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Soneto de desamor propio

Maldita condena de cada estío,
cuando el calor a la carne domina,
cuando someten a nuestra piel fina
al destape, a la angustia y al hastío.

No falla: me deja el corazón frío
el ver, alrededor de la piscina,
lucir esa belleza venusina
enfrentada con este cuerpo mío.

Abrumada entre tal exuberancia,
yo, ballena varada a ras del suelo,
me duelo por cada protuberancia.

Mas ya que en el pecado pongo celo,
tal vez en tal empresa sea ganancia
no tener cuerpo de ángel del cielo.






***

Esta semana he estado leyendo, al borde de la piscina, el libro de sonetos de Sabina y me ha picado el gusanillo. PERO QUÉ JODIDAMENTE DIFÍCIL ES ESCRIBIR UN SONETO, OIGAN. 
Queda ahí mi inspiración piscinera. Que no duela mucho.

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