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Un alumno nuevo (II)

 Hace unos cuantos días os hablaba de que había conocido a un nuevo alumno. Tenía muchas ganas de tenerlo en clase y ver qué tal iba la cosa. Me había dado muy buena impresión. No obstante, cuando llegó el día de la primera clase saltaron todas mis alarmas.  Mi nuevo alumno tenía, además de un bagaje personal que aún no conozco y que no conoceré nunca en toda su extensión, circunstancias que iban a afectar a su proceso educativo. Además, por el comportamiento que estaba mostrando y lo que percibía en el aula tenía la sospecha de que no se iba a integrar con facilidad. Al acabar la clase hablé con él para ver qué podíamos hacer y volví a encontrarme a ese niño con cara de Miguel Hernández, educado, amable, voluntarioso y encantador. Tuve el corazón roto varios días. Si tan solo pudiese trabajar con él en un entorno más tranquilo, con menos fuegos que apagar, con menos alumnos a los que atender... Si pudiera dedicarle el tiempo que necesita sin miedo de descuidar a otros alumnos...  Dura

Un alumno nuevo.

 Hoy salí del trabajo deliberadamente tarde. No quería coincidir con la cascada de compañeros, alumnos y coches de la salida. Cuando he llegado al patio el centro parecía desierto. Me resulta reconfortante ver vacíos lugares que no suelen estarlo: es como si los hubieran cerrado para mí.  Me encaminaba ya a la salida cuando me he encontrado en unos escalones a un chaval desconocido cargando una mochila de ruedas escalones arriba. Tenía cara de uno de esos niños de la Guerra, ¿sabéis? Con la cabeza redonda, los ojos grandes y el pelo rapado al dos. Como un Miguel Hernández en miniatura.  ─Perdone, ¿me puede decir donde está la salida de mi curso? ─Ahora, con esto de los protocolos COVID los distintos cursos entran y salen por puertas distintas.─ Es que es mi segundo día en este instituto y ayer salí por la puerta de la entrada.  ─Claro ─le he contestado con mi mejor sonrisa bajo la mascarilla─. Vente por aquí. Mira. Bajas estos escalones y allí, girando un poco, la ves.  Me ha dado las

Alguien.

  TW: suicidio. Alguien ha muerto. Debería conocerle, pero no le recuerdo. Aún así, me lo imagino como a cualquiera, besando a su mujer antes del trabajo y yendo a por el pan a la salida. Entre medias, supongo que, como todos, intentaría hacerlo lo mejor que podía.  Lo que no me imagino es por qué, ni cómo, ni qué había en ese lado oculto de lo que era que le llevó a tensar la soga, a sacar las pastillas una a una para arrojarlas por su garganta, a deslizar la afilada cuchilla o a dejarse caer. Todos parecen sorprendidos. Suele pasar y, aún así, me pregunto cómo es posible que sea una y otra vez.  Todos parecen sorprendidos, sí. Se mató sin avisar, con la ropa doblada y la muda lista para el día siguiente.  Alguien ha muerto y ni siquiera puedo hacerme la sorprendida porque no le recuerdo. 

Media infancia.

No es que yo haya tenido una infancia muy allá. Los mejores momentos de mi infancia podría reproducirlos fácilmente hoy, pues básicamente consistían en una servidora jugando sola, leyendo o inventando cuentos. Pero no es lo mismo.  Yo pensaba que eso no iba a pasarme a mí. Qué tontería, ¿verdad? Pero cuanto más entro en la vida adulta más se apaga mi niña interior.  Hoy he visto una nube con forma de sirena y he hecho el comentario en voz alta. Inmediatamente, vaya usted a saber por qué, me he sentido estúpida.  —¿No echas de menos ser pequeño?—he preguntado a mi pareja. —A veces —me ha contestado.  Y se me han llenado los ojos de lágrimas. A ver, que tampoco es importante: últimamente lloro por cualquier cosa.  ¿Creéis que se puede volver a aprender a ser niña? Que a mí la vida me debe, por lo menos, media infancia. Y eso solo por empezar a ajustar cuentas... 

¿Por dónde empiezo?

 Creo que estoy teniendo una crisis de los treintaytantos bastante típica: pasé por la fase de «diossanto voy atrasadísima en la vida», desde hace unas cuantas semanas tengo el reloj biológico desatado y estoy asumiendo que estoy rotísima y que necesito un montón de ayuda. Tanta que no sé por dónde empezar.  Necesito ir a terapia porque tengo cosas que poner en su sitio. Lo que he pasado en mi vida no ha pasado no lo ha hecho sin dejar huellas y cicatrices. Y quiero arreglarlo, lidiar con ello, hacer las paces. Avanzar con un poco menos de peso en la mochila, no sé si me entiendes. Y hablando de peso, eso sería otra cosa a abordar. No solo mi peso, sino mi relación con la comida, mi « huella dietante », curarme la gordofobia y el autodesprecio que me han grabado a fuego, acabar de hacer las paces con mi cuerpo y honrarlo como se merece. Y ojalá el problema lo tuviera solo con el cuerpo: también estaría bien hacer las paces conmigo misma y dejar de machacarme en cuanto los ánimos se tam

La llamada de la Naturaleza.

 Siempre he pensado que los recién nacidos son feos. Si no todos, porque en todo hay excepciones, la mayoría. Luego mejoran, claro. En su defensa diré que nacer tampoco tiene que ser fácil, así que es normal que no tengan su mejor cara. Lo sé porque me veo la cara todos los días.  La cosa es que, de un tiempo a esta parte (un tiempo significativo a estas alturas), he empezado a ver guapísimos a los recién nacidos. Ya me he dado cuenta, ojo, esto no me pilla de nuevas, pero conservaba la esperanza de que se tratase de una casualidad: a lo mejor los últimos recién nacidos que he visto eran parte de ese cupo de excepciones que las reglas suelen tener. Pero se ve que no. Hoy un amigo hizo un comentario en el grupo de Telegram sobre nuestra última recién nacida, algo así como que ahora tenía mejor cara que en la primera foto que compartió el padre (recién nacida, pero recién nacida de verdad, todavía sin limpiar del todo siquiera) y yo solo he podido pensar: «Dios santo, pero si estaba prec

Dad gracias que me dieron paciencia y no fuerza.

 Cuando era pequeña solía escuchar las frases «Señor, dame fuerzas» y «Señor, dame paciencia». Con el tiempo acabé fusionándolas y, en broma, solía decir: «Señor, dame paciencia, porque como me des fuerza lo escamocho ».  Y, desgraciadamente, me dieron paciencia. No Dios: el patriarcado. Anteayer vi el monólogo de Pamela Palenciano titulado «no solo duelen los golpes» y me quedó claro que ese es uno de los obsequios que el sistema nos hace a las mujeres. Nos da paciencia y no fuerza, porque si nos diera fuerza no podría sostenerse.  Hace unas semanas leí el libro The Power , de Naomi Alderman (en el enlace te dejo mi reseña).En él, las mujeres adquieren la capacidad de lanzar descargas eléctricas: encuentran fuerza y, como es de esperar, se les acaba la paciencia.  A raíz de leerlo me ha dado por pensar qué haría yo si tuviese algo más de fuerza. En otro momento de mi vida, quizá, habría podido pensar que usaría bien mi poder, que sería equilibrada, moralmente buena. Que seguiría sien