El ¿síndrome? de la cabaña.







Fijaos si llevaba tiempo fuera que cuando he entrado en Blogger me lo habían cambiado todo. Esperemos que sea para bien. 

Hoy me ha dicho mi amiga Míriam que tengo el blog abandonado, que lo echa de menos. Tiene la idea loquísima de que me expreso muy bien y de que le pongo palabras a pensamientos que ella no sabe bien cómo expresar. Yo lo que creo es que me quiere mucho y ya está. Además, me temo que esta vez no vamos a estar del todo de acuerdo, aunque en parte sí, porque mientras ella estaba deseando que nos abriesen un poco el confinamiento para poder pisar calle yo, que aprecio un buen paseo, ojo, creo que voy a echar de menos el confinamiento (en adelante, confitamiento).

El otro día hablaban en un periódico nacional del "síndrome de la cabaña": gente que no quiere volver a la normalidad, que no quiere salir del confinamiento. A mí me sonaba un poco a lo del "síndrome posvacacional": ¿qué síndrome ni qué síndrome? Lo normal es que la gente quiera estar de vacaciones, ¿no? No estamos locos por querer estar tranquilitos, sin horarios, con tiempo para el ocio, para ver a nuestros amigos... El síndrome lo tendrán los que quieren volver a trabajar, digo yo :P

Pues esto creo que es un poco lo mismo. Hay gente que va a echar de menos el confinamiento o, al menos, parte de lo que supone. Yo me cuento entre esas personas. Dejando de lado que todo esto ha pasado por una pandemia que ha resultado en muchas muertes, que ha venido acompañada de un enorme drama social que no se acaba aquí ni en un futuro cercano, yo no he llevado mal el confinamiento. De hecho, a ratos (bastantes) puedo decir que hasta lo he disfrutado. 

Había cosas que me sacaban de ese estado de extraña beatitud pero o bien tenían que ver con el trabajo, bien con cosas relacionadas con la vuelta a la normalidad o bien con la salud de mis familiares y seres queridos (por suerte, de esto último, poco). Por lo demás, he estado muy a gusto, muy feliz. Antes de que subiesen las temperaturas, pasaba buena parte del tiempo libre que me dejaba el teletrabajo en el balcón, leyendo, mientras el sol me daba en la cara y en las piernas. También he tocado el ukelele. He escrito. He pasado tiempo con mi pareja. He visto películas, series. ¡Hasta ha habido momentos en los que me ha dado por hacer deporte, así, con ganas! Y he disfrutado de estar tumbada en la cama mirando el techo, así, como suena. 

He escrito un poco sobre esta sensación y no os niego que cada vez que lo hacía sentía una punzada de culpabilidad: ha habido y hay mucha gente pasándolo mal por multitud de circunstancias y yo ahí estaba, sintiéndome absolutamente feliz y afortunada.  No supe muy bien a qué se debía hasta hace poco. A ver: sí sabía por qué yo estaba llevando el confitamiento mejor que otras muchas personas. Sabía que mi introversión, esa introversión que me ha hecho ser y sentirme una inadaptada tantas veces, ha sido mi gran baza durante esta crisis. Pero de ahí a echarlo de menos... 

Pero, como decía, no fue hasta hace poco que supe qué era lo que me hacía aferrarme a este confinamiento, lo que me hace sentir que, cuando se acabe, lo echaré de menos. Lo escribí el otro día en uno de mis cuadernos, mientras estaba al solecito con mis cuadernos y mis libros:


El sol me besa los pies y en la quietud
de lo que solo sabía ser caos me pregunto
si no habría que desterrar la prisa
de ese mundo al que queremos volver.


Porque sí, evidentemente, quiero volver al mundo, a ver a mis amigos, a poder visitar a mi familia, a poder ir al teatro o a comprar un libro, a poder pasear sin franjas, sin horarios, sin límite de tiempo... Sí, quiero que todo eso vuelva, pero me gustaría que otras cosas se quedaran atrás. Entre ellas, la prisa. Quizá es lo que más quiero desterrar porque, salvo momentos puntuales (ya digo, relacionados con el trabajo, que nada tiene que ver con esa quietud de los momentos de ocio que me impongo), no he tenido prisa. No tenía nada más que hacer, ningún sitio a donde ir, ninguna cita, ningún horario. Podía vivir cada momento disfrutando de él sin mirar el reloj. Y eso... Eso sí que es un lujo.

Durante este confinamiento esa sensación constante de no llegar a ninguna parte ha desaparecido casi del todo. En la antigua era, a. C (antes del coronavirus), yo siempre tenía la sensación de no llegar. El trabajo siempre era lo primero. El tiempo restante que quedaba para el "ocio" lo tenía que dedicar a tareas domésticas varias, socializar y cuidar de mí misma. Cuando llegaba el domingo por la tarde con frecuencia se me echaba encima una tristeza rara por no haber llegado a todo: o no había descansado bastante, o no había leído, o no había salido suficiente o... Siempre fallaba algo. Y oye, ahora es como que todo se ha relajado mucho (salvo el trabajo, repito xD). No "tengo que" hacer casi nada, todo se puede posponer: pasar la aspiradora, poner la lavadora (porque total, no ensuciamos tanta ropa), hacerme las cejas...  Y cuando me decido a hacer algo puedo dedicarle el tiempo que crea conveniente. ¡Es una maravilla! Esta situación me permite vivir en una cierta laxitud que me ha quitado presión y, sobre todo, prisa. Eso por no hablar de cómo ha disminuido el ruido... 

Así que si quieren, que lo llamen síndrome, pero yo no quiero volver a lo de pasarme la vida corriendo como pollo sin cabeza, la verdad.


¿Y vosotras? ¿Estáis deseando volver a lo de antes u os quedaríais con algunas cosas del confitamiento si pudiéseis? 





Cuidaos mucho :)

Comentarios

  1. Muchas cosas deberíamos replantearnos en la era DC. Por desgracia, y ojalá me equivoque, el ser humano es de los que tropieza una y otra vez. Y curioso, el otro día dije en casa que no echaba nada de menos la prisa ;)

    Un abrazo, y cuídate tú también.

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    1. Sí, cuando se habla de volver, se habla de volver a lo mismo de siempre.

      Ay, Geralt... Las grandes mentes pensamos igual :P Qué bueno es verte por aquí, de verdad :)

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  2. Me encanta el tema que has tratado. ¿Y si resulta que necesitábamos hacer este parón para saber que el "tengo que" es una carga mental que nos imponemos y que en realidad, no nos lleva a ningún sitio? Lo que aprendo de mí misma, y de mi parte introvertida, es que con todas esas sensaciones y situaciones nuevas, vamos definiendo más por qué parámetros va dirigiéndose nuestro camino. ¿Y si aprendemos a decir "no" y anteponer lo que sí nos hace felices?

    Un abrazo, guapa

    Pd. Poco se habla de la olvidada coma del vocativo. Creo que debería haber manifestaciones multitudinarias reivindicándolas... (buen tema para hacer un relatito... xD)

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    1. Hay campañas por la coma del vocativo, ¿eh? Jajaja. Yo he visto alguna en Twitter.

      Sí, bueno, los "tengo que" no son tan autoimpuestos como podría parecer. Puedo posponer hasta cierto punto poner una lavadora, pero acabo necesitando ropa limpia. O puedo intentar esquivar compromisos sociales que pueden no apetecerme en cierto momento, pero tampoco lo puedo hacer siempre. El mundo está hecho para los extrovertidos, y la sociedad capitalista, para exprimirnos a todos xD

      Pero sí, aprender a decir no es muy liberador aunque no tener que decirlo... buah, eso es otro nivel, jajaja.

      ¡Besotes, amiga!

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  3. Pienso prácticamente lo mismo. Yo, dentro de lo malo de la situación, no lo he llevado mal. Por suerte, la enfermedad no ha tocado a mis seres queridos y eso ya es una de las cosas más importantes. Y he disfrutado de muchas cosas que antes no podía. Así que, sí, voy a echar de menos el confinamiento, aunque estoy deseando poder quedar con mis amigos para tomar unas cañas y echar unas risas, abrazar a mi familia... y esas cosas que hacen falta. Pero no me importaría quedarme confinada en casa otros tres meses. Lo malo es que no tengo esa estabilidad laboral y económica, y eso sí me intranquiliza... Todo lo demás es tiempo disfrutado.

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    1. Al final la economía manda, y mucho, es cierto. Pero yo, si fuese rica, me tomaría un mes o dos de confinamiento de vez en cuando xDDD

      ¡Besotes!

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  4. Ha tenido que llegar el confitamiento para volver a visitar tu blog: esto no se puede permitir!

    Pues, sí, me ha pasado como a ti, he disfrutado más de lo que he sufrido durante estas semanas. Y, ahora que me dejan salir a correr (bueno, correr... esto no llega ni a trote gorrinero, pero no por el confitamiento, sino porque hace años que no me cuido), estoy en el colmo de la felicidad.

    Del trabajo... pues, como tu, más o menos. Pero ya sabemos que el trabajo es una maldición bíblica y que, etimológicamente, viene de TRIPALIARE, que era someter a alguien a la tortura del TRIPALIUM, asín que, mira, ninguna novedad.

    Pero, sí, tener tiempo para leer, para ver películas o series, para embarcarme en nuevos proyectos de aprendizaje o para hacer ejercicio (oh, la terracita, mi terracita! estoy enamorado de mi terracita y no lo sabía!) es un placer.

    Lo que ya no sé es qué pensaremos ende después del verano. En nuestro caso, está claro que nos tocará programar un curso con «no presencialidad discontinua en periodos irregulares no programados», o sea, un curso donde sabemos que nos van a volver a confitar, pero no sabemos ni cuando no por cuanto tiempo. A salta de mata, vamos, no nos aburriremos.

    Cuídate mucho, moza! Besos!

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    1. Hombre, es que usted ha estado REY en su casa, caballero. Así cualquiera.

      A mí, a medida que va pasando el tiempo, cada vez me da más angustia pensar en volver a todo lo de antes. Y lo de pensar en el curso que viene directamente me da urticaria xD

      Cuídese usted también caballero. Por aquí hacemos lo que se puede :P

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  5. Yo también echaba de menos tu blog :)
    Entiendo perfectamente tu entrada. No es que no añore cosas de antes del confinamiento, lo que pasa es que sé lo que NO añoro: las prisas, la productividad, el tener que llegar a todo. Por eso me sentó como una patada el titular de esa noticia. Lo de siempre, ¿cuestionar el ritmo de vida? Nah... mejor decirle a la gente que tiene un síndrome si vuelve a sentir ansiedad por volver a lo de antes.
    ¡Un abrazo!

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    1. La verdad es que sí. Yo, qué quieres que te diga, este ritmo lo llevo con mucha más alegría, aunque las mañanas se me hagan cuesta arriba.

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