miércoles, 22 de febrero de 2017

De buenos y malos.

Hay ocasiones en las que las circunstancias favorecen las confesiones entre profesores y alumnos y, sobre todo, entre alumnos y profesores. Son situaciones en las que las barreras del aula bajan un poco y las distancias, no tanto físicas como simbólicas, se reducen. Algunas de estas situaciones son, por ejemplo, las excursiones. 

Yo pensaba que este año no iba a ir a ninguna excursión. Desde luego, ganas no me han dado. Pero mis muchachos y muchachas me lo pidieron y yo a ellos no les puedo negar nada, así que accedí. Y claro, en esa excursión una coincide con otros alumnos que también van y se entera de muchas cosas. 

Por ejemplo, una se entera de que sus alumnos están muy interesados en saber si tiene o no pareja, pues le han buscado un novio potencial y están intentando mover fichas, así como quien no quiere la cosa. Por ejemplo, me han ofrecido la cuenta de Twitter del susodicho, para que le eche un ojo.  Desde luego, no están haciendo las indagaciones cara a cara. Estos alumnos le han preguntado a su tutora, claro. Resulta que me vieron con un chico el otro día y quieren saber si hay algo o solo es un amigo. Y la pobre tutora, que no sabe por dónde salir, viene y me lo cuenta, entre muerta de risa y un poco picada por la curiosidad. Hay que ver.

En una excursión, por ejemplo, también puede ocurrir que a una se le "declaren". Así, tal cual. Que le griten "Profesora, te amo" porque una ha hecho un comentario de lo más normal sobre un grupo de música o porque ha mencionado un meme de Internet. Estas cosas pasan. 

O, en una excursión puede ocurrir que una se lleve alguna sorpresa. Puede que unos alumnos, ante las quejas de una sobre el comportamiento de algunos de sus compañeros le digan: "Pues a nosotros nos han dicho que eres muy buena en esos grupos. Dos personas distintas, además. Y qué personas..." Una no pregunta, porque sabe que se lo van a contar igual, o quizá con más motivo si no pregunta. Y se lo cuentan. Y le citan a dos piezas de museo de esas que no sabes qué hacer con ellas. Dos miembros del cuerpo estudiantil -por decir algo- que siempre están metidos en problemas, que contestan mal a los profesores, que no saben comportarse en un aula y a los que, por consiguiente, siempre se les está echando la barrila. Una servidora, también. Más de lo que le gustaría. En esos grupos tengo que entrar con cara de haber mordido un limón pasado y de mala leche. Y si no entro así, no pasan 15 minutos sin que me haya puesto de mal humor. No me gusta, pero es lo que hay. Y aún así dicen que soy buena... 

No me lo esperaba, desde luego, pero ya que piensan así, no estaría mal un poco de reciprocidad... 


miércoles, 8 de febrero de 2017

Lo que estoy viviendo.

El fin de semana pasado estuve en un concierto de música clásica. Tocaba la Orquesta Joven de Córdoba en un concierto para celebrar su quinto aniversario. En cuanto sonaron las primeras notas del Concierto para flauta de Mozart casi lloro (pude aguantarme) y el resto del concierto me lo pasé como una niña pequeña disfrutando del momento, feliz, feliz, feliz. Y más feliz. Lo recuerdo y se me escapan los suspiros.

Estoy intentando disfrutar de lo que es vivir en una ciudad tanto como puedo. Por ejemplo, lo del concierto habría sido tan difícil el año pasado... Pero este año lo vi en Twitter y, casi sin pensarlo, compramos entradas. ¡Qué bonito es vivir en una ciudad tan viva como Córdoba! 

Habrá quien diga que Córdoba no es una ciudad viva, pero es que yo sí sé lo que es vivir en un lugar muerto...

No sé si os acordáis de que estuve diciendo que si me sacaba la plaza en Andalucía iba a tener que comprarme un traje de gitana. Pues bien, ya lo tengo. Yo, que soy muy fan de los trajes regionales y todas estas cosas, el primero que tengo es un traje de gitana, siendo manchega. Tiene narices la cosa.  Pero estoy muy contenta, es que veo un volante y vamos, me vuelvo loca. Dudé mucho, pero me alegro de haberlo comprado. Qué contenta estoy de vivir aquí, cómo me está gustando Andalucía...

Vaya, andaluces, que os vayáis acostumbrando a mi presencia, que de aquí no me sacáis, vamos. 

Y ahora me voy a la cama, que estoy muerta de cansancio acumulado y, además, mañana va a ser un día importante... Me dormiré sonriendo, pensando en todo lo que estoy viviendo. 

Qué afortunada soy. 

¡Mua! 

jueves, 2 de febrero de 2017

Gracias por tu vida.

Hace tres días una amiga de mi familia recibió una llamada esperada durante mucho tiempo. Le pedían que se fuese rápidamente para el hospital: había unos pulmones para ella. Supongo que intentó contener la emoción y controlar los nervios. Al fin y al cabo no era la primera vez que la llamaban y en la ocasión anterior todo había quedado en nada. Los médicos prefirieron no arriesgarse y esperar a tener mejores opciones. 

Pues bien, se ve que el momento llegó, porque esta vez sí, le hicieron el transplante. Todos lo que la conocemos estábamos pendientes de ella, de su operación y del resultado. No es para menos: es una persona vital, alegre, positiva, con ganas de salir adelante a la que un día, sin saber muy bien por qué, empezaron a fallarle los pulmones. Ha pasado muchísimo tiempo pegada a una máquina de oxígeno, con la casa llena de tubos, incapaz de salir a pasear o, en los últimos tiempos, incluso de preparar un café cuando alguien iba de visita a su casa. 

Cuando ayer pregunté a mi madre por ella me dijo que ya estaba respirando por sí misma, que los pulmones nuevos estaban funcionando al 100% y que todo el mundo estaba como loco de contento con el milagro.

Sí, bueno, milagro. Depende, claro. El milagro de la ciencia y de los avances médicos. El milagro de una sanidad pública que nos atiende. Y, sobre todo, el milagro de esa persona (o de sus familiares) que decidió que su vida no iba a perderse, que iba a ir a otra persona. O a otras. 

Seas quien seas, gracias por tu vida. 
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