jueves, 31 de octubre de 2013

Libro: Calor desnudo, de Richard Castle





Vamos allá con la reseña de la segunda entrega de la saga "Nikki Heat" de Richard Castle.

¿De qué va el libro?

La ola de calor ha pasado y ha llegado el otoño. Jameson Rook ha acabado de documentarse y ha publicado su artículo, que más que sobre el trabajo en Homicidios se ha convertido en un monográfico sobre la detective Nikki Heat. Este artículo es la causa de que Heat y Rook rompan su relación. Sin embargo, hay una razón de peso para que la retomen, al menos profesionalmente: Rook aparece en la escena de un crimen. Una columnista de cotilleos es torturada y asesinada pero, ¿por quién y por qué?

Hablando del libro...

La novela viene a ser más de lo mismo que la anterior: una novela policíaca. La trama es amena, entretenida y te mantiene atento a la lectura. Como ya dije en la reseña de Ola de calor no se trata de obras maestras, pero como "libros hamburguesa" cumplen su función más que bien.

De nuevo, gran parte de su atractivo es la relación que guarda el libro con la serie de televisión. De hecho, en la segunda temporada (creo) hay un capítulo en el que Richard Castle está haciendo investigación sobre cómo una persona atada a una silla con cinta adhesiva podría salir de esa situación para su siguiente capítulo de esta novela:


Y, efectivamente, esa situación aparece en el libro. 

En el libro he podido ver más referencias a otros libros, a la serie, etc. Yo ya no sé si es que están o las veo yo, simplemente. :P Pero como la otra novela, muy recomendable para los fans del Castle televisivo :)


Os dejo un trocito...

Muy friki, por cierto. ¡¡En los libros de Richard Castle hay guiños a Firefly!! *____*

- También quiero que vaya un equipo al Dragonfly. Malcolm,  tú y...¿qué tal Reynolds, de Antivicio?

En definitiva, este libro...
4/5
Ahora voy a hacer un parón con los libros de Richard Castle, para leer dos novelas que tengo pendientes. La primera es Nubes de Kétchup, de Annabel Pitcher, la autora de Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, un libro que me emocionó y me encantó. Creo, de hecho, que esta será la primera novela que lea a continuación. La siguiente será Ha vuelto, de Timur Vermes, una novela que "resucita" a Hitler y lo hace con bastante gracia, por lo que he leído por ahí. Así, de paso, le doy tiempo a Jack a que me coja con los libros de Castle, que le llevo bastante ventaja :P jaja.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Buscando inspiración.

¿Conocéis Pinterest? Es otra red social más, pero esta pretende ser una versión virtual del típico tablero de corcho en el que poníamos (o ponemos) las cosas que nos gustan. Así a primera vista puede no sonar muy atractivo, pero una vez que le coges el truco tiene su gracia. Pinterest es, por ejemplo, una gran fuente de ideas para preparar eventos (bodas, cumpleaños, fiestas,...), para sacar ideas de vestuario o maquillaje, para encontrar imágenes relacionadas con nuestras aficiones (tejer, leer, hacer manualidades varias,...). Eso entre otras muchas cosas.

Pues bien, el otro día me fui yo tan decidida a Pinterest a encontrar citas para motivarme y animarme, que la capacidad de automotivarse es un tesoro, pero a veces es necesario un poco de empuje externo. Así que abrí la página y escribí en el cuadro de búsqueda la palabra "motivation". 

La depresión fue absoluta. ¡El 90% de los carteles me estaba llamando gorda! O insinuándolo. O algo. Aparecieron frases como:

- What you eat in private, you wear in public. - Lo que comes en privado es lo que llevas en público.

- Look in the mirror...That's your competition - Mírate al espejo... Esa es tu competición. (¿Per-do-na?)

En fin, cambié la palabra por "inspiration" y la cosa mejoró algo.  No mucho, pero algo. Buscando y rebuscando encontré algo de inspiración, de ánimo. Hasta hice mi aportación. 

Hay un trozo de una canción en la peli de Cenicienta que dice:

"No matter how your heart is grieving: if you keep on believing the dream that you wish will come true". 

Lo que viene a ser que si seguimos soñando y creyendo en nuestros sueños se hacen realidad. Y no. Ahí falta algo.  Y en ese punto es donde entra mi cartelito con frasecita, que, por cierto, no llama gorda a nadie:

"No dejes de soñar, pero sigue trabajando"

Pues eso. Que hay que currarse los sueños. Ahí os dejo una ración de motivación, sin que tengáis que bucear entre carteles que os hagan sentiros culpables  :P

Por cierto, si alguien quiere echar un vistazo a mi Pinterest, que es más que otra cosa un cajón de sastre lleno de neuras y paridas, podéis verlo aquí.


lunes, 28 de octubre de 2013

¿Escribes?

Yo lo intento. No lo intento mucho, la verdad: siempre tengo cosas más urgentes que hacer. Para mí escribir requiere encontrar un espacio de tiempo más o menos amplio en el que pueda estar tranquila, dentro de lo que cabe, en el que pueda dedicarme a escribir y nada más. Soy muy "mía" para estas cosas de la creación. No es que quiera dármelas de diva de la pluma y el teclado, ni mucho menos. Pero en esto, como en todo, cada uno tiene sus costumbres y sus manías.

Seguro que no hace tanto, pero me parece que han pasado eones desde que escribí el último poema, el último relato... Mal, muy mal, Bettie. Bueno, seamos justos. Escribo aquí casi todos los días. Lansy me dice, alguna vez que otra, que escribo un montón. No es que el blog sea una obra literaria de nivel, es más, ni siquiera lo pretende, pero escribir aquí es, al fin y al cabo, escribir. Opinión, poemas, pequeños relatos,... Practico, aunque sea de aquella manera, no lo voy a negar. Todo sea por no perder el músculo...


Pero, si no es para el blog, me cuesta ponerme. Y no lo entiendo, porque me encanta escribir, disfruto muchísimo. Lo peor de no ponerme es que, a medida que pasa el tiempo, me siento más torpe. Me da la sensación de que mi imaginación, mi capacidad de crear historias, de tener ideas, se está atrofiando poco a poco. Puede que vea fantasmas donde no los hay, pero la verdad, esa es una cosa que me da muchísimo miedo: perder mi imaginación o parte de ella. No me gustaría nada. 

Así que, sin pensarlo mucho, he aprovechado una oportunidad de ponerme a escribir. Yo tengo que hacer las cosas así, de repente. Porque si no, no las hago. Hace un par de días vi en el blog de Macarena una entrada sobre una antología de relatos. La organiza el blog Kiss a Book y podéis leer las condiciones aquí:
Antología Diciembre
Clic en la imagen.
La idea es bastante simple: quien quiera escribe un relato inspirado en cualquiera de las dos imágenes que proponen en el post, muy invernales ellas, y, si cumplen los requisitos, se incluirá en una antología que estará disponible en PDF, MOBI y EPUB. La única condición es que haya, al menos 7 participantes en la antología. El plazo es hasta el 10 de Diciembre...¡y ya llevan cinco relatos! :) 
Yo he mandado el mío esta tarde. La verdad es que estoy muy ilusionada, aunque pueda parecer una tontería. Me da bastante pánico escénico, esa es la verdad. Ya había visto que Macarena anunciaba otras antologías similares y nunca me había lanzado. Pero ya digo, soy una mujer "del momento", si pienso mucho las cosas no las hago. Y ayer me dio el pronto y dije...¡qué leches!
Así que si os gusta escribir -en plan aficionado, que yo no soy ningún as de la escritura- tenéis una oportunidad perfecta para poneros a ello. Me parece una idea genial para fomentar, no solo la lectura, sino también la escritura creativa, que eso de escribir es una terapia maravillosa.

¿Qué os parece? :)

sábado, 26 de octubre de 2013

Granadas


Mi fruta favorita son las granadas. Desde siempre. Son una fruta dulce, colorida, jugosa,...

De niña recuerdo que mi padre me las partía en trocitos pequeños para que yo pudiese sacar los granitos y ponerlos en un plato. De mayor, Jack también se aficionó a hacerlo.Y mi padre y Jack son dos de mis personas favoritas en el mundo mundial.

Hace unos días mi padre llegó muy, muy feliz a casa. No es que mi padre sea una persona que acostumbre a estar triste. Más bien todo lo contrario: es difícil no encontrarle con una sonrisa en la boca. Pero ese día estaba más que sonriente, satisfecho, ilusionado.

- ¿A que no sabes qué he traído? -me dijo.

- No, no lo sé. -contesté yo- ¿Qué has traído?

Me tendió una bolsa con tres granadas enormes y preciosas. Quizá las granadas más bonitas que yo haya visto en mi vida. 


Debió de ver la alegría en mi cara, porque su sonrisa se amplió y empezó a explicarme cómo las habían traído de Murcia (y me acordé de mi querida Perri, claro) unos hombres.  La verdad es que no sé quienes ni por qué vinieron desde Murcia, estaba demasiado ocupada mirando mis granadas.  Y me dijo que las habían repartido y que alguien se había olvidado algunas. Y cómo el pensó: 

- Pues estas para "la" Beatriz.

Como ya sabéis algunas, ese es mi nombre. Y así es como mi padre se dirige siempre a mí. Con el "la" delante y todo. Y no quería cambiar ni una de esas palabras. Porque en ese momento me sentí la niña más mimada y consentida del mundo, por esas simples palabras, por esa intención, por esas granadas. Que, por cierto, me han sabido a gloria.

Adoro a mi padre y a su manera de quererme.

viernes, 25 de octubre de 2013

Memoria auditiva.

Supongo que habréis escuchado hablar alguna vez de la memoria olfativa: olores que te recuerdan momentos, o personas. A mí me pasa de tanto en tanto. De hecho, hace unos meses abordé a una señora por la calle para preguntarle qué perfume usaba, porque era el mismo que solía llevar mi abuela. Pero creo que hay otras memorias. La memoria auditiva es la que va a ocupar este post. Y en concreto, la memoria musical.

El otro día, mientras me duchaba -es mi momento para pensar favorito- me di cuenta de que asocio canciones a todo el mundo que conozco. O casi, no sea que aparezca la excepción. Incluso a algunas de vosotras también os asocio canciones. A veces tiene que ver con una conversación, otras con una vivencia, con un concierto, ... Es curioso y me parece de lo más chulo, ¿os pasa también a vosotros?

Hay ciertos recuerdos que vuelven con una música concreta. Son recuerdos de mi infancia. De viajes en coche para pasar una semana en la playa, con mis tíos. De idas a la Feria de Albacete. De cantar esas canciones con mi hermano y ver sonreír a mis padres. Porque mi padre en el coche tenía poca variedad musical y lo que sonaba, sobre todo, eran rancheras y Manolo Escobar. Lo mismo me ocurre cuando escucho "El rancho grande" que cuando escucho "Trigales verdes". Vuelvo a esa furgoneta Ford Courier granate y a esos viajes en los que casi no importaba el destino. 

Por eso me sentí un poco menos niña ayer, cuando me enteré de que la voz de Manolo Escobar se había apagado para siempre. Y qué rabia da sentirse crecer un poco más, así, de golpe.

jueves, 24 de octubre de 2013

Cambios, sí. Estos, no. #NoALaLOMCE


No paramos de oír que la educación no es un gasto, es una inversión. Y yo, realmente, así lo creo. Pero hay que invertir en la educación adecuada. Hay que hacer las cosas bien. Y no estaría de más que pusiésemos los medios para que esa inversión revirtiese en nuestro país y no en Alemania, Reino Unido, o vaya usted a saber dónde.

Digo esto porque el problema de la LOMCE no es solo un problema de invertir o gastar más o menos. No es un problema de recortes únicamente. De hecho hay cosas que me hacen sospechar que no va a ser una ley nada austera. La cantidad de evaluaciones externas independientes, por ejemplo. Ese tipo de pruebas son bastante costosas, puedo imaginar. 

También es un problema de inversión, claro. De inversión, por ejemplo, en becas. Hace tiempo leí una frase que decía "¿Y si la vacuna contra el SIDA o la cura contra el cáncer están atrapadas en el cerebro de alguien que no pudo estudiar?". Es un pensamiento bastante perturbador, por lo menos así lo creo yo.  El recorte en becas es un recorte en posibilidades, no solo para los individuos, sino para el país, en general.  Y ya no son solo las becas: los recortes en investigación hacen que esa pregunta retórica cobre más y más sentido. Pero de esto ya he hablado otras veces, así que me lo salto.

Como decía, no es solo un problema de gasto. Quizá un día salgamos de la crisis y alguien se vuelva loco y empiece a meter dinero en educación. Particularmente, creo que eso no cambiaría gran cosa si seguimos con esta ley. 

Si habéis leído los sucesivos borradores de la LOMCE habréis podido apreciar el espíritu que se desprende de los mismos. El concepto de educación se consolida en la deriva mercantilista que venía tomando y, casi como cuando se entra al infierno, se abandona toda esperanza que suponga una formación integral, cultural, completa del alumno. En definitiva, lo que parece importar es fabricar trabajadores. ¿El método? Muchas horas de lengua, de matemáticas y de inglés. Para mejorar la capacidad de lectoescritura, la capacidad matemática y la competencia en inglés. Y así se arreglan las cosas: poniendo más horas se soluciona todo. ¿Cambiar metodologías? Ni se plantea. Aparte de eso, algo de ciencias y tecnologías, que son el futuro. ¿Todo lo demás? Accesorio. Música, ética, cultura clásica, arte,... Eso, ¿para qué? Nos conformamos con formar especialistas o técnicos en poco, y sabios en nada. Y por sabiduría no me refiero a inteligencia, sino a la capacidad de manejarse por la vida con sabiduría, con prudencia, con dignidad. Si a esto le sumamos la segregación temprana de la que hablaba el otro día, tenemos un cóctel maravilloso para un sistema educativo propio de una novela distópica.

Podemos hablar también de la desaparición progresiva de la diversidad en las aulas. La tendencia en los últimos años era la de incluir a niños con diferentes capacidades cognitivas, perceptivas, motrices, etc. en las aulas con el resto de los niños. Yo estudié cuando era pequeña con un compañero que tenía parálisis cerebral. Le recuerdo con mucho cariño. Todos le queríamos, le ayudábamos. Fue altamente educativo tenerle en clase. En el colegio donde hice las prácticas me comentaron que una alumna con Síndrome de Down había sacado allí su graduado en ESO hacía un par de años. Hace un tiempo leía orgullosa cómo una madre contaba la naturalidad con la que su hija y otros compañeros habían acogido a unos niños autistas que iban a estudiar en su clase en un colegio concertado. Es maravilloso que los niños aprendan que en el mundo viven  personas diferentes, que convivan con esa diversidad y que se eduquen en ella, que la vivan con naturalidad. Pero eso no está en el espíritu y la letra de la LOMCE. Y mucho menos con los recortes presupuestarios.  Y si ya hablamos de los colegios en los que niños y niñas van a estar separados y que van a ser financiados con dinero público...Diversidad, ¿qué diversidad?

Quizá la LOMCE mejore los resultados del informe PISA, cosa que dudo mucho. Pero tener mejor nota en esa prueba no nos va a hacer mejor país así, automáticamente.  Y la educación es una parte de lo que necesitamos para mejorar como país. Tenemos que formar ciudadanos responsables, no solamente especialistas  empleables. Tenemos que conseguir que los niños y jóvenes entren en contacto con los distintos saberes y ciencias, que adquieran y aprecien la cultura. Tenemos que fomentar, no solo desde las aulas, pero también desde ellas, la tolerancia, el respeto, el compromiso, la solidaridad, la colaboración, ...  Debemos intentar que cada persona saque lo mejor de sí, y no moldearles a nuestro antojo o desecharles si no son lo suficientemente maleables.

Sí, la educación en este país necesita cambios. Cambios profundos e importantes. Pero no este cambio. Y desde luego, no así.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Queridos docentes (#NoALaLOMCE)


Al principio de La princesa prometida, el libro, hay una especie de prólogo. En él, William Goldman habla de cómo una maestra suya no sabía qué hacer con él, pero comentaba que ella nunca perdió la esperanza, que siempre tuvo esperanza. Su maestra le decía...

—Eres de los que tardan en florecer, eso es todo. Winston Churchill tardó en florecer, y tú también.
Él no entendía muy bien de qué iba eso de florecer tarde, pero le agradeció a su maestra esa paciencia. Y también agradeció que, después de apasionarse por los libros de aventuras, ella le recomendase uno detrás de otro y los comentase con él. 

No sé cuánto hay de ficción y cuanto de verdad en ese prólogo, pero me hizo pensar en que todo el mundo, o casi todo el mundo, recuerda con cariño a algún maestro o profesor. Algunos, incluso, admiramos a alguno de los profesores que hemos tenido, o a más de uno. Incluso podemos llegar a entender cómo Platón reverenciaba a su maestro Sócrates, cómo nunca perdonó a Atenas el crimen cometido contra el mejor hombre de su tiempo. 

Los docentes son importantes. Nos dejan huella. Aprendemos de ellos mucho más que fracciones, declinaciones o análisis sintácticos y morfológicos. Descubrimos en ellos una manera de estar en el mundo distinta a la de nuestros padres y parientes. Encontramos en ellos otro adulto de referencia. Y cuando crecemos bebemos de ellos, de sus maneras, de sus bromas, de sus anécdotas. Y, por supuesto, también nos enseñan contenidos. Pero la educación es mucho más que eso. 

Hagamos un ejercicio. Pensad en ese maestro o profesor que os marcó. ¿Lo tenéis? Acordaos de esas anécdotas, de los momentos especiales, de aquello que os enseñó y de cómo os lo enseñó.  Ahora pensad en cómo habría sido esa clase, ese curso, sin él o ella. En qué os faltaría si no hubiese estado ahí. No sé a vosotros, pero a mí se me ponen los pelos de punta. Ahora pensad en qué ocurriría si todos los maestros y profesores desapareciesen por arte de magia, ¡puf! Sería toda una catástrofe, ¿verdad?

Los maestros y profesores deberían ser las personas más valoradas de una sociedad. Y lo son, o eso reflejan las encuestas del CIS de tanto en tanto. Pero también deberían ser de las más respetadas. Y eso no es así, por desgracia.

Así, por más que se promulguen leyes de autoridad del profesorado -que no digo que esté mal- el mensaje no va a calar si los propios políticos, que se llenan la boca con esas leyes, no dejan de desacreditarlos. Y lo mismo ocurre con parte de la ciudadanía. No paran de decir, unos y otros, que son unos vagos, que no trabajan, que están puestos a dedo, que no tienen conocimientos, que no saben, y por eso enseñan. Mantienen que la gente que está en la docencia está ahí porque quiere cobrar a fin de mes, porque no había otro trabajo para ellos.

El profesor es el rompeolas entre el malestar de la ciudadanía y las autoridades educativas. Se lleva todos los palos. Recibe las quejas de las familias y el descrédito de las instituciones. Y a fuerza de tirar de ambos lados, la cuerda se rompe, por fuerte que sea. Y los profesores y maestros son personas, ni más ni menos. También pueden romperse. Pero nos quejamos de que los profesores están quemados, desmotivados, desilusionados. ¿Cómo estaríais vosotros en su situación?

Tenemos que cuidar a nuestros docentes. Son las personas en las manos de las que dejas a tus hijos y son, además, los profesionales de la educación. Cuando protestan en defensa de la educación, deberíamos escucharles porque algo deben de saber del tema. Antes de criticarles porque lo único que quieren es más beneficios laborales, deberíamos pensar bien qué están pidiendo. Y si no, cuando vayamos a quejarnos al profesor de matemáticas porque la clase de música, que se ve obligado a impartir, es un desastre, a lo mejor deberíamos dirigir nuestras quejas a instancias superiores. O cuando no se cubran las bajas. O cuando no puedan educar a los alumnos libremente porque su trabajo depende de que cedan a las exigencias de otros.

Quiero, desde aquí, romper una lanza por los docentes, maltratados, vilipendiados e injuriados. He conocido docentes que han renunciado a su almuerzo para dárselo a un alumno que se había olvidado el suyo. He conocido docentes que han elaborado materiales, libros de texto propios, para que las familias ahorrasen dinero. He tratado con docentes que no han tenido tiempo para tomarse un café en un recreo durante semanas, porque empleaban ese tiempo en atender a sus alumnos. Sé de maestros interinos que no pueden desconectar de su trabajo, que cuando se ponen a estudiar para intentar conseguir esa ansiada plaza en el cuerpo de maestros, no consiguen concentrarse, pues piensan en sus niños, en las actividades que les gustaría hacer. Entre los docentes, como en todas las profesiones, hay de todo. Pero todavía no he conocido a nadie que no recuerde con cariño a ningún maestro o profesor. Tan malos no serán. 

Yo quiero que los docentes sigan siendo independientes. Quiero que puedan innovar en las aulas. Quiero que no puedan ser marginados por sus opiniones políticas o de otra índole. Quiero que puedan trabajar seguros, dedicarse a pensar en cómo enseñar cosas a sus alumnos y no en cuánto les van a bajar el sueldo, en que, teniendo fiebre, deberían haberse quedado en casa, o en si el año siguiente estarán ahí. Quiero que sigan educando niños y jóvenes. Y quiero que sigan dejando en ellos huellas maravillosas, como las que mis profesores y maestros dejaron en mí. Yo, al igual que Platón no perdonó las injusticias cometidas contra Sócrates, su maestro, no perdono las injusticias que se están cometiendo contra nuestros maestros, los maestros de todos.  Por eso les apoyo en su rechazo a la LOMCE.

Solo una cosa más que añadir: Queridos docentes, gracias. 



martes, 22 de octubre de 2013

De tontos y listos. (#NoALaLOMCE)


Los seres humanos crecemos, nos desarrollamos a diferentes ritmos. Los que son padres o ven crecer a los niños lo saben: un niño habla por los codos enseguida, mientras otro apenas balbucea; a la misma edad, un niño es muy responsable mientras a otro le cuesta hacer muchas cosas por sí mismo. Esto ocurre en muchos aspectos de la vida y durante buena parte de ella, por no decir casi toda: el síndrome de Peter Pan existe. 

Los maestros y los profesores lo saben bien. Yo, en el poquísimo tiempo que he estado en las aulas, he podido comprobarlo. En una misma clase, con chicos y chicas de edades muy similares, había niveles de madurez muy distintos en varios sentidos: emocional, cognitivo, ... De hecho, la profesora con la que estuve trabajando me comentó el caso concreto de una de las chicas, repetidora, que no parecía ella misma:

- El año pasado era totalmente irresponsable, todo le daba igual, no trabajaba ni aunque se lo recetase el médico,... Y las notas, ni te cuento. ¡Y ahora mírala! Es la que más participa de la clase, siempre tiene preguntas, propuestas, dudas, aportaciones,... ¡Y va de sobresaliente en sobresaliente!

Las personas pasan por muchas fases, pueden cambiar en periodos de tiempo muy cortos. Especialmente en los primeros años, durante la infancia y la adolescencia. Es difícil decir cómo va a ser el chico que hoy tenemos en nuestra clase dentro de uno o dos años.  Probablemente la etiqueta que hoy lleva colgada no le pegue para nada en algo de tiempo. 

Una etiqueta que tenemos el vicio de colgar a los chicos y chicas en este país es la de tonto o listo, la de "vale para estudiar" y "no vale para estudiar/es un negado". Si os fijáis bien, apreciaréis que sentencias como "Este chico/a no da para más" son muy comunes. La experiencia me ha enseñado que esas etiquetas no tienen más utilidad que la de, en ocasiones, arruinar la autoestima de los alumnos. 

¿Habéis oído hablar del "efecto Pigmalión"? Viene a decir que las creencias o expectativas que otros tienen sobre nosotros nos influyen de manera significativa. Y yo lo creo. ¿Habría sido yo tan buena estudiante de no ser por las expectativas que mis maestros y profesores tenían? No lo sé, no puedo saberlo. Probablemente no. ¿Cómo puede influir la etiqueta de "tonto" o "negado" en un alumno o alumna? Mucho, imagino, y para mal. ¡Cómo cambia la cosa de que no esperen nada (bueno) de ti a que esperen -y te exijan- lo mejor! Desde luego, esto no es una ley de la naturaleza que vaya a cumplirse siempre, pero...¿no tiene algo de lógica?

Recuerdo con pena las lágrimas de una alumna que, por más que lo intentaba, no llegaba, y que se sentía dejada de la mano de su profesora. "Es que ella cree que soy tonta". Los alumnos saben estas cosas, las perciben, tienen un sexto sentido. Si esa chica, en vez de percibir un "es lo que hay" hubiese percibido un "puedes hacerlo mejor" seguramente esas lágrimas no habrían llegado. Seguramente la cosa habría sido diferente. La etiqueta de tonta le pesaba mucho sumada a la presión de su familia y a lo invisible que se sentía en clase. Debía serlo, porque cuando empezó a llorar la profesora no se dio cuenta...

Y sin embargo, a pesar de lo poco o nada beneficiosas que son algunas, la nueva ley educativa nos conduce a un mundo de etiquetas. A un mundo de tontos y listos. De elegidos, tocados por la gracia, estudiantes dirigidos a la vía académica, y de desgraciados y poco dotados estudiantes dirigidos a la vía de la formación profesional, porque algo hay que hacer con ellos, algún rendimiento tienen que dar en la sociedad, ¿verdad? (Por cierto, una gran contribución al prestigio de la formación profesional convertirlo en el cajón de sastre para todos los que no "dan más de sí".) Desde bien pequeñitos, evaluaciones externas, para ir separando la paja del grano, al tonto del listo. Separar las manzanas de primer categoría del resto. ¿Cómo os hubieseis sentido vosotros si, siendo pequeños -o no tan pequeños- os hubiesen dicho: "tú, con los tontos"?

Conozco algún que otro caso. Una chica dulce, simpática, curiosa, amante de la lectura,... pero que no tenía un rendimiento académico espectacular. Pues bien, cuando acabó su ESO se le dijo que mejor que no intentase hacer Bachillerato, que no valía para ello. Ella, con 16 años, no fue capaz de procesar muy bien el alcance de aquello y cedió. Su sueño era ser maestra de infantil, pero ese era un sueño que se esfumaba. Sin embargo, sus ganas de saber, de aprender, la llevaron a estudiar dos ciclos formativos distintos. Uno de ellos relacionado con la puericultura, el otro con la enfermería. Finalmente, y después del rodeo, ha decidido que nadie debería haberle quitado su sueño y ha empezado a estudiar magisterio de educación infantil. No le va nada mal. Mejor tarde que nunca, sobre todo si se trata de hacer cosas que quieres hacer. Pero me consta que aún guarda amargura, resentimiento hacia aquel profesor que la apartó de su sueño, porque no valía para ello.

También conozco casos de "negados" de los que no se esperaba nada que abandonaron el instituto antes de tener, siquiera, su graduado en ESO y que después han vuelto, que lo han sacado, que han hecho un ciclo formativo y se han convertido en profesionales capaces y estupendos. La vida da muchas vueltas, ¿verdad? 

A veces la época en la que se supone que tenemos que estudiar no es nuestro mejor momento. A veces estamos a otras cosas. O a veces, simplemente, nuestras ganas de aprender están lejos de la escuela. Eso no nos convierte en tontos, en incapaces o en negados. Ni mucho menos. Por eso no puedo estar a favor de una ley que dice que quiere acabar con el abandono escolar, pero cuya herramienta es cribar a los estudiantes, poniendo a los tontos a un lado y a los listos a otro. Como si la nota de un examen fuese un indicativo de inteligencia. Como si la inteligencia fuese lo mismo que la capacidad académica. 


lunes, 21 de octubre de 2013

Libro: Ola de Calor, de Richard Castle


¡Bien! Reseñita fresca traigo. Ya sé, hoy me amontono, pero como suelo decir, no hay que leerlo todo, que esto no son deberes :P La cuestión es que anoche acabé Ola de calor, y ante la duda de qué leer después, casi por inercia, empecé Calor desnudo. Creo que es bastante evidente, pero tengo que decirlo: Soy una Castle-adicta.

¿De qué va el libro?

Nikki Heat es una policía del departamento de homicidios de Nueva York a la que se le ha pegado, como una lapa, el periodista Jameson Rook con la excusa de documentarse para escribir un artículo sobre los equipos que investigan homicidios. Parece que va a tener material, porque un magnate de la construcción aparece muerto y los indicios apuntan a que la muerte ha sido violenta. Su trabajo empieza, y el caso tiene de todo: una mujer florero, un contable que no tiene nada que contar, un magnate arruinado metido en líos de apuestas, ... ¿Quién da más? Con ese material, lo difícil es no escribir un buen artículo...

Hablando del libro...

Este libro es un producto orientado a un público objetivo muy concreto: los fans de la serie. No es que no lo pueda leer alguien que no siga la serie, o que no sepa de qué va, pero la verdad es que, desde mi punto de vista, se perdería la mitad de la gracia. Por lo menos. ¿Por qué? Pues porque los guiños a la serie son continuos. Por ejemplo: la dedicatoria del libro es la misma que aparece en la serie cuando lo presentan. Son cosicas, tonterías, pero que oye, a mí me han hecho muchísima gracia. También hay detalles simpáticos para los fans al final, en los agradecimientos.

Luego están los personajes, que en fin, a mí me da por pensar: Castle, eres un escritor de pena. Porque a ver, no escribes ficción, narras hechos cambiando los nombres xD. Lo que quiero decir es que los personajes de la novela no están inspirados en los de la serie, en los personajes "reales", sino calcados. Bueno, salvo Nikki Heat, que es como una Kate Beckett más...¿erótica? y Jameson Rook que es como un Castle más...¿pagado de sí mismo? Sí, sí. Es posible. En fin, los personajes están construídos tal y como el Castle real, si existiese, lo haría. Muy acorde con el personaje. 

Pasando ya del momento fan-girl histérica (que lo soy) y hablando de la historia en sí, pues bien, podemos decir que se trata de un "libro hamburguesa". Es una denominación prestada de Cristina, de El Gallinero de Miss Marple.  Las hamburguesas son esos productos alimentarios que palidecen al lado de un plato bien preparado, que son menos sanas, menos ricas, menos lo que sea. Pero a veces apetecen. Es más, a veces sientan fenomenal, mucho mejor que un solomillo. Pues eso es este libro. Un libro ligero, entretenido, que engancha -aunque a mí me costó unos tres capitulillos- y que te da ganas de seguir leyendo para saber quién es el asesino, qué pasa al final. Un buen libro para leer en ratos tontos, distendidos. Esas cosas. Y eso no lo desmerece en absoluto, que conste. A mí me ha gustado mucho y me lo he pasado muy bien leyéndolo.

La recomendaría, sin muchas pretensiones ni efusividad si no sois fans de la serie, porque no está mal. Si lo sois, ¿qué hacéis que no la leéis, insensatxs?

Os dejo un trocito...


- Necesitas ayuda. La ayuda de un escritor. ¿Tumbas a un personaje como aquel, y lo único que se te ocurre decir es "adelante"?
- ¿Y qué pasa?
- Lo siento, detective, pero es que me has dejado un poco a medias. Como el "lavar y afeitar" sin el siempre importante "veinticinco centavos". - Echó un vistazo por encima del hombro al Hombre de Hierro esposado en el asiento de atrás, que miraba por la ventanilla lateral un anuncio de Flash Dancers encima de un taxi-. Aunque te concedo diez puntos más por no haber dicho "alégrame el día". 
- Si tú estás contento, Rook, doy mi trabajo por bien hecho.

En conclusión, este libro...

4/5

Como ya os he dicho, he empezado con el siguiente, Calor desnudo. Ains. Cuando lo acabe intentaré hacer un parón con los libros de Castle y leer Ha vuelto o Nubes de Kétchup. Aunque no prometo nada. Yo soy de esas que cuando se obsesionan con una canción la ponen en bucle. Y me pasa muy a menudo. Así que si me obsesiono con estos libros, no pararé hasta leer los que me quedan (son 5 de momento). De todas maneras, supongo que la sangre no llegará al río... :P

Quiero decirte algo...

Queridxs, este relato es viejo. Seguramente lo habéis leído ya todxs aquí. Es el relato corto con el que gané el concurso de Manhattan Cómics. Pero he caído en que no lo puse por aquí. Así que, bueno, aquí viene.

Hoy, especialmente dedicado a Runa a.k.a mi gemela cerebral. Y a Papish y Txus, dos ángeles guardianes.

***

Manhatto había pasado mucho tiempo preparándose para aquel momento. Lo había ensayado muchas veces. Tantas, tantísimas, que había perdido la cuenta. Había aprendido cada palabra de memoria, a pesar de lo difícil que era recordar los cambios que él mismo hacía. Tenía miedo de que, a la hora de la verdad, lo que saliese fuese un batiburrillo incomprensible, una mezcla incoherente de todos los discursos ensayados.

 “No”, se dijo, y sacudió la cabeza. Miró fijamente al escaparate y vio su reflejo. Comenzó de nuevo a ensayar, repitiendo otra vez las mismas palabras en su mente: “¿Sabes, Arancha? Quiero decirte algo...”

***

Llegaba tarde. Arancha llegaba tarde. Y ella nunca se retrasaba. Era una maniática de la puntualidad. Una vez se lo dijo, como haciéndole una confesión:

- Soy una maniática de la puntualidad. Dicen que es porque soy Virgo.

Desesperado, Manhatto comenzó a caminar de un lado a otro. ¿Qué iba a hacer? No sabía donde vivía, siempre se habían encontrado allí, en aquella esquina, frente a la tienda de electrodomésticos. “Si hoy no viene, estoy perdido”, pensó. Le había costado mucho reunir el valor para decirle lo que sentía. ¿Y si se había cansado de él? Aquella ocurrencia fugaz que pasó por su mente le dolió. Le dolió mucho. “Si hoy no viene, se acabó”.

Pero con el eco de ese pensamiento, llegó Arancha. Al verle sonrió, como hacía siempre. Sin embargo había algo diferente en su cara. ¡Claro! ¡Estaba enferma! ¡Por eso se había retrasado! Manhatto se sintió tremendamente aliviado, pero un instante después se reprendió mentalmente. Arancha estaba enferma. ¿Sería un buen momento para hablar con ella? Sus fuerzas empezaban a flaquear y él comenzaba a buscar excusas.

Ella se acercó a él, lentamente, le acarició la cara y dijo:

- Perdona, guapo. No me encuentro muy bien. No iba a venir, realmente. Por eso no te he traído nada. Pero no estaba tranquila en casa, pensando que podrías estar aquí, solo, esperándome. ¿Me perdonas?

Manhatto sonrió, y notó como un calor que solo ella le hacía sentir surgía de su corazón y le inundaba todo el cuerpo. De él tomó la determinación para seguir adelante, como había planeado.

- No importa. Quería hablar contigo. ¿Sabes, Arancha? Quiero decirte algo desde hace mucho tiempo, pero hasta hoy no he podido reunir el valor necesario. Has sido para mí, en las últimas semanas, como una vela encendida en medio de una habitación oscura. No sé qué habría sido de mí sin estos encuentros. Seguro que nada bueno... Cada día esperaba este momento y me entristecía cuando te marchabas. Ahora sé por qué: porque no quiero que acabe. No quiero que te vayas nunca. No quiero estar separado de ti nunca más.  Sé que quizá esto sea demasiado para ti. Al fin y al cabo, no me conoces realmente: me encontraste hambriento y me diste alimento, nunca me preguntaste nada. Pero quiero contártelo todo, y que tú me lo cuentes todo. Quiero que nos conozcamos hasta podernos encontrar a ciegas. Quiero grabarme en ti y que tú te grabes en mí, y que siempre formemos parte el uno del otro.

Manhatto bajó los ojos, porque sintió que se le llenaban de lágrimas, y continuó hablando, casi sin respiración, con la voz entrecortada.

- Tú ya formas parte de mí...- volvió a levantar la cabeza y puso una mano en la de ella- ¿Qué me dices?

Manhatto permaneció así, tocándola, cosa que nunca antes había hecho. Estaba satisfecho por su discurso, que le había quedado casi perfecto, y nervioso, esperando una respuesta. Lo que no sabía es que Arancha había oído algo parecido a esto:

- Miiiiaaaaaauuuuuuuuu.

***

Pero ella le entendió. Le entendió como solo pueden entenderse las almas gemelas. Arancha se sorprendió al sentir que Manhatto la tocaba por primera vez en semanas. Aquello agrandó su sonrisa. Sonreía con los labios, sí, pero también con los ojos, con todo su cuerpo. Entonces, le respondió con la voz congestionada:

- ¿Sabes? Creo que ya es hora de que formalicemos esto. No está bien que hoy no te haya traído nada de comer. ¿Qué te parece si me acompañas a casa y te invito a algo?

Ella se levantó, se apretó el abrigo y comenzó a caminar, sin mirar atrás. No podría soportar que Manhatto no la siguiera. Cuando giró la esquina se detuvo. Sintió el cuerpo de Manhatto junto a su pierna y bajó la mirada. Él la estaba mirando también. Se agachó, lo tomó en brazos y besó su cabeza. Él ronroneó y ella se estremeció con su tacto. Y esos gestos, que no supo interpretar nadie, gritaban a los cuatro vientos:

- ¡Te he esperado tanto!

***

:) Hoy espero poder publicar también la reseña de Ola de calor, de Richard Castle. Lo acabé anoche y empecé el siguiente, Calor desnudo. ¡Ay!

domingo, 20 de octubre de 2013

De cuerpo presente.

Hoy os vengo con una entrega más del anecdotario del pueblo. Pero visto que es el día del Señor y que hay que santificar las fiestas, lo que os traigo hoy es un poco de formación espiritual. Pecadoras, más que pecadoras.

¿Sabéis de qué me he dado cuenta? De que la gente va a misa con el piloto automático puesto. De que no se enteran de nada, vaya. Me di cuenta hace un par de días. Asistí a una misa oficiada por el alma de un difunto, uno de esas cosas que se hacen más por apoyar a los que quedan que por otra cosa. El caso es que allí estaba yo, con mi madre, escuchando misa. Porque yo sí escucho misa. Porque ir pa ná, es tontería, como dice mi paisano.

Total, que allí estaba yo escuchando. El sacerdote empezó la misa hablando un poco de la vida de San Lucas, el santo que tocaba ese día, cosa que me pareció interesante y demás. Yo pensaba: "Madre mía, qué bien, no te sueltan el sermón rollaco y ya, algo es algo... Ahora entiendo por qué la gente está tan contenta con este cura". Porque lo están. De hecho, hay gente que te dice que tienes que ir a misa, porque este sacerdote la dice "divinamente". Como quien te recomienda ir al cine porque están poniendo una película bueníiiiisima. Pues igual.  

Pero llegó el momento de las lecturas. Segunda carta de San Pablo a Timoteo. Empiezan a leer. Y yo allí, atenta, atentísima. Y San Pablo quejándose, de que este le ha abandonao porque le va mucho la parranda. Que otros se han ido cada uno para donde les ha dado la gana. Que si este se ha portado muy mal conmigo. Oye, que cuando vengas, tráeme el abrigo que me dejé allí. Y los libros. Ale, que la paz del Señor esté contigo, hermoso. 

Me tuve que aguantar la risa cuando oí el "Palabra de Dios". Porque eso eran, más que otra cosa, despotriques varios. Solo le faltaba decir: "Trae el tapperware en el que te mandé las croquetas". Lo que yo no entendía era por qué no estaba todo el mundo rodando por el suelo de la risa. O al menos, poniendo cara de circunstancia. Y entonces miré a mi alrededor y todo el mundo estaba allí, de cuerpo presente, pero su espíritu debía de estarse elevando ya a las alturas. Nada más empezar la misa. ¡Milagro! ¡Milagro!

Para hacer la comprobación, al salir, le pregunté a mi madre qué le había parecido la lectura de la carta. Bien, le había parecido bien. Empiezo a hacer la coña del: "todo el mundo se porta mal conmigo, vente y tráeme el abrigo" y mi madre que no sabe de qué va la historia. Y como ella yo creo que el 95 % de la gente que allí había. 

Pero que no queda ahí la cosa... Que anoche lo cuento durante la cena, y me dicen que no puede ser que eso salga en la Biblia, que tuvo que ser un lapsus. ¡Pues vaya lapsus largo! Ya dije alguna vez que la gente que se declara creyente muchas veces no sabe ni en qué cree. Lo confirmo. Pero es que ni la gente practicante - que va a misa- parece practicar de verdad. Será que en este país no somos muy de tomarnos las cosas en serio...

Para acercaros un poquito más al cielo, os dejo el fragmento de la segunda carta de San Pablo a Timoteo que leyeron en misa aquel día:

Apresúrate a venir a mí cuanto antes, porque me ha abandonado Demás por amor a este mundo y se ha marchado a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia. El único que está conmigo es Lucas. Toma a Marcos y tráele contigo, pues me es muy útil para el ministerio. A Tíquico le he mandado a Éfeso. Cuando vengas, tráeme el abrigo que me dejé en Tróada, en casa de Carpo, y los libros, en especial los pergaminos. Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal. El Señor le retribuirá según sus obras.  Tú también guárdate de él, pues se ha opuesto tenazmente a nuestra predicación.
 En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Que no se les tome en cuenta. Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui  librado de la boca del león.
 El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Saluda a Prisca y Aquila y a la familia de Onesíforo. Erasto se quedó en Corinto; a Trófimo le dejé enfermo en Mileto. Date prisa en venir antes del invierno. Te saludan Eubulo, Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos.
El Señor sea con tu espíritu. La gracia sea con vosotros.

Ale, ¡pasad un buen domingo! :P

sábado, 19 de octubre de 2013

Autosuficiencia

Gato es un animal tremendamente autosuficiente. Hablamos, básicamente, de autosuficiencia emocional. Sí. No es de esas mascotas que te hace sentir necesario, casi imprescindible. Te hace sentir, más bien, como una máquina expendedora de comida. Lo digo sin mal rollo. Es curioso ver como el tío se apaña para no pedir mimos. Cuando quiere una caricia, en lugar de pedirla, se acaricia él mismo contra cualquier cosa. Y cuando tú le llamas para darle mimos pasa olímpicamente. Se queda quieto, mirándote, como diciendo: "Ya vendrás tú. Eres tú la que quieres acariciarme. Yo me apaño bien solo. Gracias." En serio. Es tal que así. 

No sé de qué me extraño. Durante largos periodos de mi vida yo he sido también una persona bastante autosuficiente en lo que se refiere a los sentimientos. Me he valido por mí misma en ese sentido, y lo he hecho bastante bien. Tanto que a veces se me ha llegado a decir que era una persona fría, sin sentimientos. Nada más lejos de la realidad. Lo que pasaba es que pasaba mis alegrías y mis penas conmigo misma, y que sacaba el afecto que necesitaba de lugares insospechados. 

Pero hay excepciones. Ya os conté que a Gato le dan miedo las tormentas. Bueno, los truenos. Y todo lo que se les parezca, como por ejemplo, los petardos. Se pone muy nervioso, se eriza y busca gente. Cuando tiene miedo, Gato no quiere estar solo. Necesita mimos, pero necesita, sobre todo, saber que hay alguien ahí, sentirse protegido y acompañado. Bueno, todo esto, claro, en perspectiva gatuna. 

También me pasa a mí. Cuando tengo miedo necesito compañía, necesito sentirme menos sola. Pero, como Gato, no estoy acostumbrada a pedir cariño, y en mi entorno no son muy de darlo.Gato, cuando nos vamos a dormir y se queda solo, pasa las tormentas acurrucado bajo un mueble. Y yo acabo haciendo algo parecido. Me acurruco en un blog. Esperando que la tormenta pase, y que se lleve con ella el miedo.

Por suerte hay por aquí -y por otras partes- gente que no necesita que le pidas nada para darte muchas cosas. Para dártelo todo. O al menos, todo lo que necesitas.

Por cierto, este post también es de esos que suenan. Aunque no sé si a alguien que pase por aquí le sonará... :P



¡Aprovechad lo que queda de finde! A mí, hermano pequeño me saca a la fuerza de casa para invitarme a cenar en su casa, para sacarle partido a su chimenea. ¡Ains! :P



Si, yo también soy consciente. Mis post últimamente dan asquete profundo xD

jueves, 17 de octubre de 2013

Incomunicable

Dice Karl Jaspers que una de las señales de que el hombre filosofa originariamente son las preguntas de los niños. Las que hacen, o las que se hacen, lo mismo da. Así que no sé si lo mío era una señal de mi porvenir o una de esas señales de que todo ser humano tiene algo de filósofo hasta que aprende a reprimirlo. El caso es que yo, de pequeña, tenía pensamientos muy profundos. Sobre la muerte incluso. Suerte que yo era más de preguntarme a mí misma que de decir las cosas en voz alta. Si no, seguramente habría acabado siendo carne de psicólogo infantil o similar. 

Uno de los problemas que me atormentaban más era el de la insuficiencia del lenguaje. Está claro que cuando yo tenía 6 años y pensaba en estas cosas no me refería a ellas así. A mí me preocupaba cómo decir algunas cosas para las que no encontraba palabras. Cómo explicar cosas que no sabía explicar. Vaya preocupación para una niña pequeña, ¿verdad?

Al principio pensé que era cuestión de que no sabía la suficientes palabras. De que tenía muy poco vocabulario. Poco a poco -o mucho a mucho- aprendía palabras nuevas y me daba cuenta de que podía explicarme mejor. Estaba entusiasmada, pues parecía que mi problema se resolvía. Nada más lejos de la realidad. Con el tiempo me di cuenta de que no era una cuestión de cantidad de palabras ni de calidad de las mismas. 

Ese problema me ha acompañado toda mi vida. Me ha frustrado tremendamente y me ha llegado a obsesionar el hecho de no estarme explicando como yo querría porque me faltan las palabras.  Durante la carrera los problemas relacionados con las limitaciones del lenguaje -su insuficiencia, su intraducibilidad, etc.- me fascinaban. Pero nunca llegué a encontrar una solución a mi problema. Creo que sí encontré una respuesta, para mí una triste respuesta: hay cosas incomunicables. 

No solo lingüísticamente, porque a veces el lenguaje no es la mejor manera de comunicar algo, pero también lingüísticamente. Por más que nos empeñamos hay cosas que no podemos decir. A veces pensamos que no sabemos, pero no, no lo creo. Hay cosas que no se pueden decir.  Hay un abismo comunicativo que no podemos salvar.

Ese abismo nos aisla un poco. A veces nos hace sentir solos. Sobre todo cuando lo que queremos comunicar nos parece importante. Todos podemos hablar de qué tal nuestro día en el trabajo -si lo tenemos-, de qué hemos hecho, de qué nos parece la última moda estúpida que haya salido o de planes de futuro. Pero lo que nos parece más importante es realmente difícil de explicar. Y, como consecuencia de ello, es realmente difícil de entender.

Últimamente me pasa más. Mis ideas, mis sentimientos, mis sensaciones, están enmarañados. Yo misma los percibo como tremendamente angustiosos y complejos. Y los he intentado comunicar, lo he intentado de mil maneras, y acabo más angustiada y frustrada. Por suerte, o por desgracia, el abismo no siempre es igual de grande. Hay personas con la que es más fácil comunicarse. Supongo que es una cuestión de poner no solo los oídos en la conversación, sino los cinco sentidos y, además, una buena dosis de empatía. Creo que es ahí dónde está la diferencia. El refranero dice que a buen entendedor pocas palabras bastan. Puede que eso de ser un buen entendedor dependa de la empatía que uno tiene.

¿Y cómo aprendemos empatía? Pues a las bravas. La empatía se aprende al vivir.  Al gozar, al sufrir, al pasar dificultades y buenos momentos. No todos pasamos por lo mismo, está claro, y no a todos las experiencias nos hacen empatizar igual. Hay quien tiene una capacidad gigantesca de extrapolar sus vivencias para empatizar con los demás. Y hay quien no tiene esa capacidad. 

Pero por mucho que empaticemos el abismo sigue ahí.  ¿Cómo se explica qué siente uno cuando lo sacan de su casa? ¿Cómo se explica lo que se siente al tener que elegir entre comer o medicarse? ¿Cómo se explica la desesperanza de una persona que cree que la vida ya le ha dado todo lo bueno que podía darle? ¿Cómo se hace entender a la gente que alguien se quiere rendir? ¿Cómo se explican sentimientos que no se abarcan con palabras como desesperación, indignación, frustración, tristeza, ...? Y no solo eso, ¿cómo se entiende? No solo me frustra no poder explicar a la gente lo que hay en mi corazón y en mi cabeza. Me preocupa y me frustra no poder entender del todo lo que hay en el corazón y cabeza de los demás, de mis semejantes. Me preocupa y angustia que ellos se sientan tan solos como yo me siento a veces. Tan abandonados en su lado del abismo.

Ya os lo decía. Siempre le he dado muchas vueltas a este tema. Pero últimamente mucho más que de costumbre. Y la conclusión sigue siendo la misma. Hay cosas incomunicables.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Neil Gaiman habla sobre la lectura, las bibliotecas, la imaginación...

Hoy he leído este artículo, y tengo que dar gracias por poder defenderme en inglés: es un artículo maravilloso, emocionante, genial. Y creo que todo el mundo debería leerlo. Por eso he decidido dedicar un rato -un buen rato- a traducirlo -de aquella manera, claro- para aquellos que no saben inglés.  A lo mejor hay otras traducciones por ahí, pero en fin, me parece importante y creo que merece la pena. Perdón, de antemano, por la cutre-traducción, que en algunos puntos será demasiado literal, en otros demasiado libre, y en otros un desastre. Una hace lo que puede, que no es mucho.

El artículo es una adaptación de una charla que dio Neil Gaiman hablando de lo importante de leer, de leer por placer, de leer ficción, de que existan sitios donde leer, ... En fin, Ahí va.



Neil Gaiman: Por qué nuestro futuro depende de las bibliotecas, la lectura y el soñar despiertos. (El original en The Guardian)

Es importante para la gente decir de qué lado están y por qué, y si son parciales. Una especie de declaración de intereses. Yo voy a hablaros sobre la lectura. Voy a contaros que las bibliotecas son importantes. Voy a sugerir que leer ficción, que leer por placer, es una de las cosas más importantes que podemos hacer. Voy a hacer un alegato apasionado para que la gente entienda qué son las bibliotecas y los bibliotecarios y que hay que preservar ambas cosas.

Y soy parcial, obvia y enormemente: soy escritor, a menudo de ficción. Escribo para niños y adultos. Durante más o menos 30 años me he ganado la vida a través de mis palabras, principalmente inventando cosas (making things up) y escribiéndolas (writing them down). Obviamente es uno de mis intereses que la gente lea, que lea ficción, que las bibliotecas y los bibliotecarios existan y ayuden a fomentar el amor por la lectura y los lugares en los que la lectura tiene lugar. 

Por tanto, soy parcial como escritor. Pero soy mucho, mucho más parcial como lector. Y más todavía como ciudadano británico.

Y estoy aquí dando esta charla esta noche, bajo el auspicio de  la Reading Agency: una organización benéfica cuya misión es proporcionar a todo el mundo las mismas oportunidades en la vida ayudando a la gente a convertirse en lectores entusiastas y seguros de sí mismos. La cual apoya programas literarios, y a bibliotecas e individuos, y pura y llanamente, alienta el acto de leer. Porque, nos dicen, todo cambia cuando leemos.

Y es ese cambio, y ese acto de lectura, de lo que voy a hablar esta noche. Quiero hablar de lo que leer hace. De para qué es bueno.

Una vez estaba en Nueva York, y escuché una conversación sobre la construcción de prisiones privadas - una industria con gran crecimiento en América. La industria de prisiones necesita planificar su futuro crecimiento - ¿cuántas celdas necesitarán? ¿Cuántos prisioneros habrá en 15 años? Y se dieron cuenta de que podían predecirlo muy fácilmente, usando un algoritmo bastante simple, basado en qué porcentaje de niños de 10 y 11 años no sabían leer. Y que, por supuesto, no podían leer por placer.

No es una equivalencia uno a uno: no puede decirse que una sociedad alfabetizada no tenga criminalidad. Pero hay correlaciones muy reales.

Y creo que algunas de esas correlaciones, las más simples, vienen de algo muy simple. La gente alfabetizada lee ficción.

La ficción tiene dos usos. En primer lugar, es una entrada hacia la lectura. El impulso a saber qué pasa después, a querer volver la página, la necesidad de seguir adelante, incluso si es duro, porque alguien está metido en líos y tú necesitas saber cómo va a acabar todo... es un impulso muy real. Y te fuerza a aprender nuevas palabras, a pensar nuevas ideas, a seguir adelante. A descubrir que la lectura, per se, es placentera. Una vez que aprendes eso, estás en el camino de leer cualquier cosa. Y leer es la clave. Había rumores hace poco, unos años, sobre la idea de que vivíamos en un mundo post-alfabetizado, en el que la habilidad de comprender las palabras escritas era, de algún modo, redundante, pero esos días han pasado: las palabras son más importantes de lo que han sido nunca.  Navegamos el mundo con palabras, y en tanto que el mundo se va deslizando dentro de Internet, necesitamos seguir, comunicar y comprender qué estamos leyendo.  La gente que no puede comprender a los demás no puede intercambiar ideas, no puede comunicarse, y los programas de traducción solo llegan hasta cierto punto.

La manera más simple de asegurarse de que criamos niños alfabetizados es enseñarles a leer, y  mostrarles que la lectura es una actividad agradable. Y eso significa, simplemente, encontrar libros que disfruten, darles acceso a esos libros y dejarles leerlos.

No creo que existan los malos libros para niños. De tanto en tanto se convierte en una moda entre los adultos el hecho de señalar a un grupo de libros para niños, un género quizás, o un autor, y declarar que son malos libros, libros que no habría que dejar leer a los niños. Lo he visto pasar una y otra vez; Enid Blynton fue calificado como un mal autor, igual que RL Stine y docenas de otros. Los cómics han sido acusados de fomentar el analfabetismo.

Es una chorrada. Es esnobismo y es una tontería. No hay malos autores para niños si los niños los leen y los buscan, porque cada niño es diferente. Pueden encontrar las historias que necesitan, y meterse en ellas. Una idea trillada y agotada puede no serlo para ellos. Es la primera vez que el niño la ha encontrado. No desaniméis a los niños cuando leen porque creáis que están leyendo el libro equivocado. La ficción que a vosotros no os gusta es una ruta hacia otros libros que quizá prefiráis. Y no todo el mundo tiene el mismo gusto que vosotros.

Los adultos bienintencionados pueden destruir fácilmente el amor por la lectura de un niño: impídale leer lo que disfruta leyendo, o dele un libro digno pero aburrido que a usted le gusta, el equivalente del siglo XXI a la literatura victoriana de perfeccionamiento. Acabará con una generación convencida de que leer no mola, y aún peor, de que es un rollo.

Necesitamos que nuestros hijos se suban a la escalera de la lectura: cualquier cosa que disfruten leyendo les hará subir, peldaño a peldaño, en la alfabetización. (Tampoco haga lo que hizo cierto autor cuando su hija de 11 años estaba enganchada a RL Stine, a saber, conseguir una copia de Carrie, de Stephen King, diciéndole que si le gustaban esos libros, este le encantaría. Holly no leyó nada más que historias seguras de colonos en praderas durante el resto de su adolescencia y todavía me lanza miradas asesinas cuando el nombre de Stephen King sale a relucir). 

Y la segunda cosa que hace la ficción es fomentar la empatía. Cuando ves la televisión o una película, estas presenciando cosas que pasan a otras personas. La prosa de ficción es algo que se construye a partir de 26 letras y un puñado de signos de puntuación, y tú y solo tú, usando tu imaginación, creas un mundo y lo pueblas y miras a través de otros ojos. Llegas a sentir cosas, visitar lugares y mundos que, de otro modo, nunca conocerías. Aprendes que cualquier otra persona es un yo, también. Estás siendo otra persona, y cuando vuelvas a tu propio mundo, habrás cambiado ligeramente.

La empatía es una herramienta para convertir a la gente en grupos, para permitirnos funcionar como algo más que individuos obsesionados con nosotros mismos.

Además, mientras lees te das cuenta de algo muy importante para hacerte tu camino en el mundo. Y es esto:

El mundo no tiene por qué ser así. Las cosas pueden ser diferentes.

Estaba en China en 2007, en la primera convención de ciencia ficción y fantasía aprobada por el partido en la historia de China. Y en un determinado punto, hice un aparte con un alto oficial y le pregunte por qué. La ciencia ficción había sido vista con malos ojos durante mucho tiempo. ¿Qué había cambiado?

Es simple, me dijo. Los chinos eran brillantes haciendo cosas si otra gente les traía los planos. Pero no innovaban y no inventaban. No imaginaban. Así que enviaron una delegación a Estados Unidos, a Apple, Microsoft, Google, y preguntaron a la gente que estaba inventando el futuro cosas sobre ellos mismos. Y se dieron cuenta de que todos ellos habían leído ciencia ficción cuando eran niños y niñas.

La ficción puede mostrarte un mundo diferente. Puede llevarte a lugares donde nunca has estado. Una vez que has visitado otros mundo, como aquellos que comieron el fruto de las hadas, nunca puedes estar completamente satisfecho con el mundo en el que has crecido. La insatisfacción es algo bueno: la gente insatisfecha puede modificar y mejorar su mundo, hacerlo mejor, hacerlo diferente.

Y ya que estamos en la materia, me gustaría decir unas palabras acerca del escapismo. Oigo ese termino lanzado como si fuera algo malo Como si la ficción "escapista" fuese un opio barato usado por gente confundida, absurda y engañada, y la única ficción valiosa, para adultos o para niños, es la ficción mimética, que refleja lo peor del mundo en el que el lector se encuentra.

Si estuvieseis atrapados en una situación imposible, en un lugar desagradable, con gente que os desea el mal, y alguien  ofreciera un escape temporal, ¿no lo tomaríais? Y la ficción escapista es solo eso: ficción que abre una puerta, muestra la luz del sol ahí fuera, te da un lugar al que ir, en el que estás al mando, con gente con la que quieres estar (y los libros son lugares reales, no os equivoquéis); y lo más importante, durante tu escapada, los libros pueden proporcionarte conocimiento sobre el mundo y tus problemas, darte armas, una armadura: cosas reales que puedes llevarte de vuelta a tu prisión. Habilidades, conocimiento y herramientas que puedes usar para escapar de verdad.

Como JRR Tolkien nos recordó, las únicas personas que vituperan la posiblidad de escapar son los carceleros.

Otra manera de destruir el amor de un niño por la lectura, por supuesto, es asegurarse de que no hay libros de ningún tipo cerca. Y no darles un lugar donde leerlos. Yo tuve suerte. Mientras crecía, tenía una librería local excelente. Y tenía el tipo de padres que podían ser convencidos de dejarme en la biblioteca de camino a su trabajo en verano, y el tipo de bibliotecarios a los que no les importa que haya un niño pequeño, sin compañía, dirigiéndose a la sección infantil cada mañana, abriéndose camino entre el catálogo, buscando libros con fantasmas, magia o cohetes, buscando vampiros, detectives, brujas o milagros. Y cuando hube acabado con la sección infantil, comencé con los libros para adultos.

Eran buenos bibliotecarios. Les gustaban los libros y les gustaba que los libros fuesen leídos. Me enseñaron cómo pedir libros de otras bibliotecas con préstamos interbibliotecarios. No eran snobs con nada de lo que leí. Simplemente parecía gustarles que hubiese un niño pequeño de ojos abiertos que adoraba leer, y me hablaban de los libros que iba leyendo, me encontraban otros de la misma serie, me ayudaban. Me trataron como otro lector - ni más ni menos-, lo que significa que me trataron con respeto. No estaba acostumbrado a ser tratado con respeto a los 8 años.

Las bibliotecas van de libertad. Libertad para leer, libertad de ideas, de comuncación. Van de educación (que no es un proceso que acaba el día que dejamos el colegio o la universidad), van sobre entretenimiento, sobre construir espacios seguros y sobre acceso a la información.

Me temo que en el siglo XXI la gente está confundida acerca de lo que las bibliotecas son y cuál es su propósito. Si entiendes una biblioteca como una estantería de libros, puede parecer anticuada en un mundo en el que la mayoría, aunque no todos, los libros impresos existen digitalmente. Pero eso es, básicamente, perder de vista lo importante.

Pienso que tiene que ver con la naturaleza de la información. La información es valiosa, y la información correcta es enormemente valiosa. Durante toda la historia de la humanidad hemos vivido en tiempos de escasez de información en los que tener la información que necesitábamos era siempre importante y siempre valía para algo. La información era algo valioso y aquellos que la tenían o podían obtenerla podían cobrar por ese servicio. 

En los últimos años hemos pasado de una economía de escasez de información a una movida por un exceso de la misma. Según Eric Schmidt, de Google, cada dos días los humanos crean la misma información que habían creado desde el amanecer de la civilización hasta 2003. Eso es más o menos cinco exobytes de datos al día, para los que llevéis la cuenta. El reto es ahora, no encontrar esa planta que escasea creciendo en el desierto, sino encontrar una planta específica creciendo en medio de la jungla. Vamos a necesitar ayuda navegando entre esa información para encontrar lo que realmente necesitamos.

Las bibliotecas son lugares a los que la gente va a por información. Los libros son solo la punta del iceberg de la información: están ahí y las bibliotecas pueden proporcionarte libros gratis y legalmente. Más niños que nunca están tomando prestados libros de las bibliotecas - libros de todo tipo: en papel, digitales y en audio. Pero las bibliotecas son también, por ejemplo, lugares donde la gente, que puede no tener ordenadores, que puede no tener conexión a Internet, puede conectarse sin pagar nada: algo extremadamente importante cuando la manera de encontrar trabajo, presentar una candidatura o pedir ayudas está pasando a ser exclusivamente online. Los bibliotecarios pueden ayudar a estas personas a navegar en ese mundo.

No creo que todos los libros estarán o deban estar en pantallas: como Douglas Adams me apuntó una vez, más de 20 años antes de que apareciese el Kindle, un libro físico es como un tiburón. Los tiburones son viejos: había tiburones en el océano antes de que existiesen los dinosaurios. Y la razón por la que todavía hay tiburones es porque son mejores en eso de ser tiburones que cualquier otra cosa.  Los libros físicos son duros, difíciles de destruir, resistentes a un baño, funcionan con luz solar, se sienten agradables en tu mano: son buenos en eso de ser libros, y siempre habrá un sitio para ellos. Su lugar está en las bibliotecas, del mismo modo que las bibliotecas ya se han convertido en lugares en los que puedes acceder a ebooks, audiolibros, DVDs y contenido en la web.

Una librería es un repositorio de información y da a todo ciudadano el mismo derecho a acceder a ella. Eso incluye información sobre la salud. Y sobre la salud mental. Es un espacio comunitario. Un lugar seguro, un lugar de calma dentro del mundo. Es un lugar con bibliotecarios en él. Cómo serán las bibliotecas del futuro es algo que deberíamos estar imaginando hoy.

La alfabetización es más importante de lo que fue nunca, en este mundo de texto y emails, un mundo de información escrita. Necesitamos leer y escribir, necesitamos ciudadanos globales que puedan leer cómodamente, comprender lo que leen, entender matices y hacerse entender.

Las bibliotecas son realmente las puertas hacia el futuro. Por lo tanto, es desafortunado que, alrededor del mundo, haya autoridades locales aprovechando la oportunidad para cerrar librarías como una manera fácil de ahorrar dinero, sin darse cuenta de que están robando del futuro para pasar el día de hoy. Están cerrando puertas que deberían abrirse.

De acuerdo con un estudio reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, Inglaterra es el "único país donde el grupo de mayor edad tiene más capacidad en alfabetización y habilidad numérica que el grupo más joven, después de que otros factores como género, trasfondo socioeconómico y tipo de trabajo sean tomados en consideración".

O, dicho de otra manera, nuestros hijos y nietos están menos alfabetizados y tienen menos habilidad matemática que nosotros. Son menos capaces de desenvolverse en el mundo, de entenderlo para resolver problemas. Pueden ser engañados y confundidos, serán menos capaces de cambiar el mundo en el que se encuentran, menos empleables. Todas esas cosas. Y como país, Inglaterra caerá por detrás de otras naciones desarrolladas porque carecerá de mano de obra cualificada.

Los libros son la manera en la que nos comunicamos con los muertos. La manera en la que aprendemos de aquellos que ya no están entre nosotros que la humanidad se ha construido a sí misma, ha progresado, haciendo el conocimiento algo gradual más bien que algo que hay que volver a aprender una y otra vez. Son historias más viejas que muchos países, historias que han sobrevivido las culturas y los edificios en los que se contaron por primera vez.

Creo que tenemos responsabilidades para con el futuro. Responsabilidades y obligaciones para con los niños, con los adultos en los que esos niños se convertirán, con el mundo en el que se encontrarán. Todos nosotros - como lectores, escritores, ciudadanos- tenemos obligaciones. Intentaré citar algunas de esas obligaciones.

Creo que tenemos la obligación de leer por placer, en privado y en público. Si leemos por placer, si otros nos ven leyendo, aprendemos, ejercitamos nuestra imaginación. Mostramos a otros que leer es algo bueno.

Tenemos la obligación de apoyar a las bibliotecas. Usarlas, animar a otros a usarlas, protestar contra su cierre. Si no valoras las bibliotecas, no valoras la información, o la cultura, o la sabiduría. Estás silenciando las voces del pasado y dañando el futuro.

Tenemos la obligación de leer en voz alta a nuestros hijos. De leerles cosas que disfruten. De leerles historias de las que ya estamos cansados. De hacer las voces, de hacerlo interesante, de no dejar de leerles solo porque han aprendido a leer. Utilizad el tiempo de leer como tiempo para crear lazos, como tiempo en el que no se miran los teléfonos, en el que las distracciones del mundo se ponen a un lado.

Tenemos la obligación de usar el lenguaje. De esforzarnos en averiguar qué significan las palabras y cómo utilizarlas, en comunicarnos claramente, en decir lo que queremos decir. No debemos intentar congelar el lenguaje, o pretender que es una cosa muerta que debe ser reverenciada, sino que debemos usarlo como algo vivo, que fluye, que toma palabras prestadas, que permite que los significados y las pronunciaciones cambien con el tiempo.

Nosotros, los escritores -y especialmente los que escribimos para niños, pero todos en general- tenemos una obligación con nuestros lectores: la obligación de escribir cosas verdaderas, especialmente cuando estamos creando historias sobre personas que no existen en lugares que nunca han sido - de entender que la verdad no es lo que pasa, sino lo que se dice sobre quienes somos.  La ficción es una mentira que dice la verdad, después de todo. Tenemos la obligación de no aburrir a nuestros lectores, de hacerles que necesiten pasar las páginas. Una de las mejores curas para un lector  reacio es una historia que no puede parar de leer. Y al tiempo que contamos a nuestros lectores cosas verdaderas y les damos armas, y armaduras, y transmitimos la sabiduría que hayamos ganado en nuestra breve estancia en este verde mundo, tenemos la obligación de no sermonear, de no empujar morales por la garganta de nuestros lectores, como pájaros adultos alimentando a sus crías; y tenemos la obligación de nunca, nunca, bajo ninguna circunstancia, escribir algo para niños que no leeríamos nosotros mismos.

Tenemos la obligación de entender y reconocer que, como escritores para niños, estamos haciendo un trabajo importante, porque si lo estropeamos y escribimos libros aburridos que alejen a los niños de la lectura, estaremos  menguando nuestro futuro y disminuyendo el suyo.

Todos nosotros -adultos y niños, escritores y lectores - tenemos la obligación de soñar despiertos. Tenemos la obligación de imaginar. Es fácil hacer como que nadie puede cambiar nada, que estamos en un mundo en el que la sociedad es enorme y el individuo menos que nada: un átomo en un muro, un grano de arroz en un arrozal. Pero la verdad es que los individuos cambian el mundo una y otra vez, los individuos construyen el futuro y lo hacen imaginando que las cosas pueden ser distintas.

Mirad a vuestro alrededor, en serio. Por un momento mirad la habitación en la que estáis. Voy a señalar algo tan obvio que solemos olvidarlo. Esto: cada cosa que podéis ver, incluyendo los muros, fue, en un momento, algo imaginado. Alguien decidió que era más fácil sentarse en una silla que en el suelo, e imaginó la silla. Alguien tuvo que imaginar una manera en la que yo pudiera hablar con vosotros en Londres, ahora mismo, sin que nos lloviese encima. Esta habitación y las cosas en ella, y todas las otras cosas en este edificio, en esta ciudad, existen porque, una y otra vez, la gente imaginó cosas.

Tenemos la obligación de hacer las cosas hermosas. No de dejar el mundo más feo de lo que lo encontramos, no de vaciar los océanos, no de dejar nuestros problemas a la próxima generación. Tenemos la obligación de limpiar tras nuestro paso y de no dejar a nuestros hijos en un mundo que, con poca previsión, hemos destrozado, menguado y lisiado.

Tenemos la obligación de decir a nuestros políticos qué queremos, de votar contra políticos o partidos que no entiendan el valor de la lectura en la creación de ciudadanos que merezcan la pena, de cualquier político o partido que no quiera actuar para preservar y proteger el conocimiento y fomentar la alfabetización. Esto no es una materia de política de partidos. Es una materia de humanidad.

A Albert Einstein le preguntaron una vez cómo podríamos hacer inteligentes a nuestros hijos. Su respuesta fue simple y sabia. "Si queréis que vuestros hijos sean inteligentes,"dijo, "leedles cuentos de hadas. Si queréis que sean más inteligentes, leedles más cuentos de hadas." Entendió el valor de la lectura y de la imaginación. Espero que podamos dar a nuestros hijos un mundo en el que lean y en el que les lean, e imaginen, y entiendan.

***


¿Qué os ha parecido? ¿Emocionante? Yo cuando lo he leído se me han escapado lagrimillas y todo... Claro, con esta traducción churra es más difícil que eso ocurra, pero bueno... :P

¡Muá!

Defectos.

¿Saben? Es lindo tener a alguien que te quiera.
A alguien que sepa ver más allá de los defectos.
No a alguien que nos vea perfectos, no.
Más bien alguien que nos ame, tal que así,
con aciertos, con errores, con luces y sombras.

¿Y saben qué es lo mejor?
Cómo esos defectos que aborrecemos
se vuelven hermosos al toque del amor.
Cuando las rarezas se vuelven originalidad;
cuando los pelos revueltos de la mañana
son un signo de naturalidad;
cuando esa mancha de nacimiento,
o ese lunar, o esa cicatriz
son marcas con las que él o ella nos reconoce,
rincones de nuestra piel que besa;
cuando esas costumbres irritantes son,
a sus ojos, simpáticas manías;
cuando esa incapacidad de levantarte de la cama
él, o ella, la convierte en una excusa para adorarte;
cuando hasta ese nombre que odiamos
en su voz suena a poema...

Entonces nos sentimos más hermosos
y por un instante, en un arrebato,
casi creemos que no necesitamos cambiar nada.

Sé que uno mismo debe quererse,
pero es difícil ser profeta en la propia tierra,
más aún en la propia alma y el propio cuerpo.
A veces somos demasiado malvados con nosotros mismos,
y miopes, impertinentes, insensibles.
Por eso ayuda que otra alma, otros ojos, otra voz
nos valoren, nos vean, nos describan
y nos digan que somos maravillosos,
repitiéndolo hasta el desaliento
porque la persona a la que pertenecen
apostaría la vida por esa verdad.

Aunque, eso sí, nunca logren convencernos del todo.





A esa persona que consigue que todos mis defectos parezcan entrañables. Y que casi consigue que me lo crea. 

Te quiero. 


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