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La llamada de la Naturaleza.

 Siempre he pensado que los recién nacidos son feos. Si no todos, porque en todo hay excepciones, la mayoría. Luego mejoran, claro. En su defensa diré que nacer tampoco tiene que ser fácil, así que es normal que no tengan su mejor cara. Lo sé porque me veo la cara todos los días.  La cosa es que, de un tiempo a esta parte (un tiempo significativo a estas alturas), he empezado a ver guapísimos a los recién nacidos. Ya me he dado cuenta, ojo, esto no me pilla de nuevas, pero conservaba la esperanza de que se tratase de una casualidad: a lo mejor los últimos recién nacidos que he visto eran parte de ese cupo de excepciones que las reglas suelen tener. Pero se ve que no. Hoy un amigo hizo un comentario en el grupo de Telegram sobre nuestra última recién nacida, algo así como que ahora tenía mejor cara que en la primera foto que compartió el padre (recién nacida, pero recién nacida de verdad, todavía sin limpiar del todo siquiera) y yo solo he podido pensar: «Dios santo, pero si estaba prec

Dad gracias que me dieron paciencia y no fuerza.

 Cuando era pequeña solía escuchar las frases «Señor, dame fuerzas» y «Señor, dame paciencia». Con el tiempo acabé fusionándolas y, en broma, solía decir: «Señor, dame paciencia, porque como me des fuerza lo escamocho ».  Y, desgraciadamente, me dieron paciencia. No Dios: el patriarcado. Anteayer vi el monólogo de Pamela Palenciano titulado «no solo duelen los golpes» y me quedó claro que ese es uno de los obsequios que el sistema nos hace a las mujeres. Nos da paciencia y no fuerza, porque si nos diera fuerza no podría sostenerse.  Hace unas semanas leí el libro The Power , de Naomi Alderman (en el enlace te dejo mi reseña).En él, las mujeres adquieren la capacidad de lanzar descargas eléctricas: encuentran fuerza y, como es de esperar, se les acaba la paciencia.  A raíz de leerlo me ha dado por pensar qué haría yo si tuviese algo más de fuerza. En otro momento de mi vida, quizá, habría podido pensar que usaría bien mi poder, que sería equilibrada, moralmente buena. Que seguiría sien

Kintsugi

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 Hace unos meses se me rompió una muela. Además ocurrió como me suelen ocurrir a mí ciertas cosas: con un sentido de la oportunidad maravilloso para arruinar un buen momento. Había comprado merienda al salir del trabajo. Para mí, me había cogido una milhoja, que me encantan y que casi nunca tomo. Pues ahí estaba yo, disfrutando del merengue, tan suave, dulce y blandito, cuando noté algo duro. ¿Qué podía ser? ¿Una piedra de azúcar? ¿Se habrían dejado algo dentro? No sé por qué me dio por pasar la lengua por el interior de los dientes superiores y, ahí estaba, nada más empezar: el hueco.  Pasaron 9 días hasta que pude ir al dentista. Indefectiblemente, la lengua iba al hueco maldito. ¿Por qué habría pasado? ¿Qué iba a pasar cuando fuese al dentista? De lo segundo no tenía ni la menor idea y me limitaba a dar gracias de que no doliese: eso siempre es buena señal. Lo primero... Lo primero me lo preguntaba sabiendo la respuesta: cuando no puedes más rompes por algún lado. Y yo rompí, de ver

Mi viaje como gorda: 2. La adolescencia: llenando la mochila de piedras.

 La primera parte de esta historia que ojalá fuera ficción está aquí.   Cuando llegó la adolescencia yo ya tenía más que asumido que ERA gorda. No estaba gorda, no: ERA la gorda. Una de ellas, al menos.  No fue el peor momento de mi vida, de todas maneras. Suele serlo, pero en mi caso hubo bastantes cambios positivos: el bullying cesó al irme del colegio al instituto, me uní a un grupo de amigas (hasta entonces no había tenido amigas, por mucho que os cueste creerlo), empecé a sentirme menos isla. Estoy hablando de los 14-15 años.  Evidentemente, eso no impidió que el mundo siguiera recordándome que mi cuerpo era un horror. Me costaba muchísimo encontrar ropa juvenil, bonita y de mi talla. No me extrañaba, claro: yo me veía enorme. Pensaba, de verdad, que era una persona con un problema severo de peso. No recuerdo cuanto pesaba, pero sí recuerdo la talla que usaba con 17 años: una 42. Y sí, era una talla que me costaba encontrar. Los 2000, la época de mi adolescencia, fueron un momento

Mi viaje como gorda: 1. Cómo me convencieron de que era gorda.

 Hoy he visto en Twitter este vídeo y, la verdad, me ha parecido muy importante la idea de contar el viaje de gorda y visibilizar lo que es cargar con este estigma durante toda la vida. Un estigma que acaba, en muchísimas, muchísimas ocasiones, convirtiéndose en una profecía autocumplida.   Quiero contar mi viaje de gorda. Iré por partes, porque esto tiene bastante tela que cortar. A mí me convencieron de que era gorda. Y digo "me convencieron" porque me engañaron. Me siento estafada. Cuando veo fotos mías de pequeña e incluso de adolescente siento que me han robado la vida que podría haber tenido, una vida distinta, con otra autoestima, otra relación con la comida, con mi cuerpo, con la ropa, con la gente...  Pero esta es la vida que tengo y que me han dejado.  Yo, de niña, no era gorda. No lo era. Siendo honesta conmigo misma, jamás habría dicho a mi yo de 4, 5 o 9 años que era gorda. Sí era una niña bastante alta, robusta. Tenía, por supuesto, esa tripilla típica de mucha

Lo normal.

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 Sé que me pongo un poco pesada, que a veces mi empeño en no dejar a la gente tirar la toalla es un poco agobiante. Me temía que era eso cuando le he visto los ojos llorosos, así que le he pedido que hablásemos en un lugar un poco más privado. Le he pedido perdón por ser tan pesada. «No, no eres pesada». «Bueno», le he dicho, «un poco sí». No se ha reído como suelen hacer. Le he preguntado qué le pasaba y las cosas han ido saliendo, y las lágrimas han ido saliendo, y yo... No voy a decir mucho. Solo que me ha dicho: «No debería ser así. Debería ser... normal».  Se refería a lo de poder con la vida. O a ella. O a ambas cosas. Pero los condicionales son así de tramposos: hacen daño y no arreglan nada. Unas horas después la escena se repetía, solo que esta vez era yo la que hablaba, la que le decía, otra vez, a mi médica entre lágrimas que «la vida se me hace bola». Espero que lo haya puesto en el informe. Y pensaba en ella, y en los condicionales, y en que no debería ser así, en que debe

Economía vital.

 Estaba encendiendo la lámpara de la mesilla, preparándolo todo para meterme en la cama cuando me ha asaltado la idea. Una idea estúpida, en realidad, pero que, por lo que sea, venía acompañada de una sensación de claridad fulminante.  Es la idea de una especie de economía vital. Nuestro día a día requiere cierta inversión de tiempo, dinero, energía, ganas... A cambio, a veces, recibimos recursos de vuelta: reconocimiento, momentos felices, dinero, energía... El intercambio no es proporcional, claro, pero es una suerte de equilibrio precario. A veces tenemos rachas muy buenas en las que parece que vamos ganando y otras en las que aguantamos las rachas de pérdidas en parte con lo acumulado y en parte con la esperanza de que en algún momento del futuro llegará otra buena racha.  Pues yo tengo la sensación de que desde hace tiempo la vida me exige mucho más de lo que me da y siento que me consumo. A veces poco a poco, otras veces muy rápido. Los buenos momentos apenas me dan para ir cubri