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Mostrando entradas de marzo, 2024

Vida para una.

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 Con el tiempo he ido aprendiendo que la vida auténtica no consiste en ser coherente, sino en navegar contradicciones con cierta dignidad. Desde luego, lo segundo es más complicado que lo primero. Para ser coherente basta tomar una decisión y plegarse a ella sin pensarlo demasiado. Si lo piensas, la cagas: es entonces cuando surgen las contradicciones esas que hay que navegar. Y eso no es nada fácil.  Por ejemplo, tenemos la movida de la soledad. Una servidora está más que acostumbrada a la soledad. Por unas cosas o por otras, he tenido que entrenarme desde bien pequeña. Por supuesto, ha ayudado saber que hay cosas peores que estar sola. Así que he desarrollado una especie de autosuficiencia que hace que tienda siempre a apañarme por mi cuenta. Por ejemplo: soy de esas que saca la entrada de un concierto primero y luego, si acaso, pregunta si alguien quiere ir (normalmente la respuesta es que no).  A consecuencia de ello, no me he adaptado mal a mi «vida para una». Y sigo desbloqueand

Bumble: ON and OFF.

 El martes pasado activé Bumble de nuevo. En aquel momento me pareció una buena idea, no sé. Una mancha de mora con otra se quita, un clavo saca a otro clavo... En realidad yo lo que esperaba es que, de alguna manera, alguien consiguiera suplir el subidón de hormonas y neurotransmisores guays que me daba él. Buena suerte con eso, chata.   He tardado DOS días en darme cuenta de que no era buena idea. Dos días no es mucho, ¿verdad? Me he dado cuenta de que la mera idea de tener una cita con alguien me provocaba rechazo. Así, simple y llanamente. No pereza, no. Rechazo. Así que si ese era el mood , evidentemente, no estoy como tengo que estar para usar esas aplicaciones que ya de por sí me resultan desagradables, hostiles y, en general, pochas.  No obstante, en este escaso tiempo que he estado ahí he aprendido o recordado dos cosas. Lo cual no está mal, sale a una por día. Y allá voy, a compartirlas con vosotras.  Primera cosa: me repelen los guapos (y por una buena razón, generalmente). 

Yo quería.

 Claro que quería el final feliz, aunque sé que no existen los finales felices, solo los finales a tiempo. Nos dicen «y vivieron felices para siempre» y una se lo cree. Se lo cree porque quiere creer, porque la otra opción es el realismo frío, la desesperanza. Pero no sabemos qué pasó después de la boda, de ese noviazgo tan corto. ¿Sería el príncipe corresponsable? ¿Respetaría los límites de Blancanieves? ¿Llevaría a las extraescolares a los niños?  Creemos muchas cosas estúpidas. Como, por ejemplo, que quererse es suficiente. Luego una se da cuenta de que querer, querer mucho, si no se dan las condiciones, sirve, en el mejor de los casos, para quedar como una idiota y, en el peor, para que te hagan mucho, mucho daño.  Y, ¿sabes qué es lo peor? Que un día aprendemos, que nos damos cuenta de que esas cosas son mentira y que, a pesar de todo, algunas elegimos seguir creyendo. Sí, nos envolvemos en cinismo, renunciamos al cuento de hadas con la boca pequeña pero esperamos (porque vamos po