Dulces sueños.

En casa todos estamos agotados. Tú no, mi fiera indomable, el único trozo de mí que aún es incombustible. Frunzo el ceño para repetirte, por tercera vez, que es hora de meterse en la cama. Haces un mohín, caminas hacia el dormitorio pisando fuerte. Yo sacudo la cabeza,  arrastrando los pies tras de ti.

Te haces la remolona, tocando las muñecas, acariciando los juguetes, como si te despidieras para siempre (qué asequible es la eternidad cuando se es pequeño). Yo abro el edredón y tú, a desgana, saltas dentro. Te arropo y voy a la estantería. Cojo el libro y me siento a tu lado.

Tu rostro ya se ha relajado. Es lo que toca en el guión que representamos cada noche.

–A lo mejor estás demasiado enfadada para que te lea...

–No, mami, ya se me ha pasado –respondes, zalamera.

Entonces empiezo a leer. Pippi se pasea por las tiendas buscando algo que no existe (como si eso importase) y le da una lección a la farmacéutica cuando le dice que no sufre por sus pecas. Yo pongo voces, le añado dramatismo y tú arrugas la naricilla cuando te ríes. Acabo el capítulo, cierro el libro.

–Yo ya he hecho mi parte, bicho. Ahora te toca a ti.

Te acomodas en la cama, arrebujándote entre los bultos del edredón. Hago el intento de levantarme pero tu voz me interrumpe.

–¿Te quedas hasta que me duerma? –preguntas.

–Bueno, pero solo si te duermes muy, muy rápido.

Asientes con la cabeza y aprietas los ojos fuerte, como si así el sueño fuese a llegar antes. Parece que funciona porque, apenas unos minutos después, oigo como tu respiración se apacigua. Entonces doy gracias por lo grande que vas a ser, por todas las cosas que vas a hacer, por todo lo que me vas a enseñar. Por todo lo que nos vamos a querer, pase lo que pase. Se me escapa una lágrima.

Entonces me despierto.




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