viernes, 13 de abril de 2018

Juego de espejos.

Tengo temporadas de fijaciones extrañas. A veces me da por las flores. Otras, por las estrellas. En ocasiones por los zapatos. O, como ahora, por los espejos. Me parece poderosa la imagen del reflejo, el espejo, el otro yo que me mira. El otro yo que, a veces, parece independiente de mí, como con vida y personalidad propia.  Ese yo tan peligroso.

Porque la identidad descansa, en buena parte, en la mirada. Propia o ajena. Porque nosotros nos sabemos, nos sentimos, tenemos una imagen de nosotros mismos más o menos definida, pero hasta cierto punto, clara. Y sin embargo, ciertas miradas nos emborronan y dudamos de nosotros mismos. A veces esa mirada es la nuestra y ese instrumento de tortura, el espejo.

Pero hay personas que son espejo. Personas en las que nos hemos visto reflejadas con claridad y que de repente nos devuelven una imagen distorsionada. Y es confuso y hasta doloroso. A veces se nos olvida que los espejos se rompen. Sobre todo, cuando perdemos la referencia.

Y también hay espejos cóncavos y convexos que deforman la imagen. Y creo que esa es la metáfora más acertada: la de una sala de espejos frente a los que pasamos que nos devuelven distintas imágenes, ninguna fiel del todo. Y a veces acabamos por creernos la que más nos duele.

No sé. En eso es lo que estoy pensando últimamente.


martes, 10 de abril de 2018

Haciendo amigos.



Ya sabéis que, a saber por qué razón, estoy como interesada en conocer gente afín a mí y esas cosas. La mejor manera de hacerlo para una persona introvertida como yo, es intentar conocer gente mientras haces cosas que te gustan. Por ejemplo, cuando me apunté a danza oriental esperaba conocer a alguna chavala con la que quedar a tomar un café y compartir algo, no sé. La cosa es que voy a clase de danza con adolescentes y una servidora ya lleva, aunque con dignidad, tres decenas de años encima.

—Bueno —me dije—, habrá que probar con otra cosa.

Y lo dejé estar, porque yo soy muy así, de dejar macerar los pensamientos. O hago las cosas para YA o no las hago.

Pero hace poco me puse muy nostálgica con el tema de los clubes de lectura, porque el año que estuve en uno, allí en el pueblo, me gustó mucho y lo pasé muy bien. Aquí en Córdoba, en septiembre, se abre la inscripción para los clubes de lectura. Hay de todo: de novela (en general y de género), de cómic, de poesía, de ensayo... Y ahora que estoy idiotizada con la poesía pensé: "Joé, ojalá te hubieses apuntado". Pensé en escribir a la biblioteca donde hacen el club de lectura de poesía, pero lo dejé, porque si no hago las cosas en el momento, como ya os he dicho...

Hasta que un día, mientras contestaba correos del trabajo, lo recordé y escribí. Con tal suerte que me contestaron súper rápido diciéndome que había plazas libres y que podía empezar. Me dieron la fecha de la siguiente reunión (hoy) y yo esperé feliz de la vida y de lo más ilusionada porque, quién sabe, a lo mejor conocía a alguien de mi edad, más o menos, a quien le gustase la poesía. ¡Sería maravilloso!

Sí, lo creía en serio. Soy así de gilipollas.

Total, que hoy me he ido toda feliz para allá y me he encontrado con que el club de lectura se componía de dos señoras jubiladas habituales, una nueva, como yo (por nueva, no por jubilada) y la monitora, también mayor. Y una servidora.

Epic fail.

Pero en realidad no. Ni siquiera se me ha pasado ese pensamiento por la cabeza. Porque iba a pasarme cerca de una hora hablando de poesía (o escuchando hablar en este caso, porque me he perdido la lectura de la poesía completa de Alejandra Pizarnik, y me mato) y he sido muy feliz. He recuperado la sensación del club de lectura del pueblo y tengo muchas ganas de volver y charlar con mis compis.

Así que, bueno, ya que hacer amigos no es lo mío, por lo menos, me lo paso bien. Además, el club de lectura está en uno de mis sitios favoritos de Córdoba. Epic Win.


A la salida le he contado a Letraherido qué tal había ido y mi problema calculando actividades "para mi edad". Me ha contestado que "tenemos una edad rara". Y yo le he dicho que no, que la edad es normal, que los raros somos nosotros. Y que, mira, estoy empezando a hacer las paces con ese sentimiento de soledad. A ver si dura.


*se va haciendo la croqueta en modo inepta social*

martes, 27 de marzo de 2018

De las dudas infinitas.




La niña observa su obra desde todos los ángulos posibles, rodeando el castillo de arena, deteniéndose en cada flanco, agachándose para verlo de cerca y dando un paso atrás de vez en cuando para contemplar el conjunto. Toma la pala y derrumba una de las torres. Llena el cubo con los escombros de la construcción recién derruida y los prensa bien. Después, toma el recipiente entre sus dos manitas y se concentra (puede verse que está concentrada porque saca la punta de la lengua por un lado de la boca) unos instantes antes de volcar el cubo en el solar que había despejado poco antes. Vuelve a repetir el proceso: mirar de cerca, de lejos, alrededor...

Su padre la observa desde la distancia y sonríe. No se lo dirá, es muy pequeña para entenderlo todavía, pero cuando la mira le parece mentira que él haya tenido parte en la creación de toda esa magia. ¿De dónde sale esa curiosidad, esa dulzura inagotable, ese inocente sentido común? Suspira. Se imagina cómo será ella cuando tenga la edad suficiente para entender lo que él siente ahora, mientras la mira. Probablemente no sea hasta que ella misma mire a su propia hija jugar en la arena y él no va a llegar a ver ese momento. Ni siquiera podrá decírselo cuando tenga 15 años y se avergüence de su padre.

"Tendré que buscar la manera de hacérselo entender ahora", se dice mientras la niña echa a correr hacia él.

Tira de su mano y, ante la incapacidad de moverlo, se pone detrás y le empuja por la espalda, diciéndole en su propio idioma que corra, que quiere enseñarle su castillo. Con esfuerzo, él se levanta del taburete de plástico y camina hacia la obra de su pequeña. La niña le señala los detalles y le comenta los pormenores de la construcción del foso. Él asiente interesado, intercalando gestos de sorpresa y acaba revolviéndole el pelo y sonriendo.

一Eres la mejor constructora de castillos del mundo mundial.

La niña mira su obra con los brazos en jarras, satisfecha. Mira hacia arriba, hacia su padre.

一¿Piduleta?

El padre asiente y la niña corre hacia las toallas, donde su madre espera custodiando la nevera y las cestas de comida. Mientras, él contempla el castillo y se le escapa una lágrima. Ella no sabe que el mar lo arrasará todo. No puede saberlo. Es mejor que no lo sepa.





*****



Estaba cosiendo cuando ha sonado esta canción en el aleatorio. Ya la había oído, pero no la había escuchado, no le había prestado atención. Me ha hecho pensar en tantas cosas, tan personales, tan... yo qué sé. Que me ha apetecido escribir algo, pero no algo sobre mí, no tengo ganas de hablar de mí. Y esto es lo que ha salido.






Últimamente solo me sale escribir cosas tristes, qué le voy a hacer...


domingo, 25 de marzo de 2018

Heroicidades


Conduce distraída. Le queda más de una hora de viaje, está agotada, podría haberse quedado en casa, durmiendo hasta tarde. Quizá prepararse algo rico para comer y leer un poco. No hacer nada que su cuerpo no le pidiese imperiosamente. Pero estaba conduciendo. Llegaría y tendría que pasar por el mismo trámite de siempre. Sabía que hoy tampoco la reconocería. Hacía ya varios meses que se había perdido en algún cajón recóndito de la memoria de su padre (no soportaba creer que había desaparecido para siempre). A veces, si había suerte, la confundía con su hermana, pero aquello rara vez acababa bien. Así que casi prefería que, simplemente, no la reconociese, que no pensase en nadie al ver su rostro. De ese modo tenía la oportunidad de ganárselo cada fin de semana y, en los días muy buenos, despedirse estrechándole la mano mientras él le daba las gracias por haberse entretenido con él.

Sí, sabía que no la reconocería y que haría la hora y media de viaje de vuelta llorando. Pero seguía volviendo a él. No podía ser de otra manera.






Hace un rato estaba pensando en cosas y he acabado definiendo qué es para mí la heroicidad. La heroicidad puede consistir, en ocasiones, en instalarse en la desesperanza y, aún así, no dejarse vencer por la resignación. No sé. Algo así como que el fin del mundo, aunque anunciado, te pille regando las plantas.
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