viernes, 5 de junio de 2015

Sala de espera.

La sala de espera de la tercera planta del hospital está atestada de gente. Un grupo de ellos se arremolina en las cercanías de un terminal que han puesto en funciones hace poco, intentando averiguar cómo demonios se mete la carta de cita ahí dentro para que el ordenador avise al médico de que han llegado. Detrás del terminal, un cartel de buen tamaño y letra clara se siente invisible. 

El resto de pacientes permanece en los asientos. Como la mayoría de ellos han venido acompañados, charlan animadamente para pasar el tiempo. El murmullo resulta atronador en un lugar donde, en teoría, debería reinar el silencio. 

-Como se nota que estamos enfermos de los ojos, pero no de la lengua -dice alguien.

Por la puerta entran una pareja de ancianos y una mujer joven que empuja un carrito de bebé. Se sientan juntos: los ancianos hacia el centro de la fila y la mujer en el extremo, con el carrito al lado. En cuanto el carro se detiene empieza a temblar. Desde donde estoy puedo ver unos bracitos que se agitan, inquietos, quizá conscientes de que quieren cogerlo todo y no pueden. 

Los tres adultos miran a la niña con arrobo. El señor dice algo a la mujer, supongo que es su hija. Esta se inclina y saca al bebé del carro. Es una niña de mirada despierta y sonrisa perenne. Lleva puesto un vestido de florecitas y unos zapatitos blancos, quizá sus primeros zapatos para caminar de verdad, porque veo que el anciano, supongo que su abuelo, le toma la manita y ella camina con torpeza por la sala de espera.

El abuelo se encorva para que ella pueda ir cómodamente. Pienso en cuántas concesiones hacen los que nos quieren. La pequeña, envalentonada por el apoyo, empieza a caminar más rápido, a recorrer más trecho y, alegre por sus avances, comienza a gorjear y a dar grititos. La gente que parloteaba sin problema comienza a bajar el volumen para mirar acusadoramente a nieta y a abuelo.

El hombre, al sentir los ojos clavados en ambos, mira a su hija preguntándose qué hacer. Ella le hace un gesto con la mano para que le lleve a la pequeña y la toma en brazos. La intrépida niña, que se creía dueña de aquel pequeño mundo que estaba descubriendo, al verse privada de libertad rompe a llorar. Es comprensible: por cálida que sea, una cárcel es una cárcel.

Entonces las miradas se acompañan de murmullos apenas audibles (ahora sí parece ser pertinente el silencio). A la madre le sube el rubor a las mejillas y mece a la pequeña nerviosamente, sin éxito. La abraza fuerte, acaricia su cabecita casi pelona, le susurra al oído, pero nada.

En el momento en el que la niña llora con más fuerza entra en la sala una enfermera a una velocidad casi supersónica. A pesar de la inercia consigue decelerar y mira, durante un instante, a la acalorada madre y a la desconsolada hija. La madre, sintiendo el reproche, baja la cabeza mientras la enfermera se va.

Unos momentos más tarde la enfermera vuelve con las manos en la espalda. Se acerca a ellas y le enseña la lengua a la pequeña, que la mira un momento antes de seguir llorando. Entonces la enfermera saca de su espalda un animal fantástico: lo miro y no sé si es un gallo con cresta o un pez con una gran aleta superior y una nariz muy pronunciada. Lo ha hecho hinchando un guante de látex azul y le ha dibujado unos ojos enormes y una gran sonrisa.

El llanto de la niña cesa casi de repente. Mira el guante con interés y curiosidad, casi quedándose bizca. Mira también a la enfermera, casi pidiendo permiso. La enfermera agita un poco el improvisado muñeco y la niña alarga sus bracitos con cuidado y coge el animal con delicadeza, como si no quisiese hacerle daño. Antes de que la madre pueda suspirar de alivio, la pequeña ya está chupando la nariz de su nuevo juguete (el dedo pulgar del guante). La madre murmura un "gracias" sin voz. La enfermera sacude una mano como queriendo decir que no hay de qué. Sin detenerse a disfrutar de la escena, vuelve a meter el turbo en sus Crocs y desaparece a toda velocidad.

***


Nota: Si queréis saber qué fue del relato que Jack me encargó como ganador del sorteo de 3er aniversario del blog, podéis leerlo aquí.


23 comentarios :

  1. Me encantán estos "cuadros costumbristas" que nos pintas de vez en cuando :D son maravillosos!

    GRacias , cariño! <3

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  2. Respuestas
    1. Eres la más rápida a este lado de ... algo :D :P

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  3. Ay amiga!! Me ha emocionado mucho, perdona que no piropee el relato pero las lagrimillas y el moqueo me desconectan las neuronas :__)

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    1. Jajajaja. Sabía que te gustaría. Como estás en los dos lados... :P

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  4. Muy chulo Bettie, ¿cómo lo haces para transmitir tanto en una "simple descripción" de una escena cotidiana?
    Besos.

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    1. No lo sé. Será que el mundo a veces es jodidamente hermoso. :)

      Gracias, Viento Polar.

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  5. ¿Qué te voy a decir? ¿Que me encanta cómo escribes?... Naaaa... Ya lo sabes... siempre te digo lo mismo

    Un besote

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  6. Estos relatos siempre me hacen sonreír.

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  7. Pero qué bonito... ¡QUÉ BONITO! :)
    Gracias por compartirlo...

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    1. Hay que compartir las cosas bonitas que te hacen reconciliarte con la gente y el mundo. Porque las que te hacen odiarlo están bastante a la vista :P jaja

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  8. Gracias por el final feliz, qué terrible es que lo que nos disculpamos nosotros se lo exijamos a otros. Vivimos una situación paradigmática, por un lado convertimos a los bebés en reyes del mundo y por otro no estamos dispuestos a que "nos molesten"

    Un saludo

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  9. De verdad que me quedo embobada "mirando" la escena :)
    Un bsitoo

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  10. Muy chulo. Más de uno/a nos hemos visto reflejados :)

    El de Jack me lo guardó para otro momento, que la extensión es considerable XD

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    1. Jajajaja. No sé si fueron diez páginas mecanografiadas o más xDDDD Pero espero que le eches un ojillo, que está divertido :)

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  11. Ai, que cosa más bonita has escrito *____* me ha encantado ♥

    Digo lo mismo que Geralt, el otro me lo guardo porque es largo del copón jajaja :P

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