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Sin sudar, sin despeinarse, sin hacer el ridículo.

 Hay un muchacho al que le gusto. No le gusto-gusto. Le gusto de esa manera adolescente de cuando alguien nuevo llega al grupo y como nadie te hace demasiado caso te «enamoriscas» por si acaso cae la breva. Es decir, le gusta más la esperanza de que alguien le corresponda que yo, me temo. Más que nada porque si me conociera un poco me detestaría a la vista de las cosas que dice. La última vez que nos vimos (es amigo de una amiga) acabó al noche diciendo que sobran funcionarios, que los impuestos son un robo, que por qué tiene él que pagarle la universidad a nadie, etcétera, etcétera. Tenemos mucho futuro, como puedes ver.  De todos modos yo ya me había dado cuenta de que no había nada que hacer un rato antes. El muchacho no baila. Una pena. También te digo: es algo respetable. No a todo el mundo le tiene que gustar bailar. Lo que me dejó con el culo torcío fue su explicación. Supongo que al ver que yo no paraba de bailar se sintió obligado a justificarse o algo. ─¿Sabes por qué yo no b

Internet máscara, Internet escaparate.

 Últimamente he pensado mucho en el internet antiguo, el que yo conocí cuando me conectaba desde un ordenador de sobremesa situado en el salón de casa a través de un modem de 56 "kas" a partir de las 18.00 entre semana y todo el día los fines de semana, que era el horario de la tarifa plana de Wanadoo. Recuerdo el IRC, el chat de Terra, los distintos foros (había tantísimos y tan activos...), las conversaciones de MSN Messenger... Recuerdo charlar con gente de todo tipo desde la seguridad del salón de mi casa. Me recuerdo entrando en salas de política, literatura o filosofía en el irc. O en la sala catalunya_independent (de la que llegué incluso a ser administradora, una medalla que llevo con honor y orgullo) para aprender catalán (cosa que conseguí con ayuda de la gente majísima que por allí había). Pero, sobre todo, recuerdo sentirme libre. El ineterné antiguo era lo más parecido a una habitación sin consecuencias que yo he experimentado en mi vida. Y para mí eso es ... Imp

El temblor.

 Cuando empecé a escribir poemas sobre salud mental llamé a este tipo de fenómeno «el temblor». Como metáfora me resulta muy expresiva: una está haciendo su vida normalmente, hasta puede que esté de buen humor, contenta, más o menos satisfecha, o tal vez con cierta insatisfacción que acierta a tolerar, sea como sea, una va haciendo su vida y, de repente, el temblor. El temblor es algo que ocurre, que puede ser identificable o no, pero que hace que se dispare la sensación de alerta y que una especie de miedo atroz se apodere de una. Rara vez ocurre que el temblor sea una falsa alarma: normalmente va seguido de réplicas: pensamientos intrusivos, agotamiento, ideaciones suicidas de mayor o menor intensidad, aislamiento, saturación sensorial, deseo de soledad y/o miedo atroz a quedarse sola... Ya ves, una fantasía.  A otras personas el temblor se les acaba notando. Entran en una espiral de malestar que les acaba impidiendo ser funcionales. A mí no. Yo me sigo levantando por las mañanas (au

Si mis amigas pueden, tú también.

 Durante toda mi vida me ha pesado la losa de ser una persona «difícil». Es algo que asumí de mí misma sin cuestionármelo demasiado. Era difícil porque era hermética y costaba saber qué pensaba o sentía. Era difícil porque hacía preguntas incómodas para entender lo que me contaban. Era difícil porque sentía demasiado, porque reaccionaba a los otros con mucha emocionalidad. Total, que a pesar de intentar ser muy buenecita, muy obediente, muy callada y muy complaciente, más pronto o más tarde acababa llevándome un «¡Vaya carácter tienes!» o un «¡Es que le sacas punta a todo, así no se puede!», entre otras expresiones similares.  Me lo creí por dos razones. La primera, porque me lo decía gente que, supuestamente, me quería. Por lo tanto, ¿por qué iban a mentirme? No tiene ningún tipo de sentido. La segunda, porque era algo bastante generalizado, casi la postura estándar sobre mi persona. Esa niña, esa adolescente, esa mujer que mostraba un amplio rango de emociones, que no se conformaba c

Sexo sin amor

 Hoy me apetece escribir sobre el sexo sin amor. Normalmente se entiende que el sexo sin amor es, en el mejor de los casos, una especie inferior de sexo. Esto es así, muchas veces, incluso entre personas que no tienen ningún problema con lo de follar sin que haya sentimientos profundos de por medio. Lo deseable, a lo que aspiramos, es a la intimidad que conlleva el sexo con alguien a quien quieres (sea de la manera que sea).  Creo que eso es un malentendido. Y creo que ese malentendido viene de que en el sexo con amor (del tipo que sea, repito, que no me voy a poner esencialista ahora) hay una cierta repetición o estabilidad que favorece el conocimiento de la otra persona y eso suele redundar en un sexo más satisfactorio (aunque no siempre ocurre). Me parece, en ese sentido, que es injusto medir un encuentro sexual aislado con el mismo estándar con el que medimos los encuentros sexuales con una pareja recurrente.  El sexo con amor y el sexo sin amor son cualitativamente distintos, por

Lo del «bonding over trauma»

 La primera vez que escuché la expresión «bonding over trauma» (o, al menos, que fui consciente de ella) fue en la serie «Such brave girls» . En ella, un personaje que es una adolescente lesbiana con problemas de salud mental y que es constantemente invalidada en todos los sentidos por su familia y su entorno, conoce a una camarera lesbiana en un bar que también tiene problemas de salud mental y empiezan a hablar de sus movidas hasta el punto de generarse una tensión sexual insostenible entre ellas. Cuando el primer personaje vuelve para tener algo con ella (pues en ese momento creo recordar que se asusta y no pasa nada) la otra le explica que su terapeuta le ha dicho que el «bonding over trauma» no es una manera sana de relacionarse y que ella es más que sus problemas, por lo que si el primer personaje no puede ofrecerle más que ese nexo no puede haber nada entre ellas. Todo ello está contado de una manera humorística muy bruta y muy sarcástica. La serie no me pareció la maravilla que

«¡Qué triste comer solo!»

 Eso es lo que he oído esta mañana en la radio cuando iba camino del trabajo. La mala leche que se me ha levantado ha sido tan real que he murmurado un sentío «Que te follen» entre dientes.  Es que tiene huevos decir eso, aunque sea verdad. Porque somos muchas las personas que comemos y cenamos solas día sí y día también y si estamos en paz con nuestra situación no necesitamos escuchar esa mierda y si no lo estamos tampoco. Vivir solo, hacer cosas solo, puede ser una elección o un accidente y se puede estar más o menos conforme con la situación. En cualquier caso, quienes vivimos así no necesitamos el juicio ni la pena de nadie.  Como ya he dicho en alguna ocasión, desde bien pronto en mi vida aprendí que hay cosas bastante peores que estar sola. Fue cuando aprendí a hacerme invisible. Con el tiempo he ido cogiendo la inercia de hacer las cosas sola, por defecto. Por un lado, estoy tan acostumbrada que ya me resulta lo más cómodo. Por otro, es tan frecuente que no tenga con quien hacer