viernes, 31 de marzo de 2017

Me han dicho que soy poesía.

Va por ti, A. Spinelli :)



Sí, el otro día me dijeron que era poesía pura. Y también me han dicho que cuando escribo soy más yo que nunca. Debo estar de enhorabuena, porque de un tiempo a esta parte la poesía me da como el hipo (le robo esto a Gloria Fuertes, porque me encantó la manera de expresarlo), no puedo pararla. Tanto es así que esta mañana me he ido a trabajar de mala leche porque tenía unos versos revoloteando en la cabeza y, con la prisa, no me he podido parar a escribirlos. 

Estoy escribiendo mucho. En parte por mi precioso cuaderno de Muerte. En parte, también, por mi querida Lamy AL-Star, de la que no me separo. Y en parte porque tengo el alma inquieta, como el mar, que hasta cuando parece tranquilo está agitado. Y hay que sacar todo ese movimiento de alguna manera. 

Y del mar va la cosa, porque vengo a traeros un poema (porque soy insoportable y pedante, qué le vamos a hacer) que escribí mirando al mar. No sé si os lo conté, creo que por aquí no, pero me fui a Fuengirola a pasar el puente de Andalucía y allí me reencontré con mi viejo amigo, el Mediterráneo. Por supuesto, cargué con mi cuaderno y mi pluma y allí, sentada en la playa, escribí. Y desde la terraza del apartamento, mientras el sol se reflejaba en el agua, escribí. Hasta desde la terraza del MacDonald's del paseo marítimo escribí. 

Este poema es uno de los que escribí durante esos días. No sé por qué, estoy bastante orgullosa de él, y ya sabéis que eso, en mí, es tela de raro. 

Os lo dejo aquí. 



La brisa mecía tu pelo
al despuntar la mañana.
Te rezaban, devotas, las olas.
Y tú querías ser de agua.

La espuma besaba tu rostro
y el mar me susurraba
tu nombre en una caracola.
Y tú querías ser de agua.

En la playa probé tus labios
de salitre, algas y nácar.
Me amaste como aman las mareas.
Y tú querías ser de agua.

Te musité palabras de amor
-testigo la luna clara-
pero no pude hacerte mía.
¡Tú querías ser de agua!




Echo de menos el mar. Y Fuengirola. Y aquellos días. 

Me quedan los recuerdos. Y los poemas. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Pros y contras.

Seguro que lo habéis visto alguna vez en alguna película o serie: a la hora de tomar una decisión se hace una lista con los pros y los contras y se toma la decisión en virtud de si los pros superan a los contras o a la inversa. Pues os voy a dar una exclusiva de mierda:

ESE

MÉTODO

NO

FUNCIONA. 

No, no funciona, porque si se trata de una cantidad numérica de pros y contras, es ilógico: una operación que te salve la vida, si nos ponemos estrictos, tiene un pro: te salva la vida. Pero a lo mejor tiene muchos contras pequeñitos. No es la cantidad, si no la cualidad del pro o del contra lo determinante, supongo. O una mezcla de los dos. 

Pero si entramos en consideraciones cualitativas, la hemos cagado. Porque a veces un contra puede tener una importancia pequeñita, irrelevante casi, entre muchos pros. "No, solo tiene este pequeño defecto, pero es que es tan maravilloso en todo lo demás...". Puede ser un contra molesto, pero hay otros muchos buenos y superan, tanto numéricamente como cualitativamente a ese contra. 

Ocurre, sin embargo, que la importancia que damos a los pros y a los contras no siempre es la misma. Puede llegar a darse el caso de que ese contra irrelevante cobre una importancia inusitada en poco tiempo, de modo que incluso habiendo más pros que contras la balanza se incline del lado contrario. Pero a lo mejor, cuando llega ese momento, ya es demasiado tarde o, al menos, ha pasado más tiempo del que nos habría gustado. 

Yo me he hartado de hacer listas de pros y contras a lo largo de mi vida y nunca, en ningún caso, me han servido de ayuda. Mis decisiones han sido tomadas, después de darle muchas vueltas a todo (muchísimas), con un "hasta aquí". Con frecuencia, en contra de la opción con más pros. Así me va. Pero es que cuando he hecho caso a "solo tiene un contra" o "es un contra muy pequeño", he acabado metiendo la pata hasta el fondo. Así que hace algún tiempo tomé una decisión firme: no voy a obviar más contras, no voy a hacer la vista gorda con ninguno. Y, desde luego, no voy a dejar pasar ninguno de los que he aprendido que son importantes, irrenunciables. Puede que peque de intransigente, no sé, pero es que resulta que en la vida no hay tiempo para ensayos y yo ya no tengo el cuerpo, ni el alma, ni el ánimo, para vivir a medio gas. 

O yo qué sé. 


lunes, 27 de marzo de 2017

Mi sindromecito de Stendhal.

Yo lo sabía. Yo sabía que Córdoba me iba a curar todos los males. Y así es. Ya puedo sentirme fatal, que si tengo la oportunidad de salir y callejear por Córdoba, el alma me pesa menos. Lo malo es que no siempre tengo tiempo...

Pero hoy lo he sacado. Lo necesitaba. Y no me he podido aguantar. Me pasa mucho. A veces tengo que hacer una parada y escribir. 

Os dejo un trocito de esta ciudad que me ha robado el corazón vista a través de mi pluma, aunque el homenaje no le haga justicia. 


Ya veo el puente romano.
¿Me esperas, Córdoba sultana?
Despunta el amanecer
y el sol te lava la cara.

El Guadalquivir susurra
su amor con palabras de agua
y furtivo te acaricia:
"¿Me quieres, Córdoba gitana?"

Arrebolados los versos
se agolpan en mi garganta.
Ya pisan mis pies tu suelo.
Te extrañé, Córdoba amada. 


viernes, 24 de marzo de 2017

El arroz, parte 2.

Hace casi tres años escribí un post en este blog para recordar una fecha especial: el primer día que me dijeron que se me iba a pasar el arroz. Pues bien, hoy, casi tres años después, vengo aquí a hablar, no de lo mismo, pero sí de algo parecido: de mis ganas, posibilidades y expectativas de ser madre. 

No soy una persona excesivamente lanzada hacia los niños, creo. No me encantan. No corro hacia ellos como una loca. Eso no quita, sin embargo, que tenga muchas ganas de ser madre. Bueno, a lo mejor muchas no es la palabra adecuada, pero sí entra en mis planes, sí me gustaría. Hubo una época de mi vida en la que no quería tener hijos, pero pasó rápidamente. Ahora sí quiero. 

Cuando rompí mi última relación, algunas personas se permitieron meter el dedo en la llaga, señalándome que ahora sí que tenía difícil lo de tener hijos. A estas personas les contesté, además sin despeinarme ni pensarlo siquiera, que, por suerte, una mujer con dinero no necesita a un hombre para ser madre. Lo pensaba de verdad. Incluso me había marcado un plazo. Y, tengo que ser sincera, pensaba que esa era la opción más factible: no confiaba en entablar una relación lo suficientemente firme como para decidirme a tener hijos con nadie en el periodo de tiempo que me había marcado. Así que sí, me había propuesto, seriamente, ser madre soltera. 

No es que yo fuese una incauta, sabía que algo así debía de ser complicadísimo, pero confiaba en poder hacerlo. Creía que merecería la pena y que, a pesar de todas las dificultades, iba a poder hacerlo bien. Hoy... Ya no lo tengo tan claro. 

Bueno, sí, lo tengo claro. Hoy creo que sería imposible para mí ser madre soltera y estar medio cerca de sentirme satisfecha con mi desempeño como madre. Pero tampoco creo que lo hiciese bien con compañía. En los últimos tiempos he trabado relaciones más o menos estrechas con madres trabajadoras y veo cómo van por la vida, y yo me siento incapaz de conjugar mi vida laboral ahora mismo con el cuidado de un niño.  Y sí, quizá este año está siendo especialmente intenso, pero no creo que las cosas vayan a cambiar tanto como para que mi opinión cambie. Y, por supuesto, dejar de trabajar no es una opción. 

Así que, de un tiempo a esta parte, pienso mucho en la maternidad y lo hago, sobre todo, para irme haciendo a la idea de que no va a poder ser. Sí, ya sé, aún me queda tiempo, en un par de años las cosas pueden cambiar una barbaridad, etcétera, etcétera. Pero no sé si tanto. 

Supongo que esto me convierte en otra de esas mujeres "egoístas" que ponen por delante su interés personal, que renuncian a tener hijos para tener una vida "cómoda". Eso también me hace gracia. El hecho de que no querer tener hijos no sea una opción válida, como si la procreación fuese un deber inexcusable. Pues no, no lo es. Tenemos derecho a elegir qué hacemos con nuestra vida, simplemente. Pero, sobre todo, tenemos derecho a escoger en una sociedad en la que, en muchos sentidos, la maternidad (la faceta "privada", familiar) y la vida pública (el trabajo, entre otras cuestiones) parecen ser incompatibles en muchos casos. Y si tenemos derecho a elegir, nadie puede culparnos por tomar una decisión o la contraria.

Así que, sí, mucho tienen que cambiar las cosas para que me decida a realizar ese ideal de ser madre que he tenido de un tiempo a esta parte (y dudo que vayan a cambiar tanto). Pero si tengo que elegir, prefiero elegirme. Prefiero avanzar, disfrutar de todo aquello que he conseguido con mi esfuerzo, intentar ser feliz de otra manera (aunque probablemente yo sí note siempre que me quedó algo por hacer). Prefiero eso que mirar un día a una criatura con resentimiento y culparla, injustamente, de lo que no pude hacer, de lo que no pudo ser. O sentir que lo hice todo mal: ser madre, ser mujer, ser trabajadora, ser persona. 

Supongo que habrá quien crea que soy inmadura, infantil, floja o a saber. Puede. Sé que otras mujeres pueden. Yo no sé si puedo llevarlo todo adelante, pero lo dudo. Y se trata de algo lo bastante importante como para no hacerlo con dudas. 

Acabo ya, sin más. Solo quiero decir que admiro profundamente a todas las madres, pero a aquellas que trabajan y crían y cuidan y educan, más aún. No me explico de dónde sacan el tiempo, ni las fuerzas. 

martes, 21 de marzo de 2017

La Bella y la Bestia (2017) y un anuncio.

El domingo estuve en el cine y fui a ver La Bella y la Bestia. Me lo merecía, después de las dos semanas que llevaba y la que me esperaba (la que estoy teniendo). Además, quería verla en VOSE, y me temía que no aguantaría mucho en cartelera. Total, que el domingo, en la sesión matinal, allí estaba yo, bien provista de pañuelos, que sabía lo que iba a pasar. 



Os pongo en antecedentes: La Bella y la Bestia es mi película favorita de la infancia. Es, de hecho, la primera película de la que tengo recuerdo. Me la alquiló mi madre en una librería-papelería-videoclub que había en mi pueblo, la vi y me encantó. Y al fin de semana siguiente pedí que me la alquilase. Y al siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Hasta que mi madre se plantó y dijo que ya estaba bien de alquilar la misma película todos los santos fines de semana. Tanto me gustaba.

Siempre me he identificado con Bella: una letraherida, rara, solitaria, incomprendida... Pero yo, encima, fea. Y esta tarde, en un momento de evasión (mi cuerpo estaba en el trabajo, mi mente ya no aguantaba más allí) he acabado pensando que siempre he tenido debilidad por las bestias, ya sea en un sentido o el otro, pero en fin, que ni caso, que estoy un poco ida. Además, al final, la rara encontraba a alguien que la entendía, la belleza estaba en el interior, los desahuciados encontraban su sitio y bla-bla-bla. Me encantaba. Hasta en mi época de odio a los finales felices seguí respetando ese final.

Así que, eso, que era mi película favorita y tenía mucho miedo de que la rompiesen, pero iba con cierta confianza de que eso no iba a ocurrir. Y creo que no ha ocurrido. Creo, incluso, que la han mejorado en algún aspecto (aunque me ha sobrado alguna canción, pero bueeeeno). Pero como yo de cine no entiendo un carajo, solo os diré que me pasé la película llorando, y que me vino bien, porque telita qué días llevaba. Me emocioné un montón, me gustó mucho, y aún lloré a la salida, recordando la película. 

Me gustó volver a la infancia ahora que la veo tan lejos, ahora que me siento empujada hacia adelante y que siento que tengo tan poco tiempo para mí, para hacer lo que quiero. En fin, que os la recomiendo, es una buena película con la que pasar el rato, visualmente me pareció una maravilla y, bueno, no voy a decir nada más porque no puedo ser objetiva.



En otro orden de cosas, ayer en el post dije que tenía que hacer un anuncio triste. Quería dedicar un post, pero para que la gente no se me alarme, lo pongo aquí, en breve, y ya está. Hace algo más de un año anuncié aquí que iba a publicar una novela con la editorial 2deLetras. Muchos os alegrasteis por mí y os habéis interesado por el proyecto durante este tiempo. Algunos, los maś cercanos, habéis estado algo más enterados, pero la mayoría no, porque no me resulta fácil hablar del tema. Por circunstancias tristísimas, mi proyecto no pudo salir adelante. Estuvimos trabajando en él (no puedo dejar de agradecer a Verónica y a Diana su implicación y, especialmente a Diana, su paciencia y buen hacer), pero cuando la partida de una de las almas de la editorial truncó, entre otros, este proyecto. La cosa es que ayer me remitieron los documentos diciendo que, ya que no se pudo cumplir el contrato, me devuelven los derechos de mi obra. Así que nada, un sueño que se me murió en los brazos. Ya decía yo que era demasiado bonito para ser verdad...

Y sí, ya sé que puedo intentarlo de nuevo, pero no será con esa novela. Para mí está impregnada de muchas cosas negativas. Así que nada: de momento no voy a ser escritora.

(Y si las cosas siguen así, ni de momento ni nunca... >_<)

En fin, eso es todo. Voy a dejarme caer sobre la cama.

¿Me dais abrazos, porfi? Hoy me hacen falta.


lunes, 20 de marzo de 2017

Libro: Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero.


¡Wooooooo! ¡Una reseña! ¡Ueeeee! 

Bueno, no os emocionéis mucho, que estoy medio dormida y esto va a ser, con toda seguridad, una basura. Pero hoy necesito hacer algo por gusto, y ya ayer me quedé con ganas de escribir en el blog (y eso que el post de ayer iba a ser bien ñoño y bonito, de esos que os gustan...), así que, allá voy. 

¿De qué va el libro? 

Historia del Rey Transparente es, en realidad, la historia de Leola, una mujer campesina −más bien una niña al inicio de la novela− que, por avatares de la vida, acaba convirtiéndose en caballero y en muchas más cosas en un medievo en el que, ni qué decir tiene, su sitio era otro bien distinto. 

Hablando del libro...

Adoro a Rosa Montero. Ya puedo decirlo. No he leído todo lo que ha escrito, pero la adoro. Si no hay que idolatrar a una mujer que inicia un libro así, A VER QUÉ. 


En serio, genial. En cuanto empecé el libro y me encontré con eso, me enganché. Me encantan los personajes femeninos de Rosa, esas mujeres fuertes y humanas (incluso cuando no lo son), verdaderas heroínas (incluso cuando no lo son). Sin embargo, aunque no me hubiese quedado prendada del libro en ese mismo momento, no habría tardado mucho en hacerlo, pues la novela es muy entretenida, llena de acción, aventuras, idas y venidas. La verdad es que, para lo poco y mal que estoy leyendo últimamente, he leído Historia del Rey Transparente con avidez y ganas y lo he disfrutado tanto como el agotamiento me ha dejado.

De nuevo me ha pasado con este libro, como con algún otro libro de Rosa Montero, que lo importante no es el destino, sino el camino. No esperéis un final epatante, la mayor parte de las vidas no lo tienen. Se trata simplemente de la historia de una mujer con unas vivencias extraordinarias, que no es poco. ¿Lo mejor del libro? A parte de la ambientación, las subtramas y demás, lo que más me ha gustado es la manera en la que se retrata el crecimiento de Leola. Se hace de una manera tan natural que no somos realmente conscientes de su evolución, o yo al menos no lo he sido, hasta que no vuelve a encontrase con su pasado. Me ha gustado mucho, muchísimo. Y lo mismo digo de ese toque de magia que no sabemos hasta qué punto es real. Yo quiero creer que lo es. Hoy necesito creer en la magia.

En fin, que un libro muy recomendable, con sustancia, pero al mismo tiempo ameno. ¡A leerlo!

Os dejo un trocito...

Y también dice Plinio: "Dios significa para un mortal ayudar a otro mortal, y ése es el camino para la gloria eterna". Y este Dios me gusta, le comprendo. Es mejor que el Dios del santo Job, como decía la Duquesa el otro día. Todos estos libros, lo noto, me están cambiando por dentro. Yo no podía imaginarme que esto de leer era como vivir. 

En resumen, este libro...

Ahora voy a empezar, si el agotamiento me lo permite, Tan poca vida, que me lo recomendó mi querida profe. A ver si puedo leer algo antes de caer rendida.

¡Muá!




PD: Os echo de menos, y echo de menos esto, y me pongo muy triste :(
PD2: Tengo un anuncio triste que hacer, bueno, al menos para mí es triste, creo que para el bien del universo es una gran noticia, pero hoy ya no tengo fuerzas. Ya encontraré el momento.
PD3: El domingo fui a ver La Bella y la Bestia, y quiero fangirlear mucho, pero no tengo tiempo, y sufro.
PD4: Me encantaba tener un blog :(

jueves, 16 de marzo de 2017

Perdona.

Soy fuerte, casi invencible. No hay nada que me asuste más de un instante. Nada me lastra. No me cuesta pasar página. No me arrepiento de nada: estoy segura de que lo he hecho todo bien. No me importa lo que esperen de mí, no me importa lo que piensen de mí, no me importa decepcionar. Lo estoy llevando bien. Todo. Estoy contenta con lo que soy. Estoy feliz de ser como soy. Sé que soy suficiente. Más que suficiente. No estoy triste. No lloro. No me duele. 

Perdona, esto no iba aquí: cambio tanto de máscara a lo largo del día que me he confundido. 

lunes, 13 de marzo de 2017

El cepillo de dientes.



Puede parecer un artefacto inocente: solo un cepillo de dientes. Un utensilio cotidiano, al que no se presta importancia. Permanece ahí, a la espera, en su vaso, hasta que se le requiere. Y, sin embargo, ¡qué hueco tan grande deja un cepillo de dientes que falta! ¡Cuánto duele apartar uno cuando sobra! ¡Cuántas promesas encierra un cepillo de dientes olvidado tras un fin de semana! 

Siempre he pensado que el cepillo de dientes es el mejor ejemplo de lo inmensas que pueden ser las cosas pequeñas.



jueves, 2 de marzo de 2017

Yo ya.

En un Parlamento, en concreto en el europeo, se pueden decir muchas cosas. Pero yo no pensaba que escucharía algo como esto:



Pero no me sorprende tanto el discurso (hay más indeseables en el mundo de los que tocan, lo creo firmemente) sino la reacción. Este vídeo está cortado, pero tras la intervención del eurodiputado de marras, apenas un murmullo. La moderadora le da las gracias y cede la palabra a la siguiente persona en intervenir. Y ya está. No se le corta el micrófono, no se le censura desde la cámara, no nada. No, al menos, que yo sepa. 

Pregunto...Si en lugar de utilizar ese discurso para defender la brecha salarial entre hombres y mujeres lo hubiese hecho entre negros y blancos, ¿la reacción habría sido la misma? 

Bah, qué más da. Solo habla de mujeres. Qué quejicas somos, de verdad. 

No todo puede decirse en según qué contextos. No todas las opiniones son válidas, no todas son respetables. Y si nos saltamos los Derechos Humanos así, a la torera, pues yo, ya. 
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