esta historia.

***

Hoy me he puesto nostálgica. Echo de menos el blog, echo de menos escribir, veo que este año mi NaNoWriMo va a ser una patata... y me pongo triste. Así que he sacado este relato de la antología y lo he pegado aquí, para aliviarme un poco. 

Ains. 

domingo, 23 de octubre de 2016

¿Cuánto hace que...?

Visto el impacto de la pregunta final del post de ayer, hoy vuelvo a la carga, pero multiplicado. Para que pensemos todos un poco y veamos hacia dónde hay que mover los muebles de nuestra vida. Ea. 

¿Cuánto hace que...

  • no te haces un regalo?
  • no te dedicas tiempo?
  • no ríes hasta que te duela la tripa o los mofletes?
  • no te dicen que te quieren?
    • no te dicen que te quieren y te lo crees?
      • no te dicen que te quieren, te lo crees y eso te hace estremecerte?
  • no duermes desnudo/a?
    • no duermes desnudo y abrazado/a a alguien?
  • no duermes hasta tarde?
  • no te dicen una cursilada?
    • no te dicen una cursilada y sonríes?
Vale como cursilada que te digan que prefieren tus besos a las chucherías, por ejemplo.

  • no visitas un sitio en el que nunca antes hayas estado?
  • no te pierdes en una ciudad?
  • no conoces a alguien?
  • no haces algo que te dé miedo?
  • no bailas?
  • no cuentas un chiste?
  • no te emocionas con un poema, una obra de arte, una canción...?
  • no aprendes algo?
  • no haces el amor?
    • no haces el amor con ganas?
  • no sueñas?
  • no dices una de esas verdades que te aprieta el corazón?
  • no saltas al vacío?

Ya veis que a mí es mejor no darme cuerda.

En fin, voy a preparar la bolsa. Mañana, a primera hora, vuelvo a mi casa. 

¡Besos fuertes! 


PD: Vosotros también podéis proponer preguntas, faltaría más.

sábado, 22 de octubre de 2016

Al mal tiempo, besos.

Volvía de llevar a mi madre a casa de mi abuela con el coche. La tarde era gris, fresca, amenazaba lluvia. No había ni un alma por la calle. Bueno, miento, un grupo de niños desafiaba al cielo jugando a la pelota en medio de la calle, pero ya se sabe: de pequeños nos creemos invencibles. 

A parte de ellos, nadie más, salvo una pareja, apoyada en un coche aparcado en una esquina. Supongo que también se sentían invencibles. Sí, eran jóvenes, pero también estaban enamorados. Lo sé. No los conozco, no sé cómo se llaman ni cuánto tiempo hace que se conocen o que salen juntos, pero se quieren a rabiar. He podido verlo en cómo se besaban. Ella cogía la cara de él con ambas manos y lo besaba con ansia, como si el tren fuese a marcharse y él tuviese que irse sin demora. Por supuesto, no había ningún tren. Él tenía las manos puesta a los lados de la cintura de ella, y apretaba con los dedos, como si tuviese miedo de que ella fuese a volarse, pero juraría que tampoco hacía viento. 

He pasado a su lado y ni se han inmutado, tan perdidos estaban el uno en el otro. 

Y a ti, ¿cuánto hace que no te besan así?

viernes, 21 de octubre de 2016

Mi depresión posparto.

No, no soy madre, pero el otro día exploté en Twitter y conté mis penas y alguien me acabó llevando a este símil. Os pongo al día.

Hace algún tiempo que estoy regular. O mal, vaya. Desde luego, no estoy tan bien como esperaba, y eso me hace sentir todavía peor porque, ¡joder!, no tengo motivos para estar mal. Así que hablando de esa sensación y de lo fatal y culpable que me hace sentir, Violeta me dijo que era la depresión post-oposiciones, a lo que Atenea añadió:


Violeta estuvo de acuerdo con ella. Parece que después de ganar una plaza todo tiene que ser alegría, que se te resuelve la vida y todo es maravilloso. Todos los opositores hemos hecho listas con las cosas que íbamos a hacer cuando sacásemos la plaza. Yo, sin ir más lejos, iba a leer un montón en todo el tiempo libre que me dejasen las opos, iba a aprender corte y confección, iba a sacarme el C1 y, además, iba a viajar un montón. Y mirad, lo más parecido que he hecho ha sido, en el primer puente que he pillado en el curso, venirme al pueblo: cuatro horas largas de venida y otras tantas para volver, para ver a mi familia, a mi gato y dormir en mi cama tres noches. Que no está mal, a ver, pero no es nada exótico ni espectacular. 

Así que, después de la plaza, la vida sigue, no demasiado distinta a la que tenía antes pero, al mismo tiempo, muy diferente: ciudad nueva, centro nuevo, casa nueva, rutinas nuevas... Y, por si eso no fuera suficiente, situación sentimental nueva, después de muchísimo tiempo. 

Total, que todo es distinto pero, en el fondo, casi nada ha cambiado significativamente. No sé si me explico. Y supongo que eso, unido a lo de darme cuenta de que esa vida maravillosa que me imaginaba no va a ser tan así, pues me tiene un poco de bajona. No doy saltos de alegría. De hecho hay días en los que me cuesta trabajo y amor mantenerme en pie. 

Al parecer, la depresión post-plaza es algo real. Le pregunté a Violeta si dura mucho, y me sentí muy identificada con sus tuits, así que creo que ya estoy diagnosticada. Ya sé lo que me pasa. Más o menos. No niego que hay alguna que otra circunstancia agravante en mi caso. Pero vaya. 

Os dejo sus tuits, por si a alguien le son de ayuda:






Y en esas estamos, intentando capear el temporal. Estoy determinada a que este par de días, a parte de servirme para curar el resfriado, me sirvan para poner todo un poco en perspectiva. Espero volverme el lunes a Córdoba un poco más serena y más zen, sabiendo que no hay nada que pueda cambiar mi vida radicalmente, que no hay fuegos artificiales, que tengo que contentarme con las pequeñas cosas. Y hay muchas pequeñas cosas. Muchísimas. Así que, ea, a seguir viviendo y a seguir encontrando la magia en lo cotidiano, que eso se me solía dar bien.

Ahora voy a meterme en la cama y a dormir, que no haber dormido casi + día duro de trabajo + cuatro horas y pico de coche + catarrazo es más de lo que puedo soportar con alegría xD





PD: Por cierto, el concierto de Ismael Serrano GENIAL. Mejor que el de Valencia y todo. Y cantó "Ojalá". Y yo estaba allí. Y *____*.


lunes, 17 de octubre de 2016

Retratos a tiza (IV)

Me dejé muchos retratos a tiza sin hacer de mis alumnos del curso pasado. No descarto hacerlos, porque los recuerdo como si no me hubiese ido, pero hoy toca hacerle un retrato breve a un alumno nuevo, de los de aquí. Quiero atesorar los buenos momentos, las partes bonitas, que este año están escaseando más. 

Tengo un alumno que es lo más bonito del mundo. Es pequeñín, no solo porque está en 1º de ESO, que también, sino porque es bajito. Además, cuando le miro a la cara veo todavía la inocencia de un niño de colegio. 

Tiene la piel morena y los ojos oscuros, vivos y brillantes. El cabello, también oscuro, siempre va peinado hacia un lado, pero sin gomina ni nada por el estilo, con unas ondas naturales preciosas. Y cuando mi niño sonríe, se ilumina el mundo. Es de lo más bonito que pulula por este instituto, os lo prometo.

¿Por qué es él el primer alumno al que le hago un retrato este curso? Porque me ve. Parece una tontería, pero a veces me siento una autómata en la clase porque me da la sensación de que es así como me ven muchos de ellos. Pero él no, mi niño no. Mi niño, desde el primer día, ha hecho un gesto maravilloso: se ha despedido personalmente de mí. 

Sí, así es. Cada día, al acabar nuestra clase (que es la última del lunes), mi niño se acerca a mi mesa mientras recojo y, cuando lo miro, me dice, con esa sonrisa preciosa:

-Hasta el lunes que viene, profesora.

Y yo sonrío también (no puedo evitarlo) y le contesto lo mismo.

-Hasta el lunes que viene.

La semana pasada me costó un enfado conmigo misma. No me sabía su nombre. No he podido aprenderme los nombres ni de una mínima parte de mis alumnos. Son muchísimos, y a la mayoría los veo solo una vez a la semana. Pero tenía que saberme su nombre. Así que hoy, mientras pasaba lista, me he quedado muy pendiente hasta que he llegado a él.

Así, cuando, como todos los lunes, se ha despedido de mí, he podido hacer lo propio llamándole por su nombre. 

¿Y sabéis qué? Que se le ha agrandado la sonrisa. 

Y ese es el retal colorido del día de hoy. 

domingo, 16 de octubre de 2016

Otro #NaNoWriMo que no, pero sí.

Sí, ya sé. Que estoy loca. Que lo digo todos los años. Si es que no estoy bien de lo mío, es verdad. Pero mirad, aquí estoy, dispuesta a volver a intentarlo (no sé si a conseguirlo, pero eso es lo de menos, supongo).

El otro día, en mitad de una conversación, me vino el pronto: 

-Podría escribir de historias de desamor. Sí. Desamor. O no... Algo más general, para no limitarme tanto. Historias sobre despedidas. Sí. Eso. Historias sobre despedidas. 

-Ea, pues ya está -me contestaron con cara de: "Bueno, esta tía está como una cabra". 

Y lo estoy, porque hace mil años que no me paso a comentar blogs, prácticamente no actualizo este, no tengo tiempo para casi nada, y cuando tengo un momento libre el cuerpo me pide salir y pasear por Córdoba (que para eso es tan bonita) o relacionarme con gente de carne y hueso, que es algo que no he hecho demasiado en los últimos años. Pero quiero intentarlo. Quiero ver hasta dónde llego. Sé que alcanzar las 50000 palabras este año va a ser muy difícil, pero bueno, ¿qué pasa si me quedo en 30000? Pues nada. 

También es cierto que el año pasado, con el trabajo y las opos, me decía que iba a ser imposible llegar. Y pegándome buenos tutes durante los fines de semana, llegué. Este año, quién sabe, puede que también llegue. 

Total, que sí, que estoy como una chota, pero que el NaNoWriMo es una experiencia que me encanta y que quiero intentarlo. Además, ¿quién sabe? Quizá este año pueda ir a algún Write-In o cosas así, y reunirme con otros locos aquí, en Córdoba, que es algo que no he podido hacer los dos años anteriores. 

Esa noche, al volver a casa, me puse a registrar el proyecto en la web del NaNoWriMo y a hacer una portada. Puede parecer una tontería, pero tener una portada me ayuda a motivarme. Acabé a las dos de la madrugada el viernes. Sí, además de estar como una cabra, soy un poco maniática: sabía que no me dormiría si no la acababa. 


Pues eso. Ahí está. Una antología de relatos que se llama En el último trago. El título me vino así, como muy de repente, como en un fogonazo y, evidentemente, en forma de canción. 


Así que ahí estamos, buscando inspiración. El año pasado me ayudasteis un montón, así que voy a atreverme a pediros ayuda de nuevo. Os pido que me deis ideas que puedan servirme para escribir relatos sobre despedidas (no necesariamente entre personas), puntos y final, esas cosas. Me vale una idea vaga, una idea más concreta, el inicio del relato... ¡Lo que se os ocurra! No prometo utilizarlos todos, pero lo intentaré. Y, como el año pasado, os mencionaré en cada relato que hayáis ayudado a crear. 

El producto final será una antología, como lo fue historias minúsculas, que montaré en ePub y PDF y pondré a vuestra disposición gratuitamente, para quien quiera torturarse leyéndome, probablemente alrededor de Navidad. Y si no llego a las 50000, pues publicaré lo que haya. Si es muy poco, en post en el blog. Si es algo más, pues haré igualmente el archivo ePub :) 

Bueno, ¿qué? ¿Me echáis una mano? Podéis dejar vuestras ideas en comentarios, escribirme un email... Lo que queráis :)

¡Gracias de antemano! 


jueves, 13 de octubre de 2016

Lecciones para sordos.

No quería a nadie. Nunca llegué a dilucidar si porque no podía o porque no sabía. 

Se enamoraba mucho, eso sí. Cada una de sus amantes era la mujer de su vida durante unos días, unas semanas o, en el mejor de los casos, unos meses. Durante ese tiempo eran perfectas, ángeles sin alas, la virtud hecha carne, pero poco a poco aparecían los fallos, las imperfecciones: una no tenía inquietudes (al menos no las que él creía que tenía que tener), otra era demasiado superficial (aunque semanas antes esa preocupación por su aspecto le había parecido algo que admirar), otra era demasiado cariñosa, otra demasiado fría y a una, os lo prometo, la dejó porque no podía soportar la forma de sus cejas, después de tres meses saliendo juntos. 

Pensaba que lo había superado con la última de ellas, quizá porque, aunque tenía alas, no era un ángel. Recuerdo cómo me hablaba con fascinación de aquella pelirroja menuda que había llegado a su vida para ponerla del revés. Creí de veras que iba a ser diferente. De hecho, tardó bastante en encontrarle pegas. Pero lo hizo, y justo empezó por aquello que la hacía tan especial: sus alas. De repente no podía soportar su risa desenfadada, sus comentarios irreverentes, su espíritu indomable. "Pero la quiero", se decía, así que intentó atarla para que perdiese la costumbre de volar. 

Un día ella rompió la cadena y se marchó. Él me dijo que, antes de alejarse, aquella zorra murmuró que "ojalá hubiese aprendido a amar". 

-"Podríamos haber sido muy felices si hubieses aprendido a querer", dijo, la muy guarra. Como si ella se mereciese mi amor... Como si no hubiese dejado claro que era una puta...

No había entendido nada. Ella no se refería a sí misma. Y, además, tenía razón. 





jueves, 6 de octubre de 2016

Libro: Mort, de Terry Pratchett (Mundodisco #4)


Una buena manera de empezar con buen pie con alguien es regalarle un libro. Si, además, es un libro que te gusta mucho y que crees que a esa persona le puede gustar, pues mejor que mejor. Este libro va a ser especial (ya lo es), porque es el primero que me ha regalado una persona maravillosa, porque es el primer libro en papel que ha entrado a mi casa de Córdoba y porque ha sido el libro con el que me estreno con Pratchett a solas :) 

¿De qué va el libro?

Mortimer es un joven soñador y despistado a quien le toca en suerte una inesperada tarea: convertirse en aprendiz de la Muerte y aplicarse en liberar almas de su envoltura carnal. La verdad, Mort no está demasiado capacitado para ello, y en una de sus primeras visiones, liberar el alma de una atractiva princesa que está a punto de ser asesinada, decide en su lugar "liberar" el alma del asesino, interfiriendo así en los designios del Destino y provocando el consiguiente desaguisado. Por su parte, la Muerte, habiendo delegado buena parte de su trabajo en Mort, se dedica a beber, jugar a los dados y embarcarse en enrevesadas reflexiones filosóficas...

Hablando del libro... 

¡Me ha gustado mucho! Lamento una barbaridad haberlo pillado en este momento, en el que casi no tengo tiempo para leer. Lo he ido leyendo a ratos muy breves, con una periodicidad rara (no todos los días) y a veces tenía que dejarlo en cualquier punto porque no podía más. Este es uno de esos libros que, de haber tenido tiempo material, habría devorado en tres días. 

Se trata, sin embargo, de un libro un poco "asimétrico". Creo que hay elementos que destacan por encima de otros. Por ejemplo, la historia en sí, es corrientilla: cómo Mort mete la pata y cómo intentan arreglarlo por todos los medios. Bueno, bien, el libro necesita un hilo argumental. Sin embargo, los personajes son  GENIALES. La Muerte, por supuesto, es un personaje fantástico. Yo, cuando me muera (no tengo pensado hacerlo, pero por si cambio de opinión), seguiré esperando a Muerte de los Eternos, pero si no puede venir, la Muerte de Mundodisco no me parece mala opción tampoco. Y Mort, ¡Mort es un filósofo de Mundodisco! Anda siempre pensando en cosas importantes (aunque nadie más les vea la importancia) y por eso no presta demasiada atención al mundo real. Vamos, un sabio incomprendido. Me ha encantado :)

Otro punto en el que Pratchett se sale es en el humor. Por un lado, en los diálogos. Hay algunas conversaciones que son tan, pero tan absurdas, y tan sensatas al mismo tiempo, que no puedes sino reírte. Y luego están los momentos de humor que te encuentras ahí, en un párrafo, sin previo aviso. 

No sé, lo he disfrutado muchísimo y, sin duda, seguiré leyendo novelas de Pratchett, guiada por mi asesor personal, que con Mort ha acertado de lleno.

Os dejo un trocito...

Mort estaba interesado en montones de cosas. En por qué los dientes de las personas encajaban tan bien juntos, por ejemplo. Había pensado mucho en ese punto. Después estaba la intrigante cuestión de por qué el sol salía de día en lugar de salir por la noche ,cuando la luz habría resultado más útil. Conocía la explicación corriente que, en cierto modo, no le parecía satisfactoria.
En pocas palabras, Mort era una de esas personas que son más peligrosas que una bolsa llena de serpientes de cascabel. Estaba decidido a descubrir la lógica fundamental del universo. 

Y por esto digo que Mort es un filósofo :D

En resumen, este libro...



Aún no he tenido oportunidad de pensar qué leo ahora, así que nada, voy a ver... A la aventura. ¡Ya os contaré! 


miércoles, 5 de octubre de 2016

Profesores brillantes. (#DíaMundialDelDocente)

Hoy es el Día Mundial del Docente. El año pasado también os escribí un post, sobre la primera vez que me emocioné en clase. Un año más tarde me temo que me va a quedar un post menos emocional. Supongo que es normal cuando una está enterrada en burocracia y pruebas iniciales hasta las cejas. Es más, este año me va a quedar un post algo pesimista, lo veo. 

La cosa es que, en fechas como estas, todos recordamos a profesores brillantes, excelentes, maravillosos y estupendos. Se habla de esos profesores que han cambiado la vida a escritores, artistas, filósofos, políticos... Se habla de esos profesores que, finalmente, nos hicieron entender las matemáticas y, sin los cuales, ahora no seríamos físicos o ingenieros. O de la primera maestra que nos recomendó un libro que sí nos gustó leer, el que nos convirtió en letraheridos sin remedio. Se habla de esos profesores que marcan. Y se pide, directa o indirectamente, que los demás estemos a la altura. 

Yo decidí ser profesora por amor a la enseñanza y por amor a la filosofía. Quería ser una profesora de esas con las que, aunque no te encante la materia, por lo menos la medio entiendes y no te aburres. Incluso sacas algo de provecho. Creía -y creo- que la filosofía se merece profesores así. Y, sin embargo, hoy no tengo claro que pueda llegar a acercarme a ese ideal. 

Sí, soy una persona con mucha pasión por lo suyo. En serio. Deberíais verme cuando entro a una clase, siempre entusiasmada, siempre intentando hacer que sientan que no están perdiendo el tiempo (porque significa que yo tampoco lo estoy perdiendo), siempre dispuesta a que vean que aquello que dijeron los filósofos tiene sentido hoy todavía. Os lo digo en serio, aunque suene tópico: cuando entro a una clase, me transformo, se me olvida cualquier problema que tenga. Lo noté desde el primer momento. 

Y aún así...

Aún así no creo que llegue, no a mi ideal, sino a acercarme siquiera. A lo mejor tiene que ver con que este curso me siento una profesora terrible, no sé. Quizá sea que estoy teniendo muchísimas dificultades. O quizá sea la rabia de ver el saber que tanto amo rebajado a "lo que no es Religión". No lo sé. 

Pero también puede ser, no lo descarto, que no esté a la altura de mis propias exigencias ni de lo que la filosofía y mis alumnos (algunos) se merecen. 

Pero, de todas maneras, supongo que no todos podemos llegar a ser profesores brillantes... 


En fin. Voy a seguir amargándome con las pruebas iniciales. 

¡Hasta la próxima! 

domingo, 2 de octubre de 2016

Una sonrisa de esas...

Era peligrosa. Tenía una sonrisa de esas a las que es imposible decirles que no. Bueno, era imposible decir que no a cualquier cosa que tuviese que ver con sus labios. Cuando miraba, veía, y hacía sentir que solo se quedaba con lo bueno, como si lo malo no existiese. Era adictiva, su mirada. Y, para ser sinceros, ella también. 

Tenía unas manos pequeñas y frágiles pero, cuando te agarraban, daba la sensación de que no ibas a perderte nunca. Pocos imaginaban que era ella la que temía caer.

Porque sí, ella temblaba y temía, y se peleaba a cada instante con una voz mezquina que le susurraba cosas que no quería escuchar, selladas siempre con un: "Es por tu bien". Y al final cedía, y se marchaba, con el corazón roto, sin saber si la decisión era suya o la habían tomado por ella. Sí, al final se iba y se prometía no volver a intentarlo, convencida de que había nacido para estar sola. Pero siempre volvía a intentarlo. 

Ah, es que eso no lo he dicho: lo que mejor se le daba era equivocarse. Lo hacía a lo grande y sonriendo. Y claro, es que tenía una sonrisa de esas a las que es imposible decirles que no... 




Os echo mucho de menos. Y echo de menos el blog. Y echo muchísimo de menos escribir, pero no tengo tiempo material, y no es una excusa, ni una queja, es solo un hecho. Anoche, por desgracia, tuve que acostarme súper temprano con un dolor de cabeza brutal (que no creáis que ha desaparecido del todo) así que hoy me he levantado algo antes y he podido sacar un ratito para soltar lastre...

Perdonad que os tenga tan abandonados... :(

jueves, 22 de septiembre de 2016

El amor adolescente.

Hoy quería publicar.
Le iba a escribir algo bonito a Aria Black, pero al final me quedé en blanco. 
Así que tiré de borradores.
Esto es del curso pasado, de mayo. 
Ay. 
Por si no estaba yo hoy bastante hormonal.
Por si no estaba suspirando bastante.
Lo que me faltaba era recordar cuanto extraño a mis chicos y chicas del curso pasasdo...



Hay quien detesta a los adolescentes, pero no es mi caso. A mí me encantan. Tienen todavía esa inocencia de los niños, y esa curiosidad, y cierta irreverencia, pero al mismo tiempo empiezan a ser ellos mismos, a explorarse y a explorar el mundo con una honestidad casi brutal. Son, por lo general, así, tal cual, sin dobleces. Y eso me fascina. 

Y cuando se enamoran, ¡ay, cuando se enamoran! Son geniales. Hace un par de semanas tuve que lidiar con el gigantesco drama de un alumno que se iba de puente, dejándose a su amiga especial, a es que ocupa sus sueños, en el pueblo. ¡Imaginad! 

Me hablaba, mortalmente serio, de su problema. Y yo, haciendo uso de esa visión periférica que estoy desarrollando, no pude evitar ver que dentro de su estuche había una carta. Al menos, algo parecido a una carta. Era una hoja de cuadros, doblada en cuatro partes. En el lado que se podía ver había algo escrito. Pude leer la palabra "especial". Lo que sí vi claramente fue un corazón dibujado con rotulador fluorescente rosa. 

Ay, qué suspiros se me escapan. 

Si es que para ciertas cosas no tendríamos que crecer... 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Buena no, pero...

Hoy toca una entrada exprés porque me siento responsable. Algunos de vosotros me habéis dicho que os encanta que sea tan abierta contando las cosas y que no ponga filtros. Y la sensación de hoy, a decir verdad, no hay filtro que la arregle. Así que voy a contarlo por si algún profesor novato (yo voy a ser novata toda la vida, creo) llega, frustrado, y se encuentra que aquí todo son alegría y colorines. Y no. El curso pasado tuve malos ratos, y dudas (por ejemplo, aquí). Y este curso seguiré teniéndolos. 

Hoy he tenido un día regular. Bueno, un día malo. Estaba siendo normalillo hasta última hora, momento en el que una clase se me ha subido a la chepa. Lo he llevado bien. Bueno, no. Lo he llevado mal, a ver si me entendéis, pero no he perdido los nervios, no me ha afectado demasiado, en principio. Eso sí, después de la siesta me he sentido tan mal, pero tan mal... Incapaz, incompetente, "esto no es lo mío", me repetía una y otra vez. 

Sé que es mentira. Que si esto no es lo mío me quedan pocos talentos que explotar. Pero este curso va a ser muy difícil para mí, y estas pequeñas-grandes contrariedades se me hacen una montaña. Supongo que, como el año pasado, cuando pase la mitad de octubre o un poco más todo irá más rodado, pero hoy por hoy... Uf. Sobre todo hoy.

Ayer bien. Ayer tuve un día pasable. Bueno, incluso. Pero hoy...

No soy una buena profesora. No soy una buena profesional. Eso es lo que me repito hoy, sin parar. Pero mañana vuelvo. Y pasado. Y al otro. Y la semana que viene. Y eso tiene que significar algo, ¿no? 



PD: Como el curso pasado, intento sacar algo bueno de este día. Por ejemplo la sonrisa de una alumna cuando he alabado su dibujo de Marla, de El Club de la Lucha.





Ni qué decir tiene que si me mentís y me decís que soy maravillosa y que todo va a ir bien, pues bueno, os lo agradeceré. También se aceptan abracitos, animitos y besitos en la frentecita.
Gracias. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Apedrear tejados.

O de por qué dejé de fingir orgasmos. 


Este no es el tipo de post que suelo escribir. En otros blogs he hablado mucho de sexo y, con frecuencia, no me ha traído nada bueno. Pero resulta que salió el tema en Twitter hace ya algunos días (es que no me da la vida para hacer las cosas con inmediatez, y no me voy a quejar, que ya me quejo bastante) y yo dije que escribiría al respecto. Una chica, con mucha educación, decía que entendía que las mujeres fingiesen (fingiésemos) orgasmos de tanto en tanto por diversas razones. Entonces yo contesté que podía entenderlo, pero que, en mi caso, dejar de hacerlo había cambiado mi vida sexual para mejor. Mucho. Entonces fue cuando dije que lo explicaría en una entrada en el blog. A lo mejor me precipité, pero vamos, dicho está. Además, ayer mismo me lo recordaron. 

Yo he fingido orgasmos, sí. ¿Por qué? Pues principalmente por aburrimiento. Así de simple y así de crudo. En la mayor parte de los casos ni siquiera era por no hundir a mi pareja sexual: era, básicamente, porque estaba aburriéndome como una ostra y quería que aquello se acabase. El orgasmo es una manera de aumentar la excitación de la pareja y acelerar su propio orgasmo. Además, una vez tu pareja cree que has alcanzado el clímax, siente que ha cumplido y se permite dejarse llevar.

¿Cuál es el problema? Es legítimo verlo de otro modo, desde luego, pero yo creo que esta práctica es tirarnos piedras a nuestro propio tejado. No al nuestro individual, que también, sino al de todas las mujeres. A nivel individual, si nuestra pareja cree que lo está haciendo bien, no va a hacer nada por mejorar o, lo que es peor, profundizará en prácticas y actitudes que no nos gustan nada pero que él/ella cree que sí, de modo que la situación, lejos de mejorar, puede que acabe empeorando. Quizá pensemos: "¡Bah! Se trata de una pareja esporádica, no voy a volver a verlo, así que..." Bueno, vale, entiendo que quieras quitarte el problema de encima, porque ese será el problema de otra pero... ¿por qué no empezar a atajarlo? ¿Por qué no compartir con esa persona, con la que, no olvidemos, hemos accedido a tener un nivel de intimidad muy grande, que no nos está satisfaciendo? ¿Por qué no enseñarle a hacerlo? Bien es cierto que cada mujer es un mundo y que puede que lo que le enseñemos no le sirva de mucho con la siguiente pareja, pero quizá sirva para que sea más receptivo o esté más atento a las reacciones de su pareja, o para que le pregunte abiertamente si lo está pasando bien. Y bueno, siendo un poco mala (o un mucho), lo diré: algunos (y en este caso hablo en masculino con toda la intención) necesitan una cura de humildad con urgencia.

Lo cierto es que desde que decidí no volver a fingir un orgasmo (tras escuchar una canción, por cierto) mi vida sexual ha mejorado bastante. Me he preocupado por conocerme más para poder explicar a mis parejas qué me gusta y qué no. Me he convertido en una persona más abierta hablando de sexo, así como practicándolo. Y, por supuesto, lo disfruto más. También es cierto que, junto con la determinación de no fingir más orgasmos, tomé la de no aguantar a ningún torpe sexual sin ganas de aprender. Si no lo estoy pasando bien y mi pareja no quiere esforzarse, se acabó, pero además sin esperas: no soy una ONG.

Y bien, vosotros, y, sobre todo, vosotras, ¿qué opináis del tema? 

lunes, 12 de septiembre de 2016

El olvido.




-En Oblitus somos unos grandes defensores del derecho al olvido. Es inevitable dejar huellas a lo largo de la vida, pero no es obligatorio que esas huellas permanezcan. Nosotros nos encargamos de todas las gestiones y, en un periodo máximo de tres días, garantizado, conseguimos que todo rastro de los actos que ustedes decidan desaparezca, tanto de Internet como del mundo real. 

-¿Y si queremos borrarlo todo? -preguntan los clientes, nerviosos, desde el otro lado de la mesa. 

El comercial no se sorprende. No es la primera vez, ni de lejos, que le hacen aquella pregunta.

-Desaparecería todo lo relativo a esa persona. Todo, sin excepción. Sería como si esa persona nunca hubiese existido. Es una decisión importante: recuerden que una vez ejecutado el procedimiento, es irreversible. 

-Está bien. Y para esa opción, ¿qué hay que marcar?

-¿Ven la tercera opción? "Quiero olvidar por completo a...". Pues bien, toquen el cuadradito que aparece a la izquierda de esa opción, y después rellenen el hueco del final, en este caso, con el nombre completo de su padre. Al final, apoyan la huella dactilar en el recuadro destinado a ello y el contrato estará firmado. 

El comercial observa cómo los hijos del difunto firman: no pasa nada. Ni llantos, ni gemidos, ni un ligero respingo. Al contrario, parecen aliviados. No le sorprende. Ya lo ha visto muchas otras veces. 


domingo, 11 de septiembre de 2016

Voy a pasármelo bien.

El viernes, cuando salí del trabajo, decidí no pensar en él hasta el lunes por la mañana. El fin de semana es para desconectar, al menos de momento. Ya habrá situaciones en las que, por la fuerza, tenga que dedicarme a trabajar muchas más horas de aquellas por las que me pagan. Pero de momento, no es el caso. 

Si las cosas hubiesen sido de otra manera, si no hubiese tenido la suerte de conocer a alguien de Córdoba que me ha acogido como a una amiga más, probablemente habría pasado el fin de semana en casa, viendo series o pelis, mirando Internet y poco más. Pero he tenido suerte. Gracias a Twitter conocí a alguien que me ha ayudado muchísimo a irme asentando en la ciudad. Y, además de ser alguien simpático, agradable, acogedor... sabe cómo divertirse.

Anoche, por ejemplo, me propuso un plan que coincide bastante con lo que yo considero una noche divertida: pasarla jugando a juegos de mesa como si no hubiese un mañana. Siempre me han gustado los juegos de mesa (los más clásicos, claro, que ser de pueblo tiene sus limitaciones), pero nunca he tenido con quién jugarlos. Más tarde, ya en la carrera, he pasado alguna Nochevieja y similares jugando a juegos de mesa hasta que ha salido el sol. Sí, así, desfase salvaje. Y es genial, de verdad. Interactúas con tus amigos de una manera diferente, se crean situaciones que, difícilmente, surgirían en un pub o en una charla informal, y además, te ríes mucho. Muchísimo, vamos.  Así que tener la oportunidad de pasar una noche así, con juegos nuevos, con gente que disfruta de esa misma afición, me pareció un planazo. Planazo barato, además, que me salió la fiesta por 60 céntimos de un refresco que saqué de una máquina expendedora. Y las risas... ¡esas risas no tuvieron precio, vamos!

Me lo pasé bien. Muy bien. Incluso gané alguna partida. 



Fijaos si la cosa es grave, que hoy es domingo y no estoy ni un poquito triste. Estoy... bueno, perezosa. Dominguera. Pero no triste, ni nostálgica. No. Estoy muy contenta, muy feliz. Me siento muy afortunada. De haber sido las cosas ligeramente diferentes (no mucho, solo ligeramente, habría bastado con no seguir en Twitter a este chico) ahora estaría sola en una ciudad nueva y más perdida que un pulpo en un garaje. Sí, supongo que haría alguna cosa sola, pero no es lo mismo. Y seguramente no me habría acercado a los juegos de mesa. Habría bastado con no hacer un gesto tan pequeño como dar clic al botón de seguir. O que él no hubiese hecho clic en el botón de seguirme.

En fin, queridas, voy a tener que ir admitiendo que no siempre tengo mala suerte.

Me da que este curso, si el trabajo no lo impide, voy a pasármelo bien. Muy bien. Que me lo merezco, leñe.



viernes, 9 de septiembre de 2016

Vengo del futuro y no traigo lejía.

Ayer vi este vídeo. Bueno, lo escuché. Es un texto de Mónica Gae recitado por ella misma y, de verdad, creo que merece la pena. A mí, al menos, me la mereció. Acabé llorando en el sofá como si no hubiese mañana. Y, después, mientras se lo enseñaba a alguien, lloré menos, pero volví a llorar. Es que soy muy llorona, ¿saben? 


Me recordó, salvando mucho las distancias, a algo que escribí aquí hace unos cuantos días.

Y me gustó. Me gustó porque pude reconocerme en muchas cosas de las que Mónica escribió. Y me gustan este tipo de formatos cuando son honestos, cuando hablan desde el corazón. Anda que no estaría bien que alguien viniese del futuro y, en lugar de traernos lejía, nos dijese que todo va a ir bien. Que vamos a vencer las dificultades, que el dolor de ese momento nos hará fuertes y que las lágrimas están ayudando a que germine una semilla. Aunque, bien pensado, hay quien nos dice esas cosas y no hacemos caso. "Todo irá bien", nos dicen, y pensamos: "¿Y tú qué sabrás?". Pero claro, no vienen del futuro.

Aún así, si alguien así llegase, si nuestro yo del futuro se presentase ante nosotros a aconsejarnos... ¿Le haríamos caso? No sé, yo no las tengo todas conmigo.

En cualquier caso... ¿Qué le diríais a vuestro yo de algún momento del pasado? 

¿Yo? Yo creo que, hoy por hoy, le diría: "No te conformes. Sé valiente." Pero claro, ahora es fácil decirlo...

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