sábado, 29 de octubre de 2016

Lo que no dicen las estadísticas.


Este relato forma parte de mi antología historias minúsculas, escrita durante el NaNoWriMo 2015. Podéis descargarla gratis aquí


La vida de mi madre fue una de esas vidas normales y corrientes en las que nadie repara. Mi madre se casó joven, como era costumbre, tuvo tres hijas, que era lo que estaba bien visto en la época (aunque tuvo que aguantar durante muchos años que le preguntasen si no iba a ir a por el niño, como si mis hermanas y yo no fuésemos suficiente), soportó a su marido mientras Dios tuvo a bien mantenerlo en la Tierra (y fue demasiado tiempo), nos dio todo lo que pudo y nos crió tan bien como supo. Vaya, lo que hacen millones de mujeres alrededor del mundo. No sé cuántas exactamente, no hay un recuento de mujeres luchadoras de batallas cotidianas. Hay muchas cosas importantes que no se cuantifican. Mi madre era importante y de no ser por el maldito cáncer no habría aparecido en ningún recuento. De todos modos, habría preferido que así fuese.

La enfermedad de mi madre fue larga y tortuosa, de esas que no salen en la televisión. Me alegro mucho cuando veo a una superviviente de cáncer de mama en televisión contando su historia, de verdad. Lo que lamento es que, a la vez, se oculte lo que hay detrás de esa larga guerra en la que se ganan y pierden batallas cada día. A lo mejor es hasta contraproducente. No sé qué habría pensado mi madre de ello, pero yo creo que si no tuviese pelo, apenas pudiese mantenerse en pie, no tuviese apetito y me viese hecha un guiñapo, al ver a esas bravas mujeres victoriosas me creería condenada. No creería que fuese posible para mí recorrer ese camino. Quizá es que yo soy tremendamente pesimista. 

Mi madre, de hecho, casi llegó a ser una de esas mujeres victoriosas. Había casisuperado, como ella decía, el cáncer. Nosotras creíamos que había vencido. Tanto es así que la acompañamos a su última consulta, las tres. Tenían que hacerle unas pruebas que ya eran para ella prácticamente rutinarias. En las últimas ocasiones todo había salido bien y, si esta vez se repetía el resultado, le darían el alta. Al salir del médico, convencidas de que aquella pesadilla se había acabado, la obligamos a celebrarlo. Fuimos a comer las cuatro, tomamos postres hipercalóricos y fuimos al cine juntas. Supongo que nos habíamos convencido de que aquello no era para tanto, no para mi madre, después de lo que había pasado. Un bultito de nada, que además le habían podido extirpar sin complicaciones, no iba a acabar con ella. 

Y no, no fue ese bultito. Lo que no nos cabía en la cabeza es que, después de tanta lucha, tuviésemos que volver a empezar, y esa vez con el “más difícil todavía”. La llamaron al día siguiente para citarla de urgencia esa misma mañana en el hospital. El cáncer se había reproducido. 

A partir de entonces todo fue una espiral de citas, tratamientos, quimioterapia, radioterapia, la dichosa mastectomía, la repetición de ciclos, los intentos a la desesperada... Entretanto, mi madre se apagaba. Me gustaría decir que poco a poco, pero no fue así. Antes de que pudiésemos darnos cuenta apenas quedaba una sombra de lo que ella era. 

Para colmo de males, me quedé embarazada. No sabía qué hacer: no estábamos para celebraciones y no quería adelantarme a los acontecimientos, por si pasaba alguna desgracia. Pero si me callaba me arriesgaba a que mi madre nunca supiese que iba a tener un nieto o una nieta. Así que se lo dije. Y ella respondió:

—Eso es una señal. Dios no se me puede llevar sin que conozca a tu bebé. 

Sonreí, y fue la sonrisa más triste que he esbozado en mi vida. Recuerdo salir de la habitación del hospital y alejarme a todo correr por el pasillo para desmoronarme cerca de los ascensores. “¿Y si te equivocas, mamá?”, me repetía para mis adentros una y otra vez. Y mi madre se equivocó.

Por suerte, si es que puede decirse algo así en estos casos, pudimos disfrutar de las últimas horas de mi madre, ella incluida. Las últimas semanas habían sido terribles. Mi madre apenas podía soportar el dolor a pesar de los analgésicos, así que los médicos optaron por sedarla, de modo que pasaba la mayor parte del día entre sueños y, cuando despertaba, a veces no sabía dónde estaba o ni siquiera nos reconocía. Pero aquella tarde del 14 de abril fue distinta. Mi madre abrió los ojos, nos miró una por una, y sonrió. 

—¿Cómo os ha ido el día, niñas? 

Lo preguntó como si nada, como si estuviese en la cocina y acabásemos de llegar del colegio. Fue tan extraño y familiar a la vez que nos echamos a reír sin poder evitarlo.

—La verdad es que no ha sido gran cosa. Hemos estado mirándote dormir, que estás hecha una perezosa —respondió mi hermana pequeña.

—A ver si una no va a tener derecho de echar una cabezadita de vez en cuando... —replicó mi madre, siguiendo la broma. 

Parecía increíble que estuviese de tan buen humor cuando los médicos nos habían dicho que debíamos prepararnos para el final. Quizá la muerte no es tan inmisericorde y decidió hacernos un regalo. Pasamos la tarde charlando y riendo, recordando anécdotas y travesuras, reviviendo tiempos mejores. Ya había oscurecido cuando mi madre nos pidió que nos sentásemos en su cama. 

—No, tú no —me dijo cuando me senté a su lado, con mis hermanas—. Tú siéntate aquí, a mi lado. 

Obedecí. Mi madre recostó su cabeza al lado de mi vientre, ya abultado, y lo rodeó con su brazo débil.

—¿Me haríais un favor? —preguntó.

—Claro, mamá. Lo que quieras —respondió mi hermana mediana. 

—¿Cantaríais para mí? Como cuando erais pequeñas.

No quiso decir “como cuando nos encerrábamos en el baño y os obligaba a cantar para que no oyéseis a vuestro padre insultarnos y amenazarnos”, pero todas sabíamos a qué se refería. Cuando estábamos solas en casa mi madre nos enseñaba sus canciones favoritas. Neil Sedaka, Louis Armstrong, Frank Sinatra, … Y cuando mi padre llegaba borracho a casa ella gritaba, con voz temblorosa:

—¡Niñas! ¡Hora del ensayo!

Nos recluíamos en el cuarto de baño, donde ella ya tenía preparado un radiocassette, y cantábamos y bailábamos mientras ella nos dirigía.

Debo reconocer que la petición nos pilló por sorpresa. Hacía muchos años que no cantábamos, seguramente habríamos olvidado las canciones. Pero entonces mi hermana pequeña comenzó a cantar:

I love, I love, I love my calendar girl, yeees, sweet calendar girl...

Sonreímos. Era nuestra canción favorita. Hasta teníamos una coreografía. Poco a poco nos fuimos uniendo y animando, alzando más la voz y cantando con más energía:

Yeah, yeah, my heart is in a whirl, I love, I love, I love my little calendar girl, every day, every day of the year.

Mis hermanas incluso se animaron a levantarse y bailar. Mi madre agitaba los brazos como una directora de orquesta al ritmo de una música inexistente hasta que la pudo el agotamiento. Con los ojos cerrados, continuó murmurando la letra de “Calendar girl” de Neil Sedaka. Yo le acariciaba la mejilla. Acabamos de cantar sonriendo pero con los ojos encharcados en lágrimas. 

—Podríamos haber sido las Andrews Sisters de Cuenca, ¿eh, mamá?

Pero mi madre ya no contestó. Todavía tenía la sonrisa dibujada en sus labios. Recuerdo que entonces no lloré. Pensé que, ya que tenía que irse, estaba bien que hubiese tenido un final dulce. 

La primera vez que lloré por ella fue semanas más tarde, cuando en un informativo hablaron del número de muertes por cáncer de mama, cuando sentí que la muerte de mi madre no era más que un dato en una terrible estadística, cuando caí en la cuenta de que eso era lo que iba a quedar del final de su vida si no hacía nada para remediarlo. 


Por eso escribo esta historia.

***

Hoy me he puesto nostálgica. Echo de menos el blog, echo de menos escribir, veo que este año mi NaNoWriMo va a ser una patata... y me pongo triste. Así que he sacado este relato de la antología y lo he pegado aquí, para aliviarme un poco. 

Ains. 

domingo, 23 de octubre de 2016

¿Cuánto hace que...?

Visto el impacto de la pregunta final del post de ayer, hoy vuelvo a la carga, pero multiplicado. Para que pensemos todos un poco y veamos hacia dónde hay que mover los muebles de nuestra vida. Ea. 

¿Cuánto hace que...

  • no te haces un regalo?
  • no te dedicas tiempo?
  • no ríes hasta que te duela la tripa o los mofletes?
  • no te dicen que te quieren?
    • no te dicen que te quieren y te lo crees?
      • no te dicen que te quieren, te lo crees y eso te hace estremecerte?
  • no duermes desnudo/a?
    • no duermes desnudo y abrazado/a a alguien?
  • no duermes hasta tarde?
  • no te dicen una cursilada?
    • no te dicen una cursilada y sonríes?
Vale como cursilada que te digan que prefieren tus besos a las chucherías, por ejemplo.

  • no visitas un sitio en el que nunca antes hayas estado?
  • no te pierdes en una ciudad?
  • no conoces a alguien?
  • no haces algo que te dé miedo?
  • no bailas?
  • no cuentas un chiste?
  • no te emocionas con un poema, una obra de arte, una canción...?
  • no aprendes algo?
  • no haces el amor?
    • no haces el amor con ganas?
  • no sueñas?
  • no dices una de esas verdades que te aprieta el corazón?
  • no saltas al vacío?

Ya veis que a mí es mejor no darme cuerda.

En fin, voy a preparar la bolsa. Mañana, a primera hora, vuelvo a mi casa. 

¡Besos fuertes! 


PD: Vosotros también podéis proponer preguntas, faltaría más.

sábado, 22 de octubre de 2016

Al mal tiempo, besos.

Volvía de llevar a mi madre a casa de mi abuela con el coche. La tarde era gris, fresca, amenazaba lluvia. No había ni un alma por la calle. Bueno, miento, un grupo de niños desafiaba al cielo jugando a la pelota en medio de la calle, pero ya se sabe: de pequeños nos creemos invencibles. 

A parte de ellos, nadie más, salvo una pareja, apoyada en un coche aparcado en una esquina. Supongo que también se sentían invencibles. Sí, eran jóvenes, pero también estaban enamorados. Lo sé. No los conozco, no sé cómo se llaman ni cuánto tiempo hace que se conocen o que salen juntos, pero se quieren a rabiar. He podido verlo en cómo se besaban. Ella cogía la cara de él con ambas manos y lo besaba con ansia, como si el tren fuese a marcharse y él tuviese que irse sin demora. Por supuesto, no había ningún tren. Él tenía las manos puesta a los lados de la cintura de ella, y apretaba con los dedos, como si tuviese miedo de que ella fuese a volarse, pero juraría que tampoco hacía viento. 

He pasado a su lado y ni se han inmutado, tan perdidos estaban el uno en el otro. 

Y a ti, ¿cuánto hace que no te besan así?

viernes, 21 de octubre de 2016

Mi depresión posparto.

No, no soy madre, pero el otro día exploté en Twitter y conté mis penas y alguien me acabó llevando a este símil. Os pongo al día.

Hace algún tiempo que estoy regular. O mal, vaya. Desde luego, no estoy tan bien como esperaba, y eso me hace sentir todavía peor porque, ¡joder!, no tengo motivos para estar mal. Así que hablando de esa sensación y de lo fatal y culpable que me hace sentir, Violeta me dijo que era la depresión post-oposiciones, a lo que Atenea añadió:


Violeta estuvo de acuerdo con ella. Parece que después de ganar una plaza todo tiene que ser alegría, que se te resuelve la vida y todo es maravilloso. Todos los opositores hemos hecho listas con las cosas que íbamos a hacer cuando sacásemos la plaza. Yo, sin ir más lejos, iba a leer un montón en todo el tiempo libre que me dejasen las opos, iba a aprender corte y confección, iba a sacarme el C1 y, además, iba a viajar un montón. Y mirad, lo más parecido que he hecho ha sido, en el primer puente que he pillado en el curso, venirme al pueblo: cuatro horas largas de venida y otras tantas para volver, para ver a mi familia, a mi gato y dormir en mi cama tres noches. Que no está mal, a ver, pero no es nada exótico ni espectacular. 

Así que, después de la plaza, la vida sigue, no demasiado distinta a la que tenía antes pero, al mismo tiempo, muy diferente: ciudad nueva, centro nuevo, casa nueva, rutinas nuevas... Y, por si eso no fuera suficiente, situación sentimental nueva, después de muchísimo tiempo. 

Total, que todo es distinto pero, en el fondo, casi nada ha cambiado significativamente. No sé si me explico. Y supongo que eso, unido a lo de darme cuenta de que esa vida maravillosa que me imaginaba no va a ser tan así, pues me tiene un poco de bajona. No doy saltos de alegría. De hecho hay días en los que me cuesta trabajo y amor mantenerme en pie. 

Al parecer, la depresión post-plaza es algo real. Le pregunté a Violeta si dura mucho, y me sentí muy identificada con sus tuits, así que creo que ya estoy diagnosticada. Ya sé lo que me pasa. Más o menos. No niego que hay alguna que otra circunstancia agravante en mi caso. Pero vaya. 

Os dejo sus tuits, por si a alguien le son de ayuda:






Y en esas estamos, intentando capear el temporal. Estoy determinada a que este par de días, a parte de servirme para curar el resfriado, me sirvan para poner todo un poco en perspectiva. Espero volverme el lunes a Córdoba un poco más serena y más zen, sabiendo que no hay nada que pueda cambiar mi vida radicalmente, que no hay fuegos artificiales, que tengo que contentarme con las pequeñas cosas. Y hay muchas pequeñas cosas. Muchísimas. Así que, ea, a seguir viviendo y a seguir encontrando la magia en lo cotidiano, que eso se me solía dar bien.

Ahora voy a meterme en la cama y a dormir, que no haber dormido casi + día duro de trabajo + cuatro horas y pico de coche + catarrazo es más de lo que puedo soportar con alegría xD





PD: Por cierto, el concierto de Ismael Serrano GENIAL. Mejor que el de Valencia y todo. Y cantó "Ojalá". Y yo estaba allí. Y *____*.


lunes, 17 de octubre de 2016

Retratos a tiza (IV)

Me dejé muchos retratos a tiza sin hacer de mis alumnos del curso pasado. No descarto hacerlos, porque los recuerdo como si no me hubiese ido, pero hoy toca hacerle un retrato breve a un alumno nuevo, de los de aquí. Quiero atesorar los buenos momentos, las partes bonitas, que este año están escaseando más. 

Tengo un alumno que es lo más bonito del mundo. Es pequeñín, no solo porque está en 1º de ESO, que también, sino porque es bajito. Además, cuando le miro a la cara veo todavía la inocencia de un niño de colegio. 

Tiene la piel morena y los ojos oscuros, vivos y brillantes. El cabello, también oscuro, siempre va peinado hacia un lado, pero sin gomina ni nada por el estilo, con unas ondas naturales preciosas. Y cuando mi niño sonríe, se ilumina el mundo. Es de lo más bonito que pulula por este instituto, os lo prometo.

¿Por qué es él el primer alumno al que le hago un retrato este curso? Porque me ve. Parece una tontería, pero a veces me siento una autómata en la clase porque me da la sensación de que es así como me ven muchos de ellos. Pero él no, mi niño no. Mi niño, desde el primer día, ha hecho un gesto maravilloso: se ha despedido personalmente de mí. 

Sí, así es. Cada día, al acabar nuestra clase (que es la última del lunes), mi niño se acerca a mi mesa mientras recojo y, cuando lo miro, me dice, con esa sonrisa preciosa:

-Hasta el lunes que viene, profesora.

Y yo sonrío también (no puedo evitarlo) y le contesto lo mismo.

-Hasta el lunes que viene.

La semana pasada me costó un enfado conmigo misma. No me sabía su nombre. No he podido aprenderme los nombres ni de una mínima parte de mis alumnos. Son muchísimos, y a la mayoría los veo solo una vez a la semana. Pero tenía que saberme su nombre. Así que hoy, mientras pasaba lista, me he quedado muy pendiente hasta que he llegado a él.

Así, cuando, como todos los lunes, se ha despedido de mí, he podido hacer lo propio llamándole por su nombre. 

¿Y sabéis qué? Que se le ha agrandado la sonrisa. 

Y ese es el retal colorido del día de hoy. 

domingo, 16 de octubre de 2016

Otro #NaNoWriMo que no, pero sí.

Sí, ya sé. Que estoy loca. Que lo digo todos los años. Si es que no estoy bien de lo mío, es verdad. Pero mirad, aquí estoy, dispuesta a volver a intentarlo (no sé si a conseguirlo, pero eso es lo de menos, supongo).

El otro día, en mitad de una conversación, me vino el pronto: 

-Podría escribir de historias de desamor. Sí. Desamor. O no... Algo más general, para no limitarme tanto. Historias sobre despedidas. Sí. Eso. Historias sobre despedidas. 

-Ea, pues ya está -me contestaron con cara de: "Bueno, esta tía está como una cabra". 

Y lo estoy, porque hace mil años que no me paso a comentar blogs, prácticamente no actualizo este, no tengo tiempo para casi nada, y cuando tengo un momento libre el cuerpo me pide salir y pasear por Córdoba (que para eso es tan bonita) o relacionarme con gente de carne y hueso, que es algo que no he hecho demasiado en los últimos años. Pero quiero intentarlo. Quiero ver hasta dónde llego. Sé que alcanzar las 50000 palabras este año va a ser muy difícil, pero bueno, ¿qué pasa si me quedo en 30000? Pues nada. 

También es cierto que el año pasado, con el trabajo y las opos, me decía que iba a ser imposible llegar. Y pegándome buenos tutes durante los fines de semana, llegué. Este año, quién sabe, puede que también llegue. 

Total, que sí, que estoy como una chota, pero que el NaNoWriMo es una experiencia que me encanta y que quiero intentarlo. Además, ¿quién sabe? Quizá este año pueda ir a algún Write-In o cosas así, y reunirme con otros locos aquí, en Córdoba, que es algo que no he podido hacer los dos años anteriores. 

Esa noche, al volver a casa, me puse a registrar el proyecto en la web del NaNoWriMo y a hacer una portada. Puede parecer una tontería, pero tener una portada me ayuda a motivarme. Acabé a las dos de la madrugada el viernes. Sí, además de estar como una cabra, soy un poco maniática: sabía que no me dormiría si no la acababa. 


Pues eso. Ahí está. Una antología de relatos que se llama En el último trago. El título me vino así, como muy de repente, como en un fogonazo y, evidentemente, en forma de canción. 


Así que ahí estamos, buscando inspiración. El año pasado me ayudasteis un montón, así que voy a atreverme a pediros ayuda de nuevo. Os pido que me deis ideas que puedan servirme para escribir relatos sobre despedidas (no necesariamente entre personas), puntos y final, esas cosas. Me vale una idea vaga, una idea más concreta, el inicio del relato... ¡Lo que se os ocurra! No prometo utilizarlos todos, pero lo intentaré. Y, como el año pasado, os mencionaré en cada relato que hayáis ayudado a crear. 

El producto final será una antología, como lo fue historias minúsculas, que montaré en ePub y PDF y pondré a vuestra disposición gratuitamente, para quien quiera torturarse leyéndome, probablemente alrededor de Navidad. Y si no llego a las 50000, pues publicaré lo que haya. Si es muy poco, en post en el blog. Si es algo más, pues haré igualmente el archivo ePub :) 

Bueno, ¿qué? ¿Me echáis una mano? Podéis dejar vuestras ideas en comentarios, escribirme un email... Lo que queráis :)

¡Gracias de antemano! 


jueves, 13 de octubre de 2016

Lecciones para sordos.

No quería a nadie. Nunca llegué a dilucidar si porque no podía o porque no sabía. 

Se enamoraba mucho, eso sí. Cada una de sus amantes era la mujer de su vida durante unos días, unas semanas o, en el mejor de los casos, unos meses. Durante ese tiempo eran perfectas, ángeles sin alas, la virtud hecha carne, pero poco a poco aparecían los fallos, las imperfecciones: una no tenía inquietudes (al menos no las que él creía que tenía que tener), otra era demasiado superficial (aunque semanas antes esa preocupación por su aspecto le había parecido algo que admirar), otra era demasiado cariñosa, otra demasiado fría y a una, os lo prometo, la dejó porque no podía soportar la forma de sus cejas, después de tres meses saliendo juntos. 

Pensaba que lo había superado con la última de ellas, quizá porque, aunque tenía alas, no era un ángel. Recuerdo cómo me hablaba con fascinación de aquella pelirroja menuda que había llegado a su vida para ponerla del revés. Creí de veras que iba a ser diferente. De hecho, tardó bastante en encontrarle pegas. Pero lo hizo, y justo empezó por aquello que la hacía tan especial: sus alas. De repente no podía soportar su risa desenfadada, sus comentarios irreverentes, su espíritu indomable. "Pero la quiero", se decía, así que intentó atarla para que perdiese la costumbre de volar. 

Un día ella rompió la cadena y se marchó. Él me dijo que, antes de alejarse, aquella zorra murmuró que "ojalá hubiese aprendido a amar". 

-"Podríamos haber sido muy felices si hubieses aprendido a querer", dijo, la muy guarra. Como si ella se mereciese mi amor... Como si no hubiese dejado claro que era una puta...

No había entendido nada. Ella no se refería a sí misma. Y, además, tenía razón. 





jueves, 6 de octubre de 2016

Libro: Mort, de Terry Pratchett (Mundodisco #4)


Una buena manera de empezar con buen pie con alguien es regalarle un libro. Si, además, es un libro que te gusta mucho y que crees que a esa persona le puede gustar, pues mejor que mejor. Este libro va a ser especial (ya lo es), porque es el primero que me ha regalado una persona maravillosa, porque es el primer libro en papel que ha entrado a mi casa de Córdoba y porque ha sido el libro con el que me estreno con Pratchett a solas :) 

¿De qué va el libro?

Mortimer es un joven soñador y despistado a quien le toca en suerte una inesperada tarea: convertirse en aprendiz de la Muerte y aplicarse en liberar almas de su envoltura carnal. La verdad, Mort no está demasiado capacitado para ello, y en una de sus primeras visiones, liberar el alma de una atractiva princesa que está a punto de ser asesinada, decide en su lugar "liberar" el alma del asesino, interfiriendo así en los designios del Destino y provocando el consiguiente desaguisado. Por su parte, la Muerte, habiendo delegado buena parte de su trabajo en Mort, se dedica a beber, jugar a los dados y embarcarse en enrevesadas reflexiones filosóficas...

Hablando del libro... 

¡Me ha gustado mucho! Lamento una barbaridad haberlo pillado en este momento, en el que casi no tengo tiempo para leer. Lo he ido leyendo a ratos muy breves, con una periodicidad rara (no todos los días) y a veces tenía que dejarlo en cualquier punto porque no podía más. Este es uno de esos libros que, de haber tenido tiempo material, habría devorado en tres días. 

Se trata, sin embargo, de un libro un poco "asimétrico". Creo que hay elementos que destacan por encima de otros. Por ejemplo, la historia en sí, es corrientilla: cómo Mort mete la pata y cómo intentan arreglarlo por todos los medios. Bueno, bien, el libro necesita un hilo argumental. Sin embargo, los personajes son  GENIALES. La Muerte, por supuesto, es un personaje fantástico. Yo, cuando me muera (no tengo pensado hacerlo, pero por si cambio de opinión), seguiré esperando a Muerte de los Eternos, pero si no puede venir, la Muerte de Mundodisco no me parece mala opción tampoco. Y Mort, ¡Mort es un filósofo de Mundodisco! Anda siempre pensando en cosas importantes (aunque nadie más les vea la importancia) y por eso no presta demasiada atención al mundo real. Vamos, un sabio incomprendido. Me ha encantado :)

Otro punto en el que Pratchett se sale es en el humor. Por un lado, en los diálogos. Hay algunas conversaciones que son tan, pero tan absurdas, y tan sensatas al mismo tiempo, que no puedes sino reírte. Y luego están los momentos de humor que te encuentras ahí, en un párrafo, sin previo aviso. 

No sé, lo he disfrutado muchísimo y, sin duda, seguiré leyendo novelas de Pratchett, guiada por mi asesor personal, que con Mort ha acertado de lleno.

Os dejo un trocito...

Mort estaba interesado en montones de cosas. En por qué los dientes de las personas encajaban tan bien juntos, por ejemplo. Había pensado mucho en ese punto. Después estaba la intrigante cuestión de por qué el sol salía de día en lugar de salir por la noche ,cuando la luz habría resultado más útil. Conocía la explicación corriente que, en cierto modo, no le parecía satisfactoria.
En pocas palabras, Mort era una de esas personas que son más peligrosas que una bolsa llena de serpientes de cascabel. Estaba decidido a descubrir la lógica fundamental del universo. 

Y por esto digo que Mort es un filósofo :D

En resumen, este libro...



Aún no he tenido oportunidad de pensar qué leo ahora, así que nada, voy a ver... A la aventura. ¡Ya os contaré! 


miércoles, 5 de octubre de 2016

Profesores brillantes. (#DíaMundialDelDocente)

Hoy es el Día Mundial del Docente. El año pasado también os escribí un post, sobre la primera vez que me emocioné en clase. Un año más tarde me temo que me va a quedar un post menos emocional. Supongo que es normal cuando una está enterrada en burocracia y pruebas iniciales hasta las cejas. Es más, este año me va a quedar un post algo pesimista, lo veo. 

La cosa es que, en fechas como estas, todos recordamos a profesores brillantes, excelentes, maravillosos y estupendos. Se habla de esos profesores que han cambiado la vida a escritores, artistas, filósofos, políticos... Se habla de esos profesores que, finalmente, nos hicieron entender las matemáticas y, sin los cuales, ahora no seríamos físicos o ingenieros. O de la primera maestra que nos recomendó un libro que sí nos gustó leer, el que nos convirtió en letraheridos sin remedio. Se habla de esos profesores que marcan. Y se pide, directa o indirectamente, que los demás estemos a la altura. 

Yo decidí ser profesora por amor a la enseñanza y por amor a la filosofía. Quería ser una profesora de esas con las que, aunque no te encante la materia, por lo menos la medio entiendes y no te aburres. Incluso sacas algo de provecho. Creía -y creo- que la filosofía se merece profesores así. Y, sin embargo, hoy no tengo claro que pueda llegar a acercarme a ese ideal. 

Sí, soy una persona con mucha pasión por lo suyo. En serio. Deberíais verme cuando entro a una clase, siempre entusiasmada, siempre intentando hacer que sientan que no están perdiendo el tiempo (porque significa que yo tampoco lo estoy perdiendo), siempre dispuesta a que vean que aquello que dijeron los filósofos tiene sentido hoy todavía. Os lo digo en serio, aunque suene tópico: cuando entro a una clase, me transformo, se me olvida cualquier problema que tenga. Lo noté desde el primer momento. 

Y aún así...

Aún así no creo que llegue, no a mi ideal, sino a acercarme siquiera. A lo mejor tiene que ver con que este curso me siento una profesora terrible, no sé. Quizá sea que estoy teniendo muchísimas dificultades. O quizá sea la rabia de ver el saber que tanto amo rebajado a "lo que no es Religión". No lo sé. 

Pero también puede ser, no lo descarto, que no esté a la altura de mis propias exigencias ni de lo que la filosofía y mis alumnos (algunos) se merecen. 

Pero, de todas maneras, supongo que no todos podemos llegar a ser profesores brillantes... 


En fin. Voy a seguir amargándome con las pruebas iniciales. 

¡Hasta la próxima! 

domingo, 2 de octubre de 2016

Una sonrisa de esas...

Era peligrosa. Tenía una sonrisa de esas a las que es imposible decirles que no. Bueno, era imposible decir que no a cualquier cosa que tuviese que ver con sus labios. Cuando miraba, veía, y hacía sentir que solo se quedaba con lo bueno, como si lo malo no existiese. Era adictiva, su mirada. Y, para ser sinceros, ella también. 

Tenía unas manos pequeñas y frágiles pero, cuando te agarraban, daba la sensación de que no ibas a perderte nunca. Pocos imaginaban que era ella la que temía caer.

Porque sí, ella temblaba y temía, y se peleaba a cada instante con una voz mezquina que le susurraba cosas que no quería escuchar, selladas siempre con un: "Es por tu bien". Y al final cedía, y se marchaba, con el corazón roto, sin saber si la decisión era suya o la habían tomado por ella. Sí, al final se iba y se prometía no volver a intentarlo, convencida de que había nacido para estar sola. Pero siempre volvía a intentarlo. 

Ah, es que eso no lo he dicho: lo que mejor se le daba era equivocarse. Lo hacía a lo grande y sonriendo. Y claro, es que tenía una sonrisa de esas a las que es imposible decirles que no... 




Os echo mucho de menos. Y echo de menos el blog. Y echo muchísimo de menos escribir, pero no tengo tiempo material, y no es una excusa, ni una queja, es solo un hecho. Anoche, por desgracia, tuve que acostarme súper temprano con un dolor de cabeza brutal (que no creáis que ha desaparecido del todo) así que hoy me he levantado algo antes y he podido sacar un ratito para soltar lastre...

Perdonad que os tenga tan abandonados... :(
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