miércoles, 17 de enero de 2018

Documental: Las sinsombrero (2015)



Sigo disfrutando de las posibilidades que Córdoba me brinda. Hoy han proyectado en la Filmoteca el documental Las sinsombrero, un documental que rescata del olvido a algunas de las mujeres de la Generación del 27.

María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, Concha Méndez, Josefina de la Torre, María Zambrano, maruja Mallo, Marga Gil Roësset. Puede que muchos de estos nombres no os suenen, pero eran las compañeras de Alberti, Aleixandre, Dalí, Lorca o Salinas. Compartieron con ellos revistas, ambiente, tiempo, revolución. Y, sin embargo, mientras que a ellos se les ha rescatado y puesto en valor tras la dictadura, ellas permanecen, lamentablemente, perdidas.

Es un documental ameno, de algo menos de una hora, en el que se dan unas pinceladas del retrato de cada una de ellas. Son mujeres interesantes, rompedoras, valientes, creativas. A la altura, sin duda alguna, de sus compañeros masculinos. Y, a pesar de todo, invisibilizadas.

Si hay algo que me ha puesto verdaderamente triste y que me ha impactado es que esos artistas no movieron prácticamente un dedo para rescatar del exilio de la memoria a sus compañeras y que, en algunos casos, tampoco se lo pusieron fácil en su época. Que, a pesar de todo, eran señoros™. Que, a fin de cuentas, en esto estamos solas.

Buscando en Google para escribir este post he visto que lo tenéis disponible en la web de RTVE, enterito, para vuestro gozo y disfrute. Podéis verlo en casa, tranquilamente, con una mantita y algo calentito. Podéis compartirlo con jóvenes y jóvenas. Casi diría que debéis.

Desde luego, os lo recomiendo muchísimo.

Tenéis el enlace aquí: Las sinsombrero en RTVE


Mi propósito de 2018 de ser más feminista va viento en popa :D


domingo, 14 de enero de 2018

A los 30 con el pie correcto.

Ayer celebré mi cumpleaños con amigos, y tarta, y toda la parafernalia. Hacía muchos, muchos, muchos años que no lo celebraba así. Sí, en los últimos años he tomado algo con alguien cercano, generalmente mi pareja de ese momento. Quizá me he reunido con amigas para merendar, pero no ha habido tarta, ni regalos, ni cumpleaños feliz. Cuando ha habido algo parecido, ciertamente, no ha sido porque yo lo quisiera ni lo planeara. Hace muchos años que detesto mi cumpleaños.

La gente normalmente asume que es porque no me gusta crecer, hacerme mayor, cumplir años, ganar responsabilidades, descontar tiempo. Y, bueno, algo de eso hay, aunque no es lo más importante.

Lo que pasa es que durante años mi cumpleaños fue la fecha en la que más consciente era de que la gente no me quería y eso no se supera de un día para otro. Por mucho que alguien bese tus cicatrices, estas no desaparecen.

Ya os he contado alguna vez que yo fui víctima de acoso escolar. A pesar de ello, cumplía años y, al principio yo y luego mi madre, lo celebraba. Cuando era muy, muy pequeña, cuando todo empezó, yo no asociaba el hecho de que se metiesen conmigo a que no me quisiesen, así que yo esperaba que todo el mundo iría a mi cumpleaños y lo pasaríamos genial porque, jolín, era mi cumple. Y sí, los niños iban a mi cumple, pero no jugaban conmigo o aprovechaban momentos de despiste para meterse conmigo. A medida que fueron pasando los años la cosa fue empeorando: a mis compañeros de colegio ya no les compensaban los sandwiches y los aperitivos, así que preferían no venir. Algunos venían, obligados por sus madres, porque, pobrecita Bettie, que no tiene amigos. Los niños pueden ser muy crueles, especialmente cuando les están obligando a que sean amables. Así que cada año acababa mi cumpleaños hecha una mierda y me dormía llorando.

El último año que lo celebré resulta que hubo poquísima afluencia (seis o siete personas, solo un par de compañeros de clase, el resto hijos de vecinas mayores que yo) porque mi madre me obligó a invitar a un niño. Yo no quería, porque el niño me caía mal (era el típico niño que te levanta la falda y se mete contigo), pero como no tenía amigos y sí muchos problemas familiares mi madre me convenció. Fue la gota que colmó el vaso y casi ningún niño de mi clase quiso venir, solo una. Estuve varios días enfadadas con mi madre por obligarme a invitar a este niño, diciéndome que nadie había venido por su culpa. Pero cuando pasaron esos primeros días me di cuenta de que no era así: nadie quería venir a mi cumpleaños, no le caía bien a nadie, solo venían obligados. Y yo había estado enfadada porque mi madre me había obligado a invitar al único niño que sí quería venir (aunque fuese porque tampoco tenía a nadie). Así que, consciente de que aquello era una puta mierda y me estaba haciendo sufrir mucho, decidí no volver a celebrar mi cumpleaños, no invitar a nadie, no organizar fiesta, para que nunca me volviesen a dar de lado. No sé si fue el año que cumplí 11 o 12 años.

Y hasta ayer.

Pero me alegra haber vuelto a celebrar. Por fin. Ya era hora. Ayer fue una tarde maravillosa y yo no podía dejar de mirar a mi alrededor y ver a gente que parecía que quería estar allí y que se alegraba de verdad por mí. Y no veáis qué subidón.

Gracias a todos los que estuvieron. Ya no por los regalos, que es lo de menos (aunque algunos me han emocionado profundamente), sino por eso, simplemente, por estar. Por ayudarme a matar fantasmas.


Así sí mola crecer.




PD: Aquellos que dicen que bueno, que el acoso escolar mal, pero que te hace más fuerte, se pueden comer una mierda untada en pan. Calculad lo que me ha costado superar esta mierda. Y esto es una gilipollez comparado con otros miedos que arrastro desde entonces.


PD2: Mis maravillosos regalos.






jueves, 11 de enero de 2018

Querida vida:



Ya son 30 años juntas, 30 años que habitas este cuerpo y yo navego, con más o menos éxito, por tus aguas bravas. Podría decir que parece que fue ayer cuando nos encontramos por primera vez, pero nada más lejos de la realidad. Sí, cuando miro atrás estos 30 años me parecen un suspiro y me da mucha pena que algunos de esos momentos ya hayan pasado para siempre y que ese tiempo ya no forme parte de mi contador (treinta años menos son muchos), pero mientras lo vivía tengo que reconocer que algunos momentos se me hicieron muy cuesta arriba. Puede, quién sabe, que lo mejor esté por venir.

Disculpa que no esté muy elocuente, es que acaban de dejarme sin palabras y casi sin aliento. A lo que iba. Vamos a hacer un trato, ¿te parece? Creo que yo ya empiezo a cogerle el truco a esto de surfear, así que voy a intentar seguir haciéndolo, sin reproches, ¿vale? A cambio te pido que sigas regalándome momentos de estos, de quedarme sin aliento de vez en cuando. Preferiblemente para bien, claro. Vale, vale, ya sé que eso es mucho pedir.

Pues nada, seguiré bailando contigo, vieja amiga. Tú pones la música. Yo intentaré escoger los pasos. 


viernes, 5 de enero de 2018

Soy poco feminista.

Sí señores y señoras. Soy poco feminista para lo feminista que debería ser. Cada día que pasa me doy cuenta de más razones por las que es necesario que las mujeres tomemos conciencia de que seguimos siendo seres humanos de segunda y, hecho esto, que hagamos lo que esté en nuestra mano para cambiarlo. Y yo no hago todo lo que podría. Intento hacer cosas, pero siempre me doy cuenta de que podría hacer algo más, y esta me parece una causa en la que, a mí al menos, me compensa implicarme al 200%.

Ayer hablaba con una buena amiga a la que llevaba sin ver mucho tiempo. Ella trabaja en el sector tecnológico y, no es porque sea mi amiga, es una profesional como la copa de un pino: inteligente, emprendedora, creativa, comprometida, dinámica, incombustible. Podría seguir poniendo adjetivos, pero voy a parar. Además, trabaja fuera de España, lo cual haría suponer que estaría sometida a menos machismo. PUES NO.

Así que he decidido hacer unas cuantas cosas para ser más y mejor feminista.

1. Hablar BIEN de lo que hacen BIEN otras mujeres. 

Esto no se me ha ocurrido a mí sola, como casi nada, sino que lo dijo mi amiga ayer. Me comentaba que, mientras en el mundo profesional no está mal visto que un hombre hable de sus logros, se mira mal a una mujer cuando lo hace. Por eso es tan importante que nosotras destaquemos las cosas que hacen bien nuestras compañeras y, por qué no, que vosotros también lo hagáis, que a algunos hombres parece que les da sarpullido reconocer que una mujer puede hacer bien el mismo trabajo que ellos hacen.

No me voy a centrar solo en el ámbito laboral. Voy a intentar extenderlo a mi día a día. Voy a intentar reconocer públicamente las cosas que me parece que mis amigas, conocidas, contactos en redes sociales hacen bien.

2. No cuestionar las credenciales o méritos de una mujer cuando no cuestionaría los de un hombre.

Me comentaba que suelen hacerse encuentros entre profesionales para hacer contactos y demás y que, en estos eventos, una mujer solo puede unirse a una conversación cuando ha recitado su curriculum de memoria mientras que, cuando los encuentros son no mixtos, esto no ocurre. ¿Por qué? Porque las mujeres se sienten iguales, pero cuando hay hombres sus opiniones no son tenidos en cuenta a no ser que ellas den algo que les haga creer que merece la pena escuchar.

Fuera de ambientes profesionales también ocurre, sin ir más lejos en el mundo académico. Pero, por supuesto, ocurre también en situaciones más informales. Cuando una mujer dice que le encantan las películas de Tarantino, por ejemplo, puede encontrarse con un examen sorpresa sobre su filmografía. Una afirmación tan inocente provoca que se le ponga a prueba para ver si realmente conoce la filmografía del director y, por tanto, si está diciendo que le gusta con conocimiento de causa o solo para hacerse la guay y parecer importante. Y así con todo.

Así que, a partir de ahora, voy a dejar de cuestionar que las mujeres que están en puestos de responsabilidad lo están porque se lo merecen (salvo que se trate de una situación en la que también dudaría de las credenciales de un hombre) y, como yo no soy muy de "exámenes sorpresa a féminas", voy a afearle esa conducta a quien la lleve a cabo delante de mí.

3. Rechazar el "housekeeping" en el trabajo. 

Me hizo mucha gracia el término. Mi amiga decía que, incluso en el mundo empresarial, las mujeres seguimos siendo las "chachas": cogemos las tareas más ingratas, las que nadie quiere hacer porque, en fin, alguien tiene que hacerlo. A veces es para probar nuestra valía. A veces, porque nos sacrificamos por el equipo, por los clientes, por lo que sea. Y otras veces porque nosotras mismas no llegamos a creernos que merecemos estar donde estamos (entono el mea culpa). Pues se acabó. Es cierto que este año no tengo tanto ese problema, pero voy a dejar de asumir, desde hoy en adelante, tareas ingratas para demostrar que valgo. Haré mi parte, evidentemente, pero se acabó el housekeeping por sistema. Y, por supuesto, voy a intentar señalarlo cuando lo vea.

4. Seguir educando, aunque canse, cabree y a veces duela. 

Esta lucha es una lucha de siglos, y faltan siglos para concluirla, por desgracia. Nuestra única esperanza está, también, en educar. En que las generaciones venideras vean lo que nosotras vemos y un poco más. Y que, así, se evite. A veces una se cansa, porque no hay más ciego que el que no quiere ver, pero no sé, yo seguiré diciéndolo, porque, quién sabe, quizá un día en el futuro, eso acabe calando. Otras veces cabrea, y cuesta no perder la compostura, pero seguiré intentándolo. Y, sobre todo, seguiré venciendo la desesperanza que a veces se me cuela en el alma cuando intento explicar por qué el feminismo sigue siendo necesario.


Ilustración de la gran Lola Vendetta :)



¿Qué os parecen mis propósitos? ¿Os apuntáis a alguno?
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