martes, 22 de agosto de 2017

Historias imaginadas.

Todos somos muchas historias.
Una, la que contamos.
El resto, las que leen los demás.
Para eso, claro, hay que dejar
que nos lean,
descorrer las cortinas y dejarnos ver
desnudos, indefensos,
permitir que la lluvia
nos borre el maquillaje
y temblar ante ellos.

Pero no...
Preferimos dejar que imaginen,
que completen los huecos de nuestra historia,
que confíen primero y que,
cuando desconfíen,
la curiosidad haya desaparecido,
que se marchen en silencio,
empujándonos al olvido,
porque si se quedan...

Si se quedan descubrirán nuestras heridas,
las manías,
los esqueletos del armario,
la tapa del váter levantada,
los ronquidos,
el vicio del tabaco,
la irritante costumbre de decir la última palabra
o de mirar el móvil después de besarlo,
las lágrimas mal disimuladas cuando se marchan
o el temblor que nos sacude antes de decir "te amo".

domingo, 20 de agosto de 2017

Una persona normal.

Esta entrada fue escrita el 08/08

Hoy he ido a comprarme una bolsa de pipas a la tienda de chuches, he cogido el coche y me he ido al campo, a jugar con los gatetes de mi padre y a disfrutar de la brisa que, allí sí, corre. En la carretera me he cruzado con mi hermano. Nos hemos saludado con la cabeza y en ese momento, mientras me acercaba al STOP del cruce ha ocurrido: me he sentido una persona normal.


Hace años, entre tres y cuatro, quizá algo más, escribí en este blog una entrada que se titulaba "Amaxofobia" y en ella hablaba justamente de eso, de mi miedo a conducir. No la busquéis, no está. La borré porque me moría de vergüenza, porque la gente la visitaba y verla ahí, entre lo más leído, me recordaba lo fracasada que era. Porque así me sentía: fracasada.

Al fin y al cabo no hacían más que repetírmelo: todo el mundo lo hace. Todo el mundo conduce, ¿no vas a hacerlo tú? Y entonces además de fracasada me sentía rara. Y sentirse rara es una puta mierda.

Ojo, que una cosa es sentirse especial y otra es sentirse rara. Yo me sentía un bicho raro, alguien defectuoso. Me odiaba cuando me decían que tenía que llevar a mi tía y a mi madre a hacer la compra al pueblo del lado y me pasaba toda la noche en vela por la ansiedad. Y odiaba la sensación de sentarme al volante y empezar a sudar aguantando, además, que mis pasajeros se riesen de mi nerviosismo. Que esa es otra. La gente eso de la empatía lo lleva regular. La gente que no sabe lo que es tener una fobia incapacitante suele ridiculizar bastante a quien las tiene. Ojalá supiesen lo que se siente cuando algo que hace todo el mundo a ti te supone una pesadilla.

Por eso hoy cuando me he visto conduciendo tranquila, cómoda, capaz de saludar a mi hermano cuando me lo he cruzado, después de haber vuelto de una ciudad conduciendo yo, después de haber ido y vuelto a Córdoba dos veces en menos de un mes, y después de bastantes cosas en las que he caído en la cuenta, así como en un destello, he sentido un escalofrío de placer por la espalda y he pensado: "Coño, Bettie, otro monstruo moribundo".

Fue duro, y me llevó echarle muchos ovarios. Me obligué a conducir. Me apunté a #ElCurso para tener que conducir todos los días un trayecto corto. Y luego empecé a trabajar y tenía que conducir. Y entonces me compré el BettieMovil. Y era precioso. Y era mío. Y me llevaba donde yo quería. Y empecé a atreverme. Y a llevar a mi padre al médico. Y a irme a Valencia sola. Y el gran salto lo di hace casi un año (el día 15 de agosto de 2016), cuando cogí mi cochecillo y decidí que me iba a Córdoba en coche a buscar piso porque sí, porque yo podía, porque era una mujer de armas tomar.



Y hasta hoy. He ido ganando batallas durante este año de manera intensiva. Conducir por ciudad. Ir de fin de semana en coche, porque sí. Irme a otra ciudad a un concierto y que el hecho de tener que coger el coche no fuese impedimento. Con mi coche me fui a comprar mi vestido de gitana y me recorrí un Hipercor y dos Carrefour para encontrar los zapatos.

No nos vamos a mentir: conducir me sigue dando respeto, pero creo que sería una inconsciente si no fuese así. Sin embargo, se fueron las nubes negras. Y en esto, también, me siento muy orgullosa de mí misma y de mi cabezonería.



sábado, 19 de agosto de 2017

Calles de Madrid.



¡Ya estoy de vuelta! No me he perdido en Madrid y he conseguido reunir las fuerzas necesarias para volver (las vacaciones, los viajes, no duran para siempre, por desgracia). En fin, pongo punto y final a ese sueño cumplido que ha sido visitar Madrid, callejear por la capital de España, pisar esas calles donde tantas cosas han empezado y respirar ese aire que, si bien no es el más limpio del mundo, tiene algo especial.

Madrid es otra cosa. Estoy desarrollando el talento de detectar el alma de las ciudades cuando camino por ellas. Córdoba no tiene nada que ver con Valencia, por ejemplo. Y Madrid también es algo especial en sí misma. Diferente. ¿Queréis saber cómo es el alma de Madrid? Pues a lo mejor me explico muy mal, pero es el alma de una ciudad que se siente importante. Los madrileños saben que están en el centro de todo, y claro, eso tiene que calar de alguna manera. También es el alma de una ciudad pionera. Madrid parece sentirse punta de lanza de muchas cosas importantes. Y lo que más noté fue el ambiente de libertad. Gente vestida de mil maneras distintas, cada una con su estilo. Y, sobre todo, parejas homosexuales paseando de la mano, besándose en el metro, abrazándose en la calle. No es algo que yo haya vivido igual en otras ciudades en las que he estado. No creo que sea porque en Madrid se sienten más seguros. Creo que tienen tan interiorizada la lucha que lo hacen porque así debe ser, porque no merece la pena esconderse por miedo. No sé, me ha gustado.



Y Madrid, en sí, también. Me ha gustado que sea una ciudad llena de cosas para ver y hacer. Me ha gustado el Museo del Prado (ya sabéis que era la razón por la que elegí ir a Madrid). Pensé que iba a pasarme la visita llorando, pero no. Solo lloré ante Las Hilanderas, de Velázquez. Pero todavía no me creo que haya estado delante de Las Meninas, Las Tres Gracias, El Aquelarre de Goya, o su tétrica romería de San Isidro, La Anunciación, de Fra Angelico, El Jardín de las Delicias de El Bosco, El Descendimiento (todavía recuerdo a mi profesor de Historia del Arte explicándome esa obra), maravillarme ante las obras de El Greco y alucinar fuerte con su obra Una fábula, que no conocía. Salí de El Prado con el alma llena de cosas hermosas y de sentimientos hermosos. Y me sentía tan hermosa que hasta me atreví a compartir una foto de mi cara de felicidad en Instagram. Y también salí con dolor de pies, eso sí.  Sé que, cuando vuelva a Madrid, volveré al Prado.



Además de eso, que era el plato fuerte, he callejado y visto lo típico, he visto el estanque del Retiro, con sus barcas y sus peces mutantes, el Palacio de Cristal, el duende de la Casa de Fieras, los pavos reales...He paseado por el Barrio de las Letras, por la calle donde vivieron Cervantes y Lope de Vega. He curioseado los puestos de libros de la Cuesta de Moyano. Me he hecho fotos junto a Julia, la estudiante de la calle Pez. He visto el monumento a los abogados del despacho de la calle Atocha. He hecho cola para cenar en un burguer en Gran Vía, frente a Callao. He Malasañeado, como una moderna más. He pasado por el Penta (aunque ni rastro de la chica de ayer :P). He desayunado chocolate con churros. He comido cosas ricas y compartido momentos con gente genial. He visto el Templo de Debod. He tomado café con tuiteros madrileños y no madrileños al lado de la puerta del Ministerio del Tiempo. He visitado la casa de Sorolla. He paseado por las Fiestas de La Paloma. He montado en el Metro de Madrid. Y me ha gustado. Todo me ha gustado mucho.



Pero ya se acabó. Ahora lo soñaré. Hasta que vuelva.

Gracias Madrid :)



viernes, 18 de agosto de 2017

Especialista.


Me preguntas por qué lloro
y yo callo.
Si la pena me dejase, te diría
que es el exceso de agua de mar
y que es extraño:
No he conseguido ahogar mi tristeza
todavía.

Las esperanzas se me escapan
de las manos,
y las certezas, y los miedos... Y me miras.
Aparto los ojos y aprieto los labios:
he dejado más huellas de las que
debería.

Pero pasaré, y tú pensarás:
"¡Qué extraño!
Juraría que la amaba...", y no mentías,
pero hay historias que nacen para ser pasado
y en esas me he hecho especialista.



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