miércoles, 22 de noviembre de 2017

Retratos a tiza (VII): Diversxs.

Mi profesión es complicada, porque se lidia con sensibilidades muy distintas y, ya se sabe, los adolescentes no tienen filtro (generalmente). Pero, además, mis asignaturas suelen prestarse a pisar callos con más frecuencia que otras. Educación para la Ciudadanía y Valores éticos son materias que, pese a contar con una hora lectiva semanal, tocan temas peliagudos y que requieren mucha más profundidad que la que ese tiempo prestado nos permite.

Los temas peliagudos salen. Bien porque la materia los requiere, bien porque el alumnado, haciendo relaciones de ideas, va de una cosa a otra y acaba llegando a ellos. Y ojo: con temas peliagudos me refiero a violencia de género y maltrato, inmigración, igualdad de oportunidades, discriminación, homofobia... Nada del otro mundo, a mi modo de ver. Pero cada niño viene de un contexto y bueno... Hay cosas que por muy de justicia que sean, no entran en sus cabezas. El año pasado tuve unas cuantas clases llenas de amargura porque mis chicos y chicas no entendían que NO ESTÁ BIEN que tu novio controle cómo te vistes. Tal cual.

Así que esa certeza sí la tengo: van a salir temas difíciles. Lo que no sé es cuál va a ser el escenario, la reacción. En el mejor de los casos se requiere un poco de mano izquierda y capacidad de sosegar los ánimos. En el peor, un lanzallamas y una caja de tranquilizantes para después. Este año, gracias a todos los dioses, estoy teniendo mucho de lo primero y nada -de momento- de lo segundo. Y es que tengo niños curiosos, abiertos, respetuosos. Y, además, tengo niños y niñas valientes.





Ella ya tiene 16 años. Está repitiendo cuarto y apenas hablaba. Le gusta dibujar, pero las palabras no son lo suyo. Recuerdo cómo celebré la primera vez que intervino en clase. Bajó la mirada ante tanto entusiasmo y, estoy segura, pensó que estaba algo loca (lo cual no tiene por qué ser un error). El otro día hablábamos de discriminación y de cómo es nuestra responsabilidad visibilizar la diversidad.

-Por eso yo, cuando os pongo un ejemplo, suelo deciros: "Porque si te echas novio, o novia...", ¿os habéis dado cuenta?

Un chico me dijo que eso no era necesario, que una persona gay no se iba a ofender porque entendía que si yo ponía un ejemplo heterosexual no era por discriminación, sino porque era lo normal. Entonces ella levantó la mano.

-No es así. Yo soy bisexual y...

Lo dijo, así, con toda la naturalidad y creo que con el volumen más alto que le he escuchado. "Soy bisexual". El tiempo se paró. Para ellos no, para mí. Se me paró el corazoncito. Recé internamente que nadie dijese una barbaridad. No pasó. Ella continuó hablando.

-...cuando no lo tenía claro no entendía que eso podía ocurrir, creía que la única manera de ser correcta era ser heterosexual o gay, pero que me gustasen los dos sexos no me parecía una opción, creía que tenía que aclararme, decidirme. Lo pasé mal. Por eso hay que hablar de estas cosas en clase.

Pues nada, mientras se pueda, hablaremos.





Él -utilizo este pronombre porque, de momento, es el que él utiliza- es particular, especial en muchos sentidos. Me di cuenta el primer día y lo he ido confirmando poco a poco. Mientras hablábamos de casos de discriminación que habíamos visto o sufrido. él dijo que se había sentido discriminado por varias razones y, una de ellas, fue la de no ser una persona fácilmente clasificable en cuanto al género.

-Soy un chico con muchos rasgos femeninos y eso hay gente a la que le molesta.

Entonces uno de sus compañeros, que es muy curioso y muy inocente, le preguntó sin malicia:

-Pero tú, ¿qué te sientes?

Me apresuré a ponerme en posición de ataque para parar un posible conflicto. Creo que el alumno que preguntó lo detectó, porque añadió inmediatamente:

-Que lo pregunto por curiosidad, nada más.

Mi otro alumno contestó con una serenidad pasmosa y una educación apabullante:

-Pues, la verdad, no te puedo responder. Si tuviésemos más tiempo a lo mejor podría intentar explicártelo, pero es que hasta para mí es muy difícil. No puedo darte una respuesta corta.

Me quedé esperando la repregunta, porque este alumno es de los que no se conforma con cualquier respuesta (y bravo por él), pero no la hubo. Se encogió de hombros y dijo:

-Ah. Vale. Gracias por responderme.

Y se dio la vuelta, sin más. No hubo bajas ni heridos.


De verdad que este curso me están pasando algunas cosas que no me creo...


martes, 21 de noviembre de 2017

Hacer amigos.

Hoy me han dicho que necesito hacer amigos. Necesito gente con la que quedar, cuando apetezca, a tomar un café, y a la que contarle mis cosas. Amigos propios con los que sentirme a gusto.

Lo intenté. El año pasado, a estas alturas, lo estaba intentando. Miré páginas web, aplicaciones móviles, grupos... Miré muchas cosas. Y no salió bien.

No salió bien por varias cosas. La primera es que parece que el fin más popular con el que relacionarse con otras personas es el sexo. Y bueno, ahora mismo no estoy interesada. Hay muchísimas aplicaciones para quedar y acostarse con gente, pero no tantas para quedar y tomarse un café sin más pretensiones. De hecho, algunas de ellas se venden como eso: aplicaciones para conocer gente, en general. No os engañéis, todo el mundo activo allí busca sexo o una relación romántica. Los que no salimos de allí por piernas al tercer intento, si no antes.

Y luego está que yo soy es-pe-cia-li-ta. Y utilizo el diminutivo con toda la intención: soy especial en su acepción más negativa: rara, difícil. No soy de esas personas que sale y toma un café y habla de cosas superficiales con cualquiera. Quizá sea porque, en esencia, soy introvertida, y el esfuerzo que invierto en relacionarme con alguien tiene que aportarme algo valioso, tiene que compensarme.

Hubo algún intento de acercamiento. Hablé con algún chico, hasta que descubrí que las intenciones no eran tan desinteresadas, y con alguna chica. En el caso de las chicas (dos) pronto acabé dándome cuenta de que la cosa no iba a cuajar. También albergué algunas esperanzas cuando, también a estas alturas, quedé con un grupo de participantes en el NaNoWriMo, pero luego eso tampoco ha seguido mucho después. Éramos pocos y cada uno tenía sus mierdas, así que...

Total, en resumen, que soy lo peor haciendo amigos. Soy reservada, rara, difícil. Por suerte cuento con algún amigo, pero todos en la distancia. Y Córdoba es una ciudad muy pequeña y puede que ya conozca a los mejores entre sus habitantes :P. Así que no sé. Supongo que me quedaré sin amigos propios. Al menos de momento.

De momento, y en un titánico esfuerzo por superar esta incapacidad mía, he quedado para comer este viernes con una compañera de trabajo. A ver qué tal.

Se admiten consejos y, si eres de Córdoba, propuestas decentes. Gracias.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Libro: Siempre tuyo, de Daniel Glattauer.




Hace un par de semanas conseguí este libro en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión por 3 euritos de nada. De Daniel Glattauer ya he leído 3 títulos: La huella de un beso, Contra el viento del norte y Cada siete olas, y los tres me gustaron muchísimo. Por eso no me lo pensé y me cogí uno. Ya lo he acabado, lo cual, para lo lento que estoy leyendo yo últimamente, es todo un logro.

¿De qué va el libro?

Judith está soltera y acostumbrada a su soltería aunque, evidentemente, se siente un poco fuera de lugar en un universo lleno de parejas. Entonces se cruza, por accidente, con Hannes, el cual queda prendado de ella. Hannes es el hombre perfecto, el novio perfecto, el yerno perfecto, el cuñado perfecto, el amigo perfecto. Hannes es perfecto, a secas. Entonces, ¿por qué Judith no está perfectamente feliz?


Hablando del libro...

 Lo he pasado verdaderamente mal leyendo este libro, os lo prometo. Los otros libros de Glattauer que he leído eran libros románticos maravillosos, que disfruté una barbaridad. Este, en cambio, ha llegado a hacerme temblar (literalmente) de angustia. Es acojonante cómo este hombre juega con los sentimientos del lector. Magistral, de verdad.

También es cierto que a lo mejor este libro es fácil que me afectase a mí, por circunstancias personales. Pero, de verdad, muy, muy recomendable.

Si no has leído el libro y te puede interesar leerlo, te recomendaría que no siguieses leyendo, porque es mejor leer el libro sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Además, esta lectura ha sido un poco dura para mí y voy a comentar algunas cosas de manera bastante explícita, porque lo necesito.

Como decía, Judith conoce a Hannes por accidente, cuando él le pisa un talón en el supermercado. A partir de ese momento Hannes parece aparecerse en todas partes. Un día le pide una cita y ella accede, más por quitárselo de encima que por otra cosa, porque Hannes no le gusta nada, pero, a raíz de esa primera cita, las cosas empiezan a cambiar: Hannes la idolatra, está loco por ella, y el ego de Judith lo agradece. Así que, ¿por qué no darle una oportunidad?

Hannes y Judith comienzan una relación bastante agradable, llena de romanticismo, de momentos de quererse intensamente cuando están juntos y de echarse muy fuerte de menos cuando están separados. Pero, poco a poco, la relación comienza a tomar un cariz más serio y Judith se agobia y decide dejarlo. Y, claro, Hannes no se lo toma bien.

Empieza entonces una situación de acoso en la que Glattauer maneja la narración de una manera genial. Al principio alguien puede creer que son reacciones normales de alguien muy enamorado que está llevando mal la ruptura (yo no, porque bueno, cosas), pero poco a poco se crea un clima opresivo en el que se entiende que Judith esté nerviosa, asustada, paranoica... ¿Paranoica? Sí, Glattauer consigue confundir al lector: ¿es Hannes un acosador o Judith está loca? Porque, para todo el mundo, parece que lo bueno es la segunda opción. Todos los amigos y familia de Judith la dan de lado porque ¿cómo puede no querer a Hannes? ¡Si es perfecto! Ella es una persona mala, que quiere victimizarse después de haberle roto el corazón a un hombre que es un trozo de pan. 

He de reconocer que el final me ha gustado menos, me habría gustado otro desenlace y otro mensaje. Pero bueno. También creo que es un poco precipitado. Pero lo que ha sido la lectura del libro, su desarrollo, me ha tenido totalmente enganchada y, como ya he dicho, bastante afectada. En serio: me ha gustado muchísimo y os lo recomiendo con todas mis fuerzas. 

Os dejo un trocito...

Ella contuvo los sollozos lo mejor que pudo. Solo faltaba soportar unas horas más aquella espantosa falta de libertad de movimientos pasando desapercibida. Pero después de Venecia debía acabarse de inmediato. Tenía que decírselo. Es más: tenía que decírselo de modo tal que él lo entendiera. Tenía que separarse de él en buenos términos. Solo pensarlo le daba miedo.


Recuerda: si tu pareja te da miedo en cualquier aspecto, aunque sea en lo que puede pasarle si lo dejas, MAL. 

En resumen, este libro...


Ahora empezaré a leer Los santos inocentes, de Miguel Delibes. A ver qué tal. 






viernes, 17 de noviembre de 2017

La Calleja de la Luna.


En este último año y pico estoy volviendo a escribir poesía con cierta regularidad. Le echo la culpa, entre otras cosas, a Córdoba. Tengo en mis cuadernos bastantes poemas dedicados a esta ciudad, inspirados por sus rincones, por sus costumbres, por su olor... No le hacen justicia, desde luego. 

Este poema lo escribí un día que decidí salir a pasear por la judería. Tras recorrer varias callejuelas acabé por sentarme en los escalones de la Mezquita para escribir algo. Es un poema que creo que está sin acabar, pero me parece que así se queda. Que cada quien se imagine el final. Al fin y al cabo, Córdoba me parece una ciudad llena de misterio. Está bien dejar alguno escondido, también en los poemas. 


***




Era la noche y te llegaste
a la Calleja de la Luna
frente a mi reja cantaste
como el que verdades jura.

Tú, los puños apretados.
Yo, las pupilas desnudas.
Tus labios tan lejos de mis labios
y nuestras almas tan juntas.

Era la noche y te llegaste
a la Calleja de la Luna
-Calla, que saldrá mi madre
-Que salgan todos a una.

»Que hoy he venido a pedirte,
que para mí solo hay una.
Por eso vine a rondarte
a la Calleja de la Luna.




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