viernes, 24 de marzo de 2017

El arroz, parte 2.

Hace casi tres años escribí un post en este blog para recordar una fecha especial: el primer día que me dijeron que se me iba a pasar el arroz. Pues bien, hoy, casi tres años después, vengo aquí a hablar, no de lo mismo, pero sí de algo parecido: de mis ganas, posibilidades y expectativas de ser madre. 

No soy una persona excesivamente lanzada hacia los niños, creo. No me encantan. No corro hacia ellos como una loca. Eso no quita, sin embargo, que tenga muchas ganas de ser madre. Bueno, a lo mejor muchas no es la palabra adecuada, pero sí entra en mis planes, sí me gustaría. Hubo una época de mi vida en la que no quería tener hijos, pero pasó rápidamente. Ahora sí quiero. 

Cuando rompí mi última relación, algunas personas se permitieron meter el dedo en la llaga, señalándome que ahora sí que tenía difícil lo de tener hijos. A estas personas les contesté, además sin despeinarme ni pensarlo siquiera, que, por suerte, una mujer con dinero no necesita a un hombre para ser madre. Lo pensaba de verdad. Incluso me había marcado un plazo. Y, tengo que ser sincera, pensaba que esa era la opción más factible: no confiaba en entablar una relación lo suficientemente firme como para decidirme a tener hijos con nadie en el periodo de tiempo que me había marcado. Así que sí, me había propuesto, seriamente, ser madre soltera. 

No es que yo fuese una incauta, sabía que algo así debía de ser complicadísimo, pero confiaba en poder hacerlo. Creía que merecería la pena y que, a pesar de todas las dificultades, iba a poder hacerlo bien. Hoy... Ya no lo tengo tan claro. 

Bueno, sí, lo tengo claro. Hoy creo que sería imposible para mí ser madre soltera y estar medio cerca de sentirme satisfecha con mi desempeño como madre. Pero tampoco creo que lo hiciese bien con compañía. En los últimos tiempos he trabado relaciones más o menos estrechas con madres trabajadoras y veo cómo van por la vida, y yo me siento incapaz de conjugar mi vida laboral ahora mismo con el cuidado de un niño.  Y sí, quizá este año está siendo especialmente intenso, pero no creo que las cosas vayan a cambiar tanto como para que mi opinión cambie. Y, por supuesto, dejar de trabajar no es una opción. 

Así que, de un tiempo a esta parte, pienso mucho en la maternidad y lo hago, sobre todo, para irme haciendo a la idea de que no va a poder ser. Sí, ya sé, aún me queda tiempo, en un par de años las cosas pueden cambiar una barbaridad, etcétera, etcétera. Pero no sé si tanto. 

Supongo que esto me convierte en otra de esas mujeres "egoístas" que ponen por delante su interés personal, que renuncian a tener hijos para tener una vida "cómoda". Eso también me hace gracia. El hecho de que no querer tener hijos no sea una opción válida, como si la procreación fuese un deber inexcusable. Pues no, no lo es. Tenemos derecho a elegir qué hacemos con nuestra vida, simplemente. Pero, sobre todo, tenemos derecho a escoger en una sociedad en la que, en muchos sentidos, la maternidad (la faceta "privada", familiar) y la vida pública (el trabajo, entre otras cuestiones) parecen ser incompatibles en muchos casos. Y si tenemos derecho a elegir, nadie puede culparnos por tomar una decisión o la contraria.

Así que, sí, mucho tienen que cambiar las cosas para que me decida a realizar ese ideal de ser madre que he tenido de un tiempo a esta parte (y dudo que vayan a cambiar tanto). Pero si tengo que elegir, prefiero elegirme. Prefiero avanzar, disfrutar de todo aquello que he conseguido con mi esfuerzo, intentar ser feliz de otra manera (aunque probablemente yo sí note siempre que me quedó algo por hacer). Prefiero eso que mirar un día a una criatura con resentimiento y culparla, injustamente, de lo que no pude hacer, de lo que no pudo ser. O sentir que lo hice todo mal: ser madre, ser mujer, ser trabajadora, ser persona. 

Supongo que habrá quien crea que soy inmadura, infantil, floja o a saber. Puede. Sé que otras mujeres pueden. Yo no sé si puedo llevarlo todo adelante, pero lo dudo. Y se trata de algo lo bastante importante como para no hacerlo con dudas. 

Acabo ya, sin más. Solo quiero decir que admiro profundamente a todas las madres, pero a aquellas que trabajan y crían y cuidan y educan, más aún. No me explico de dónde sacan el tiempo, ni las fuerzas. 

martes, 21 de marzo de 2017

La Bella y la Bestia (2017) y un anuncio.

El domingo estuve en el cine y fui a ver La Bella y la Bestia. Me lo merecía, después de las dos semanas que llevaba y la que me esperaba (la que estoy teniendo). Además, quería verla en VOSE, y me temía que no aguantaría mucho en cartelera. Total, que el domingo, en la sesión matinal, allí estaba yo, bien provista de pañuelos, que sabía lo que iba a pasar. 



Os pongo en antecedentes: La Bella y la Bestia es mi película favorita de la infancia. Es, de hecho, la primera película de la que tengo recuerdo. Me la alquiló mi madre en una librería-papelería-videoclub que había en mi pueblo, la vi y me encantó. Y al fin de semana siguiente pedí que me la alquilase. Y al siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Hasta que mi madre se plantó y dijo que ya estaba bien de alquilar la misma película todos los santos fines de semana. Tanto me gustaba.

Siempre me he identificado con Bella: una letraherida, rara, solitaria, incomprendida... Pero yo, encima, fea. Y esta tarde, en un momento de evasión (mi cuerpo estaba en el trabajo, mi mente ya no aguantaba más allí) he acabado pensando que siempre he tenido debilidad por las bestias, ya sea en un sentido o el otro, pero en fin, que ni caso, que estoy un poco ida. Además, al final, la rara encontraba a alguien que la entendía, la belleza estaba en el interior, los desahuciados encontraban su sitio y bla-bla-bla. Me encantaba. Hasta en mi época de odio a los finales felices seguí respetando ese final.

Así que, eso, que era mi película favorita y tenía mucho miedo de que la rompiesen, pero iba con cierta confianza de que eso no iba a ocurrir. Y creo que no ha ocurrido. Creo, incluso, que la han mejorado en algún aspecto (aunque me ha sobrado alguna canción, pero bueeeeno). Pero como yo de cine no entiendo un carajo, solo os diré que me pasé la película llorando, y que me vino bien, porque telita qué días llevaba. Me emocioné un montón, me gustó mucho, y aún lloré a la salida, recordando la película. 

Me gustó volver a la infancia ahora que la veo tan lejos, ahora que me siento empujada hacia adelante y que siento que tengo tan poco tiempo para mí, para hacer lo que quiero. En fin, que os la recomiendo, es una buena película con la que pasar el rato, visualmente me pareció una maravilla y, bueno, no voy a decir nada más porque no puedo ser objetiva.



En otro orden de cosas, ayer en el post dije que tenía que hacer un anuncio triste. Quería dedicar un post, pero para que la gente no se me alarme, lo pongo aquí, en breve, y ya está. Hace algo más de un año anuncié aquí que iba a publicar una novela con la editorial 2deLetras. Muchos os alegrasteis por mí y os habéis interesado por el proyecto durante este tiempo. Algunos, los maś cercanos, habéis estado algo más enterados, pero la mayoría no, porque no me resulta fácil hablar del tema. Por circunstancias tristísimas, mi proyecto no pudo salir adelante. Estuvimos trabajando en él (no puedo dejar de agradecer a Verónica y a Diana su implicación y, especialmente a Diana, su paciencia y buen hacer), pero cuando la partida de una de las almas de la editorial truncó, entre otros, este proyecto. La cosa es que ayer me remitieron los documentos diciendo que, ya que no se pudo cumplir el contrato, me devuelven los derechos de mi obra. Así que nada, un sueño que se me murió en los brazos. Ya decía yo que era demasiado bonito para ser verdad...

Y sí, ya sé que puedo intentarlo de nuevo, pero no será con esa novela. Para mí está impregnada de muchas cosas negativas. Así que nada: de momento no voy a ser escritora.

(Y si las cosas siguen así, ni de momento ni nunca... >_<)

En fin, eso es todo. Voy a dejarme caer sobre la cama.

¿Me dais abrazos, porfi? Hoy me hacen falta.


lunes, 20 de marzo de 2017

Libro: Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero.


¡Wooooooo! ¡Una reseña! ¡Ueeeee! 

Bueno, no os emocionéis mucho, que estoy medio dormida y esto va a ser, con toda seguridad, una basura. Pero hoy necesito hacer algo por gusto, y ya ayer me quedé con ganas de escribir en el blog (y eso que el post de ayer iba a ser bien ñoño y bonito, de esos que os gustan...), así que, allá voy. 

¿De qué va el libro? 

Historia del Rey Transparente es, en realidad, la historia de Leola, una mujer campesina −más bien una niña al inicio de la novela− que, por avatares de la vida, acaba convirtiéndose en caballero y en muchas más cosas en un medievo en el que, ni qué decir tiene, su sitio era otro bien distinto. 

Hablando del libro...

Adoro a Rosa Montero. Ya puedo decirlo. No he leído todo lo que ha escrito, pero la adoro. Si no hay que idolatrar a una mujer que inicia un libro así, A VER QUÉ. 


En serio, genial. En cuanto empecé el libro y me encontré con eso, me enganché. Me encantan los personajes femeninos de Rosa, esas mujeres fuertes y humanas (incluso cuando no lo son), verdaderas heroínas (incluso cuando no lo son). Sin embargo, aunque no me hubiese quedado prendada del libro en ese mismo momento, no habría tardado mucho en hacerlo, pues la novela es muy entretenida, llena de acción, aventuras, idas y venidas. La verdad es que, para lo poco y mal que estoy leyendo últimamente, he leído Historia del Rey Transparente con avidez y ganas y lo he disfrutado tanto como el agotamiento me ha dejado.

De nuevo me ha pasado con este libro, como con algún otro libro de Rosa Montero, que lo importante no es el destino, sino el camino. No esperéis un final epatante, la mayor parte de las vidas no lo tienen. Se trata simplemente de la historia de una mujer con unas vivencias extraordinarias, que no es poco. ¿Lo mejor del libro? A parte de la ambientación, las subtramas y demás, lo que más me ha gustado es la manera en la que se retrata el crecimiento de Leola. Se hace de una manera tan natural que no somos realmente conscientes de su evolución, o yo al menos no lo he sido, hasta que no vuelve a encontrase con su pasado. Me ha gustado mucho, muchísimo. Y lo mismo digo de ese toque de magia que no sabemos hasta qué punto es real. Yo quiero creer que lo es. Hoy necesito creer en la magia.

En fin, que un libro muy recomendable, con sustancia, pero al mismo tiempo ameno. ¡A leerlo!

Os dejo un trocito...

Y también dice Plinio: "Dios significa para un mortal ayudar a otro mortal, y ése es el camino para la gloria eterna". Y este Dios me gusta, le comprendo. Es mejor que el Dios del santo Job, como decía la Duquesa el otro día. Todos estos libros, lo noto, me están cambiando por dentro. Yo no podía imaginarme que esto de leer era como vivir. 

En resumen, este libro...

Ahora voy a empezar, si el agotamiento me lo permite, Tan poca vida, que me lo recomendó mi querida profe. A ver si puedo leer algo antes de caer rendida.

¡Muá!




PD: Os echo de menos, y echo de menos esto, y me pongo muy triste :(
PD2: Tengo un anuncio triste que hacer, bueno, al menos para mí es triste, creo que para el bien del universo es una gran noticia, pero hoy ya no tengo fuerzas. Ya encontraré el momento.
PD3: El domingo fui a ver La Bella y la Bestia, y quiero fangirlear mucho, pero no tengo tiempo, y sufro.
PD4: Me encantaba tener un blog :(

jueves, 16 de marzo de 2017

Perdona.

Soy fuerte, casi invencible. No hay nada que me asuste más de un instante. Nada me lastra. No me cuesta pasar página. No me arrepiento de nada: estoy segura de que lo he hecho todo bien. No me importa lo que esperen de mí, no me importa lo que piensen de mí, no me importa decepcionar. Lo estoy llevando bien. Todo. Estoy contenta con lo que soy. Estoy feliz de ser como soy. Sé que soy suficiente. Más que suficiente. No estoy triste. No lloro. No me duele. 

Perdona, esto no iba aquí: cambio tanto de máscara a lo largo del día que me he confundido. 
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