domingo, 22 de octubre de 2017

Ahora soy modelo.

Ya os conté en otra entrada que me habían propuesto participar en un desfile nupcial de tallas grandes y que estaba muerta de miedo. Pues bien: ya pasó. Y la experiencia fue maravillosa.

Nunca me he sentido una mujer particularmente femenina. De hecho, me han solido reprochar con frecuencia que no soy coqueta, o que no me arreglo demasiado, que no me visto bien. Esas cosas. He tenido épocas, es cierto, pero por lo general, no me arreglo a no ser que me apetezca: mi tiempo libre es demasiado preciado como para invertirlo en cosas con las que no disfruto.

La cosa es que, para que os hagáis una idea, la diseñadora tuvo que dejarme unos zapatos de tacón para que pudiese desfilar. Con eso os lo digo todo. Eran unos zapatos ALTÍSIMOS. Los más altos que he llevado en mi vida (y aún así, no me caí xD).

Como os decía, lo disfruté muchísimo. Cada instante. Por la tarde, poco después de comer, me duché y me puse a maquillarme. Hacía eones que no me ponía a maquillarme en serio, y fue divertidísimo. Había olvidado cuánto me gustaba. Y el resultado fue genial, la verdad, no es por presumir. Después me encaminé hacia la tienda donde iba a ser el desfile y ya había allí otra chica modelo y un montón de movimiento: toda la familia de la diseñadora estaba volcada en que aquello saliese perfecto. Tras un rato, su madre comenzó a arreglarnos el pelo. A mí me hizo un recogido precioso, casi sin esfuerzo, que me hacía parecer toda una princesa. Mientras el acto de apertura de la tienda ya había comenzado, nosotras, en el "backstage" nos vestíamos. O nos vestían, más bien, porque poner un vestido de novia (muchos de ellos acorsetados) tiene bastante trabajo :P. En esos momentos, los nervios se convertían en risas. Tanto las modelos profesionales como las chicas amateur estábamos riéndonos juntas, practicando poses, y, en fin, quitándonos el temblor de piernas como podíamos. Cuando, por fin, empezó, todo pasó muy rápido. Por suerte no me caí, no me pisé el vestido, no hice nada raro, no paré de sonreír y estaba PRECIOSA. Con deciros que cuando le mandé la foto a mi madre, lloró... :P

Fue genial. El concepto de "chicas normales, de la calle, desfilando con vestidazos y estando GUAPÍSIMAS porque lo son", me encantó. Me encanta esa apuesta de la diseñadora de hacer vestidos económicos y favorecedores para cualquier mujer. Espero que tenga mucha suerte, porque la merece. Ha puesto tantísimo trabajo en esto... Y yo me alegro muchísimo de haber podido aportar mi granito de arena.

Sé que este post no es el mejor que he escrito, de hecho está bastante mal escrito, pero es que lo escribo desde el estómago y desde el corazón, que aún me tiembla, cuando recuerdo esa tarde y cuando veo las fotos.

Lo malo de esto es que ahora, si me caso, no va a tener sentido que me vaya de pruebas: ya sé cuál quiero que sea mi vestido :P


sábado, 21 de octubre de 2017

Una manía.

Tengo una manía: la de observar a los desconocidos y hacerlos protagonistas de mis historias. No me pasa con todo el mundo, solo con aquellos que llaman mi atención por alguna razón.

Hace unos días coincidí en el autobús con una chica. Debía de tener mi edad, más o menos. Mayor de 25, supongo, pero no mayor de 30, o no mucho, en cualquier caso. Iba maquilladísima, supongo que era su concepción de ir arreglada: los ojos delineados muy fuerte y con mucho rímel y los labios de un rosa fucsia muy fuerte y con mucho brillo, pintados algo por fuera del contorno natural. Su pelo era rubio, pero un rubio pajizo, muy poco natural. Vestía una camiseta negra con letras blancas (no recuerdo qué ponía) y unas mallas ajustadísimas en tonos rosa fucsia y grises. En sus pies, unas sandalias de plataforma altísima, blancas. Casi parecían unos zancos. Completaba el conjunto un bolso pequeño, tipo satchel, también en rosa fucsia. Llamadme osada, pero creo que acertaría si dijese que el rosa era su color.

Lo que me llamó la atención de ella, además de su imagen, fue el hecho de que tenía una expresión tristísima y apenada. Cuando hablaba su voz apenas se escuchaba. Se expresaba, eso sí, con muchísima educación. Y otra cosa que me llamó la atención es que intentó establecer conversación con varios pasajeros, con cualquier excusa. Con un señor, cuando apartó las piernas para que pudiese pasar y, después, para explicar por qué le había llamado de usted (era por educación, no porque creyese que era mayor). Conmigo, para explicarme que venía de hacer papeles. Con otras chicas, para decirle a una que le encantaban sus deportivas (unas ASICS multicolores fluorescentes) y preguntarle dónde podía comprar unas iguales. Después,  volvió a disculparse por interrumpirlas. No sé, percibí en ella una falta de calor humano terrible. Me entristeció muchísimo.

Imaginé para ella una infancia terrible, traumática, una juventud muy dura, muchos desengaños. La dibujé en mi mente como una muñeca rota... al menos al principio. Le imaginé un final feliz, precisamente porque es algo inesperado, quizá incluso porque para esa chica sea imposible conseguir ese final. Imaginé una oportunidad, algo sencillo. Un trabajo de cara al público, en el que pudiese hablar con los clientes y relacionarse. Imaginé que empezaba a reconstruir su vida, que podía comprarse todas las deportivas fluorescentes que quisiese y que se le borraba de la cara esa expresión triste y no quedaba rastro de pena en su voz.

A veces me gustaría tener el poder de hacer que lo que imagino se hiciese realidad.

jueves, 19 de octubre de 2017

Puzzles.

Yo no hice nada.
Tu piel me abordó
                  -mar sin olas-
y yo me entregué.

En otras palabras:
me dejé querer.

Me envolviste en
tu tembloroso abrazo
y yo, ave migratoria,
               anidé.

¡Qué agradable sentir que mis piezas
se acoplaban a tu ser!
¡Que tu cuerpo envolvía,
sin faltar nada, el mío!

Probablemente mi único mérito fue
encajar en tus vacíos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Mimarse.

Llevo unas semanas particularmente imbécil. Ando muy ñoña, muy necesitada de cariño y de mimos. Necesito más contacto emocional con la gente y también más contacto físico. Me faltan abrazos, si os soy sincera, y me muero de ganas por dejarme mimar. En lo que no había caído yo era en que también podía mimarme yo misma, que a veces me tengo muy descuidada.

Así que, iluminada por esa enseñanza y por algunas más, esta mañana, al salir de trabajar me he ido a Sephora a comprarme un labial al que le tenía echado el ojo. He pedido que me lo probasen, para ver el color, y me han hecho DE TODO. Exfoliar labio, hidratar, perfilar, pintar, probar maquillaje, decirme mi tono de maquillaje, darme muestras, TODO. Después del ratito que he echado allí con Toñi, la asesora que me ha tratado tan bien, me ha envuelto mis cositas en un papel de seda rojo y me las ha puesto en una bolsita pequeña, y yo me he ido por la Ronda de los Tejares más feliz que una perdiz con mi bolsa en la mano y mis labios rojo geranio. 

Sí, me he gastado 12 euros, pero mi felicidad en ese momento no ha tenido precio. Ni al mirarme al espejo, ni al ver con qué mimo me trataban. Y ahora, cada vez que me ponga ese labial, voy a acordarme de eso. Me merezco los mimos, y los premios, y los caprichos. Y si no me los merezco, me los voy a dar. Ya vendrán tiempos peores. 

Una publicación compartida de bettie (@cuadernoderetales) el
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