miércoles, 28 de diciembre de 2016

Hago balance...

Finales de 2016. A lo mejor toca seguir con la costumbre y hacer balance. Este año va a ser un poco distinto. Sabéis que todos los años repaso un poco el post del año anterior y añado los papelitos de buenos momentos que he vivido durante ese año. Pues bien, este año prefiero no mira el post del año pasado. No recuerdo qué había, pero prefiero no mirarlo. Y no voy a poner -de momento- los buenos momentos de este 2016: no por nada, simplemente porque me he dejado mi tarro de buenos momentos en Córdoba. También he de decir que ese bote sería un testigo poco fiel de mis buenos momentos en los últimos cuatro o cinco meses, porque prácticamente no he metido nada dentro: estaba muy ocupada pasándomelo bien como para ir tomando notas. 

Pero sí voy a recapitular, así, fiándome de mi memoria, unos cuantos buenos momentos. Porque tengo la convicción de que 2016, a pesar de ser par, ha sido un buen año. No perfecto, sé que eso no existe, pero sí un buen año en el que he aprendido muchísimo sobre mí misma. Sigo aprendiendo. 

Lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en 2016 es que conseguí la que había sido mi meta en los últimos años, por no decir durante mi vida entera: gané la plaza, conseguí superarme a mí misma y quedar entre los mejores de mi tribunal. Sigo estando orgullosa de mí misma por ello: sin academia, sin ayuda, mientras trabajaba, pero lo conseguí. Cuando digo sin ayuda, claro, me refiero a ayuda académica, porque sí he tenido ayuda. Ha habido mucha gente que me ha animado (mayoritariamente personicas de aquí, del Interné), y he tenido la ayuda inestimable de una persona que ya no está en mi vida. Es de bien nacidos ser agradecido, y yo procuro serlo en la medida de mis posibilidades. 

Las oposiciones me llevaron a Córdoba, una ciudad con la que empecé con muy mal pie, pero que ha ido enamorándome sin remedio. Supongo que porque la Bettie que hoy habita allí es algo distinta a la que pisó la ciudad por primera vez.  Así, de una tacada, pasé de vivir en un pueblecito a vivir en una capital de provincia preciosa. Todavía no se me pasa el síndrome de Stendhal. Todavía sigo sonriendo  y muriéndome de amor cuando paseo por sus calles. Y espero que por mucho tiempo. 






Y Córdoba (e Internet, de nuevo) me llevaron a conocer a alguien maravilloso, a quien ha sido mi Cicerone durante estos meses, mi amigo, mi compañero en esta aventura que ha sido aterrizar en una ciudad nueva y cambiar totalmente de vida. Bueno, eso y mucho más. Sin él la historia habría sido tan distinta... Y, gracias a él, he conocido a más personas geniales, muchas de las cuales ya tienen un huequito especial en mi corazón, aunque yo no sea muy de manifestarlo. Yo, que nunca he sido una persona sociable. No me reconozco. 

Esa es otra: no me reconozco. Siempre me he tenido por una persona arisca, seria, poco divertida, poco cariñosa...¡Y de repente me he convertido en la alegría de la huerta! Bueno, tampoco nos pasemos. Pero noto que mi carácter ha cambiado. Será porque, en ambientes adversos, alguien tiene que poner la nota de alegría. Y creo que he asumido el papel. Me sorprende. 

No puedo dejar de hablar en este post de uno de los descubrimientos del año: ¡los juegos de mesa! A ver, que esto era una frustración mía, desde siempre, porque mi hermano nunca quería jugar conmigo. Encontrarme, ahora, con gente que disfruta con los juegos de mesa es una suerte. Y descubrir juegos que nunca había imaginado, también. De hecho, ya me han regalado mi primer juego y yo me he comprado mi primer juego también. Además, como tengo una suerte de principante alucinante, he ganado alguna que otra partida así, sin saber muy bien cómo xD (Épica victoria en "La vuelta al mundo en 80 días", finalizando en 68 xD, y disfruté muchísimo jugando al "Pandemic Iberia" -porque me sentí súper útil xD-)


En cuanto a música, también ha sido un buen año. Vi a Ismael Serrano dos veces: una en Valencia y otra en Córdoba. Y descubrí -me descubrieron- a Quique González, que se ha convertido en parte de la banda sonora de mi día a día. A ver si hay suerte y este año lo puedo ver en concierto. Sería genial. 



Tuve un buen verano. La felicidad de las oposiciones me mantuvo ahí, arriba, arriba. Descubrí rincones bonitos en buena compañía, llené mis días de poesía, disfruté con mis amigas. La verdad es que, sin hacer nada espectacular, ha estado muy bien.

He vencido algunos monstruos. Conseguí irme a Valencia en coche varias veces, con el miedo que me daba, y meterme en el tráfico de la ciudad. Pero no solo eso: el 15 de agosto, a falta de billetes de tren, me fui en coche a Córdoba, porque tenía que buscar piso, fui con él al cine y, evidentemente, volví a casa (metiéndome por el centro de Córdoba xD). Fue el viaje más largo que había hecho hasta el momento y ya lo he repetido dos veces más, con ida y vuelta. Todavía me falta seguridad en mí misma, pero poco a poco. 

También ha habido algunos fracasos. El del NaNoWriMo, el primero. Escribí algo, sí, pero abandoné rápido. Y también ha habido finales, aunque un punto y final no es un fracaso cuando se entiende que hay que terminar una historia y se reúne el valor suficiente. 

Vaya, que, en términos generales, no ha estado mal. De hecho, ha estado bastante bien.

Venga, 2017, no te digo que me lo superes... ¡Iguálamelo!





PD: Si llego a Córdoba y saco tiempo, os pongo los papelitos, va :)


lunes, 26 de diciembre de 2016

Reflejos.

Hace unos meses me regalaron un espejo. Siempre me han puesto nerviosa, por eso en mi casa no había más espejos que el del cuarto de baño. Pero ese espejo era precioso, así que lo agradecí sinceramente y me lo llevé a casa. 

Me costó encontrar un sitio en el que ponerlo o, más bien, me costó encontrar el valor necesario para colgarlo. Decidí ponerlo en el pasillo: un punto de paso en el que no solía detenerme y por el que pasaba sin mirar. Lo coloqué intentando evitar reflejarme en él y no volví a dedicarle siquiera un pensamiento hasta unos días más tarde. 

Salía con prisa. Unos amigos me habían avisado de que estaban por el barrio y me preguntaron si me apetecía tomar algo con ellos. Cuando ya casi llegaba a la puerta me asaltó un extraño ataque de vanidad, así que decidí volver a comprobar que mi aspecto era aceptable. Y así fue como empezó todo. No quise caminar hasta el cuarto de baño y me miré, por primera vez, en aquel espejo. Me vi maravillosa, casi perfecta: el rizo, como dibujado, que se descolgaba por mi frente, los labios rojos, como recién besados, los ojos brillantes, la sonrisa amplia, la piel luminosa. Me detuve unos instantes a mirar mi reflejo y salí.

A partir de ese momento, aquel gesto se convirtió en un ritual. Cada vez que salía de casa pasaba unos instantes admirándome en la superficie pulida de aquel espejo, descubriéndome hermosa como nunca antes me había creído.

Mis amigos me miraban, preocupados. Preguntaban si me encontraba bien, si estaba comiendo suficiente, si me estaba cuidando. Yo no entendía estas preguntas, ¡si estaba más guapa que nunca! ¡Nunca me había sentido mejor! Así que respondía que sí y cambiaba de tema.

Pasadas las semanas, un día, de repente, la gente dejó de reparar en mí. ¿Cómo era posible? No fui consciente de lo que ocurría hasta que entré en el ascensor del trabajo: no había nadie ahí. Sí, yo estaba frente al espejo, pero no había reflejo alguno. Volví corriendo a casa y me miré en mi espejo. Allí estaba, preciosa, perfecta, la mejor versión de mí misma. Pero, al parecer, solo allí.


domingo, 25 de diciembre de 2016

Bailar sin música.

A querer también se aprende. Os lo digo yo que, aunque siento que el amor me va a hacer estallar porque no puedo contenerlo, me siento tremendamente torpe. Y sí, a querer también se habitúa uno. Poco a poco, sin que nos demos cuenta, vamos aprendiendo a interpretar los gestos de esa persona, sus palabras, sus silencios... Señales imperceptibles para casi cualquiera pero que, para nosotros, están llenas de significado. "Le tiembla el labio, está triste". "Me mira mucho, necesita un abrazo". "Aparta la mirada, algo le preocupa". El siguiente paso es saber qué medicina requiere cada dolencia. Hay gente que, cuando está triste, solo necesita que le hagan compañía. Otras personas, en la misma circunstancia, prefieren que las saquen de casa y que les hagan olvidar. A otras les vale con una caricia o con que les cojas la mano. Sí, querer es todo un arte y requiere maestría. Y eso, claro, lleva tiempo. 

Pero ese arte, cuando se ejercita durante mucho tiempo con la misma persona, se torna hábito. No utilizo la palabra con ningún sentido peyorativo. Lo que quiero decir es que la reacción a esas señales se graban a fuego, se vuelven casi instintivas. Y, como cualquier hábito, estas reacciones son difíciles de cambiar y requieren mucho tiempo.

Tiempo, sí. Supongo que necesitaba tiempo. Me lo dijo una amiga que suele tener razón: "Tienes que aprender a quererte tú misma antes de pensar en que te quieran o en querer a otros". Sí, puede ser que esta vez también tuviese razón, que necesitase tiempo para aprender a quererme y para desaprender cómo le quería, pero yo no soy lo suficientemente temeraria como para dejar pasar la oportunidad de tomar algo que quiero. Ya se sabe: hay trenes que nunca vuelven y los "y si" son unos compañeros crueles. 

Así que aquí ando, pegándome de bruces contra mis hábitos, mordiéndome la lengua y aguantándome los gestos que me eran tan familiares, intentando aprender a querer de nuevo. Y, más difícil todavía, asumiendo que no soy la única que tiene que aprender, que él también está intentando encontrar significado a mis gestos, mis palabras y mis señales y buscando la respuesta adecuada. Recordándome que estamos aprendiendo a bailar al mismo ritmo sin música. 





PD: Si ya nos sincronizamos para beber al mismo tiempo en el cine, no debe ser tan difícil, ¿no?

viernes, 16 de diciembre de 2016

Libro: La Carne, de Rosa Montero.


Lo mío con este libro fue amor a primera vista: en cuanto leí en Instagram un párrafo (culpa de Julia), me enamoré. Por si acaso no había tenido suficiente, Julia me pasó un fragmento más por privado en Twitter y decidí que tenía que comprármelo. Vamos, dicho y hecho: lo encargué la semana pasada, lo recogí el martes de esta semana y anoche lo acabé. Hacía tiempo que no leía con tanta ansia. Vamos a por la reseña.

¿De qué va el libro? 

Soledad es una sexagenaria que contrata un gigoló para dar celos a un antiguo amante. La relación que iba a consistir, únicamente, en un intercambio comercial, se complica cuando se ven envueltos en un atraco. Pero bueno, en realidad todo esto no importa demasiado, y a continuación os cuento por qué. 

Hablando del libro...

A ver, no es que el hilo argumental dé igual, es que a mí me ha dado absolutamente igual. Podría haber sido una historia completamente diferente, me habría dado lo mismo. Se supone que la novela es un thriller, pero vamos, que si la compráis por la intriga y la emoción, os vais a llevar un chasco, porque como historia, como narración, me parece bastante meh. Vamos, ni meh. Si quitamos todo lo bueno que tiene el libro y dejamos la narración de la intriga, a mí me deja fría. Vamos, que no. 

Peeeeeero, y el pero es importante, La carne no es solo un thriller, y para mí, no es principalmente un thriller. ¿Qué diría yo que es? Un ensayo novelado o algo así. ¿Qué vale la pena de este libro? Los pensamientos de Soledad. Sus pensamientos y el análisis que hace de sus recuerdos. Eso sí es oro. O, al menos, a mí me lo ha parecido. Tengo el libro lleno de pegatinitas y marcadores, pero no en relación a la trama, nunca en relación a la trama, sino siempre marcando algún pensamiento de Soledad. 



No he leído demasiado de Rosa Montero, pero lo cierto es que en lo que he leído, cuando se pone a reflexionar te arrastra con ella y es maravilloso. Hay un montón de fragmentos que me han gustado y, aunque pueda parecer raro, he entendido mucho a Soledad y me he sentido muy identificada con ella en algunos momentos. En otros no tanto, o nada, pero no ha dejado de parecerme muy interesante lo que pensaba. 

Y, como guinda, las reflexiones sobre "escritores malditos" que hace la protagonista. Geniales, curiosas. Dan ganas de seguir investigando y averiguando cosas sobre ellos. 

En resumen, ¿lo recomiendo? Pues depende. Como thriller o novela al uso, no. Pero como pretexto para darle un par de vueltas al coco sobre el amor, el sexo, la locura, eso de envejecer, las obsesiones, la literatura o el hecho de ser uno de los malditos, pues sí. También es cierto, no lo niego, que a lo mejor ha llegado a mi vida en el momento correcto. No lo sé. 

Y ya está.  Para lo mucho que he disfrutado la lectura, como que tengo poco que decir, ¿no?

Os dejo un trocito...

Entonces, ¿en eso consistía querer de veras a un hombre? ¿En una condena a la locura, como Dolores, en un tenaz ejercicio de autodestrucción, como Lejárraga?

En resumen, este libro... 


Ahora continuaré con la lectura de Frankenstein, que lo dejé en pausa. Ya os iré contando :)

¿Alguien ha leído La carne? ¿Qué os ha parecido?

lunes, 12 de diciembre de 2016

I

Soy fan de eso que siento cuando me abrazas. Sí, del vello que se eriza en mi espalda cuando me aprietas contra tu pecho. Sí, de tu barbilla sobre mi cabeza. Sí, soy fan de eso que siento cuando me quieres de cerca. 

Por eso te busco por los rincones: busco tu olor en las sábanas, tus notas en la nevera, el silencio que dejas. Y me sonrío en tu vacío, porque sé que estuviste. Y que volverás. 

Me gusta llorar entre tus brazos, así en silencio y sin que te des cuenta 一o mientras haces como que no te das cuenta一, soltando la tristeza poco a poco, descargando los miedos sobre tu hombro. Y lo siento, pero me gusta sentir cómo te preocupas, cómo enredas los dedos en mis rizos y deseas, sin decir nada, saber qué hacer para arrancarme la pena de una vez por todas. 

Sí, soy fan de ti, y de todo eso que haces para conseguir que me disuelva en aire, que me deshaga en suspiros. 


domingo, 11 de diciembre de 2016

Actualización de estado: 3 meses y pico en Córdoba.

Hoy quería actualizar y, al parecer, la gente en Twitter ha votado por un podcast. Ha quedado un churro, pero bueno, ahí estoy yo, lastimosa y dominguera, contándoos cómo me va por estos lares sin demasiado orden ni concierto. En fin, espero que no sufráis demasiado escuchándome :P 






¡Mil besos! 


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