lunes, 21 de octubre de 2013

Quiero decirte algo...

Queridxs, este relato es viejo. Seguramente lo habéis leído ya todxs aquí. Es el relato corto con el que gané el concurso de Manhattan Cómics. Pero he caído en que no lo puse por aquí. Así que, bueno, aquí viene.

Hoy, especialmente dedicado a Runa a.k.a mi gemela cerebral. Y a Papish y Txus, dos ángeles guardianes.

***

Manhatto había pasado mucho tiempo preparándose para aquel momento. Lo había ensayado muchas veces. Tantas, tantísimas, que había perdido la cuenta. Había aprendido cada palabra de memoria, a pesar de lo difícil que era recordar los cambios que él mismo hacía. Tenía miedo de que, a la hora de la verdad, lo que saliese fuese un batiburrillo incomprensible, una mezcla incoherente de todos los discursos ensayados.

 “No”, se dijo, y sacudió la cabeza. Miró fijamente al escaparate y vio su reflejo. Comenzó de nuevo a ensayar, repitiendo otra vez las mismas palabras en su mente: “¿Sabes, Arancha? Quiero decirte algo...”

***

Llegaba tarde. Arancha llegaba tarde. Y ella nunca se retrasaba. Era una maniática de la puntualidad. Una vez se lo dijo, como haciéndole una confesión:

- Soy una maniática de la puntualidad. Dicen que es porque soy Virgo.

Desesperado, Manhatto comenzó a caminar de un lado a otro. ¿Qué iba a hacer? No sabía donde vivía, siempre se habían encontrado allí, en aquella esquina, frente a la tienda de electrodomésticos. “Si hoy no viene, estoy perdido”, pensó. Le había costado mucho reunir el valor para decirle lo que sentía. ¿Y si se había cansado de él? Aquella ocurrencia fugaz que pasó por su mente le dolió. Le dolió mucho. “Si hoy no viene, se acabó”.

Pero con el eco de ese pensamiento, llegó Arancha. Al verle sonrió, como hacía siempre. Sin embargo había algo diferente en su cara. ¡Claro! ¡Estaba enferma! ¡Por eso se había retrasado! Manhatto se sintió tremendamente aliviado, pero un instante después se reprendió mentalmente. Arancha estaba enferma. ¿Sería un buen momento para hablar con ella? Sus fuerzas empezaban a flaquear y él comenzaba a buscar excusas.

Ella se acercó a él, lentamente, le acarició la cara y dijo:

- Perdona, guapo. No me encuentro muy bien. No iba a venir, realmente. Por eso no te he traído nada. Pero no estaba tranquila en casa, pensando que podrías estar aquí, solo, esperándome. ¿Me perdonas?

Manhatto sonrió, y notó como un calor que solo ella le hacía sentir surgía de su corazón y le inundaba todo el cuerpo. De él tomó la determinación para seguir adelante, como había planeado.

- No importa. Quería hablar contigo. ¿Sabes, Arancha? Quiero decirte algo desde hace mucho tiempo, pero hasta hoy no he podido reunir el valor necesario. Has sido para mí, en las últimas semanas, como una vela encendida en medio de una habitación oscura. No sé qué habría sido de mí sin estos encuentros. Seguro que nada bueno... Cada día esperaba este momento y me entristecía cuando te marchabas. Ahora sé por qué: porque no quiero que acabe. No quiero que te vayas nunca. No quiero estar separado de ti nunca más.  Sé que quizá esto sea demasiado para ti. Al fin y al cabo, no me conoces realmente: me encontraste hambriento y me diste alimento, nunca me preguntaste nada. Pero quiero contártelo todo, y que tú me lo cuentes todo. Quiero que nos conozcamos hasta podernos encontrar a ciegas. Quiero grabarme en ti y que tú te grabes en mí, y que siempre formemos parte el uno del otro.

Manhatto bajó los ojos, porque sintió que se le llenaban de lágrimas, y continuó hablando, casi sin respiración, con la voz entrecortada.

- Tú ya formas parte de mí...- volvió a levantar la cabeza y puso una mano en la de ella- ¿Qué me dices?

Manhatto permaneció así, tocándola, cosa que nunca antes había hecho. Estaba satisfecho por su discurso, que le había quedado casi perfecto, y nervioso, esperando una respuesta. Lo que no sabía es que Arancha había oído algo parecido a esto:

- Miiiiaaaaaauuuuuuuuu.

***

Pero ella le entendió. Le entendió como solo pueden entenderse las almas gemelas. Arancha se sorprendió al sentir que Manhatto la tocaba por primera vez en semanas. Aquello agrandó su sonrisa. Sonreía con los labios, sí, pero también con los ojos, con todo su cuerpo. Entonces, le respondió con la voz congestionada:

- ¿Sabes? Creo que ya es hora de que formalicemos esto. No está bien que hoy no te haya traído nada de comer. ¿Qué te parece si me acompañas a casa y te invito a algo?

Ella se levantó, se apretó el abrigo y comenzó a caminar, sin mirar atrás. No podría soportar que Manhatto no la siguiera. Cuando giró la esquina se detuvo. Sintió el cuerpo de Manhatto junto a su pierna y bajó la mirada. Él la estaba mirando también. Se agachó, lo tomó en brazos y besó su cabeza. Él ronroneó y ella se estremeció con su tacto. Y esos gestos, que no supo interpretar nadie, gritaban a los cuatro vientos:

- ¡Te he esperado tanto!

***

:) Hoy espero poder publicar también la reseña de Ola de calor, de Richard Castle. Lo acabé anoche y empecé el siguiente, Calor desnudo. ¡Ay!

8 comentarios :

  1. Genial, un relato que nos adentra en el misterio del sentimiento del amor y nos descubre que nos es privativo del ser humano. La conquista empezó por el estómago y acabó en el corazón. Gatita, gatita....

    Besos y besos.

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  2. Me ha gustado, no solo porque los gatos sean mi debilidad, eh?
    Felicidades por el premio :)

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    Respuestas
    1. Gracias Sofia ;) En realidad lo gané gracias a amigxs y lectorxs del blog que me votaron :P

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  3. ¡¡Ainnnnssssss!! Qué bonito que es el relato, Bettie...

    Gracias por incluirnos en la dedicatoria *-*
    La verdad es que es increíble la de cosas que son capaces de expresar estos peluditos ¡el que tenemos ahora en casa debe "saber latín"! Maullar no sabe, pero hace ruiditos varios como para contarnos "la Biblia en verso" :D

    Un superamegahiperabrazo, mi adorable Bettiechuela :)

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    Respuestas
    1. Jajajajja, vaya! Pues Gato es mudo. Yo creo que no maulla por si se cansa XDDD

      Muáaaaa :)

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  4. La verdad es que me gustó mucho volver a leerlo :)

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