Un alumno nuevo (II)

 Hace unos cuantos días os hablaba de que había conocido a un nuevo alumno. Tenía muchas ganas de tenerlo en clase y ver qué tal iba la cosa. Me había dado muy buena impresión. No obstante, cuando llegó el día de la primera clase saltaron todas mis alarmas. 

Mi nuevo alumno tenía, además de un bagaje personal que aún no conozco y que no conoceré nunca en toda su extensión, circunstancias que iban a afectar a su proceso educativo. Además, por el comportamiento que estaba mostrando y lo que percibía en el aula tenía la sospecha de que no se iba a integrar con facilidad. Al acabar la clase hablé con él para ver qué podíamos hacer y volví a encontrarme a ese niño con cara de Miguel Hernández, educado, amable, voluntarioso y encantador. Tuve el corazón roto varios días. Si tan solo pudiese trabajar con él en un entorno más tranquilo, con menos fuegos que apagar, con menos alumnos a los que atender... Si pudiera dedicarle el tiempo que necesita sin miedo de descuidar a otros alumnos... 

Durante esa semana vi, bastante triste, cómo mi alumno nuevo desfilaba escaleras abajo, expulsado de clase, en varias ocasiones. Alguna vez que le pregunté me lo encontré agitado, nervioso y hasta agresivo. Otras desanimado: «Me han dicho que me dé un paseo hasta que me tranquilice». Tenía miedo de que no se sintiera aceptado, comprendido y acogido en el centro, en la clase, entre sus compañeros y con sus profesores. Mucho miedo. Así que hice lo que pude: intentar hablar con él cuando me lo cruzaba, preguntarle. Y afrontar la siguiente clase con él preparada para que la situación no acabase perjudicándole. 

La segunda clase fue algo mejor. Pensé que estaba menos nervioso y que quizá por eso todo estaba fluyendo más, siendo menos accidentado. O más bien eso quería creer, pero sé que las cosas no son tan fáciles. Hizo algún comentario que confirmó lo que no quería admitir: no estaba tranquilo, estaba triste. Resulta que mi alumno, que se expresa formidablemente bien, se puso a discernir, con sus 15 años, sobre cómo la libertad no existe porque nuestras vivencias, nacimiento, genética y hasta apariencia condicionan nuestras relaciones y, con ellas, nuestro futuro para, al final, acabar diciendo que él, pobre, con unas circunstancias muy particulares y feo no tenía nada que hacer en el mundo. 

Yo, sorprendida, al ver que incidía mucho en lo de su fealdad, le dije que no era feo y que, además, a veces somos muy duros con nosotros mismos, que la gente se quedaba con otras cosas cuando nos conocía.

Entonces él ha ido hacia las primeras impresiones. Ha dicho que los 5 primeros minutos son claves para entablar una relación y que él lo había estropeado. Que sabía que le caía mal a la clase, que se lo habían dicho, y que así no tenía nada que hacer. Que entendía por qué había caído mal, pero que ya no podía cambiarlo. 

Yo, claro, le he dicho que las primeras impresiones se pueden cambiar, que puede costar, pero que se cambian, intentaba hacerle ver que había esperanza cuando un alumno, enfadado, me ha interrumpido.

─¡Eso no es verdad! A mí no me caes mal, no me has caído mal nunca. Entiendo que eres distinto, pero no me caes mal por eso. 

Otro ha seguido:

─Pues a mí sí me caíste un poco mal al principio, pero de tratar contigo estos días ya no me caes mal, de verdad. 

A lo que otro ha contestado, refiriéndose a este último:

─Es verdad, a mí me pasó lo mismo con (alumno que acababa de hablar). Al principio me parecía un plasta, pero luego es un buen tío, solo que me ha costado un poco darme cuenta. 

Y entonces ha sonado el timbre. 

─¿Ves? Le he dicho. La cosa no es tan grave. 

En ese momento una de mis alumnas, que también tiene a las espaldas una historia dramática, se ha acercado a él y se ha puesto a hablarle casi en susurros.

─No quiero que pienses que me caes mal, ¿sabes? Lo que pasa es que no he hablado contigo porque te veo tan nervioso, tan extrovertido, tan lanzao que... No sé, yo es que soy muy tímida. También llegué nueva, a mitad de curso, en 2º, y yo no era como tú. Yo no decía nada ni hablaba con nadie. La verdad es que me parece que no lo estás haciendo tan mal. 

Sé que esta alumna, que es timidísima, como ella misma dice, ha hecho un gran esfuerzo para ponerse delante de su compañero, al que apenas conoce, y decirle todo eso. 

He sonreído mucho, mucho debajo de la mascarilla, cómo no, y he dicho a mi alumno nuevo:

─¿Ves? Te equivocabas. 

Él también ha sonreído. De repente, sus compañeros estaban intentando consolarle, se acercaban a él para decirle que no se sintiera así, porque no era cierto. Que solo habían pasado unos días y que, quizá, si les dejaba, podrían llegar a ser amigos, a conocerse, a compartir cosas. 

Me he ido de clase emocionada, claro, mientras él se quedaba rodeado de compañeros. Eso yo no podía prepararlo. Pero tampoco nada de lo que yo hubiese podido preparar habría tenido ese efecto en él ni en el resto de alumnos. 

Qué orgullosa estoy de mis niños y niñas. No os hacéis una idea. Cuando el mundo está feo, feo, es en ellos en quienes encuentro esperanza. 

Comentarios

  1. Awwwww.
    Un corazoncito un poco menos roto.
    Que suerte tienen tus alumnos. Y qué buenas personas son.
    Besos
    Fer

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  2. Gran entrada, gran grupo y gran profe. Siempre hay esperanza.

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  3. La profe aquí ha sido lo de menos. Una testigo por casualidad de un momento maravilloso :)

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  4. Joooo... me ha emocionado. Me encantaría estar viendo la escena por un agujerito. Ver la cara del niño... y la tuya. Como para no estar orgullosa.
    Tus alumnos aún no saben la suerte que tienen de tenerte como profe.
    Un abrazo, Bettie.

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    1. En este caso la suerte es mía. Yo no hice nada. Fueron ellos, que son maravillosos :)

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