Mi viaje como gorda: 1. Cómo me convencieron de que era gorda.

 Hoy he visto en Twitter este vídeo y, la verdad, me ha parecido muy importante la idea de contar el viaje de gorda y visibilizar lo que es cargar con este estigma durante toda la vida. Un estigma que acaba, en muchísimas, muchísimas ocasiones, convirtiéndose en una profecía autocumplida.  

Quiero contar mi viaje de gorda. Iré por partes, porque esto tiene bastante tela que cortar.


A mí me convencieron de que era gorda. Y digo "me convencieron" porque me engañaron. Me siento estafada. Cuando veo fotos mías de pequeña e incluso de adolescente siento que me han robado la vida que podría haber tenido, una vida distinta, con otra autoestima, otra relación con la comida, con mi cuerpo, con la ropa, con la gente...  Pero esta es la vida que tengo y que me han dejado. 

Yo, de niña, no era gorda. No lo era. Siendo honesta conmigo misma, jamás habría dicho a mi yo de 4, 5 o 9 años que era gorda. Sí era una niña bastante alta, robusta. Tenía, por supuesto, esa tripilla típica de muchas niñas pequeñas. Y, está feo que yo lo diga, era una niña preciosa. 

Quizá por eso no lo entiendo. Muy pronto, en el colegio, empezó el acoso escolar que continuó casi hasta que me marché al instituto. He intentado recordar y se metieron antes conmigo por "cuatroojos" (llevo gafas desde los 4 añitos) que por gorda. Lo de gorda vino más tarde. Por desgracia, y por mucho que me duela, me lo enseñó mi madre. 

Mi madre, como muchas mujeres, siempre ha tenido una relación muy problemática con la comida. Supongo que su inseguridad de madre primeriza se mezcló con esa relación problemática y el resultado fue explosivo. En mis primer año y algo más mi madre me cuenta que apenas comía y ella estaba obsesionada con forzarme a comer para que ganase peso. Cuando empecé a comer bien empezó a preocuparse por si comía demasiado. En las revisiones que nos hacían cuando tocaba vacunarnos empecé a estar algo por encima del percentil y mi madre se empezó a preocupar: no quería tener una hija gorda. Mi madre, que de joven era delgadísima, tenía unos problemas horrorosos con la percepción de su cuerpo (un cuerpo que había cambiado por dos embarazos, por la vida, por su medicación) y supongo que quería librarme de ese sufrimiento. Paradójicamente, acabó poniendo la primera piedra al ponerme a dieta con solo 6 años. 

Esa dieta no fue una dieta recomendada o vigilada por profesionales. Mi madre se limitó a reducir mis cantidades de comida, a hacerme comida distinta al resto de mi familia (pollo a la plancha, verduras...), a limitarme el pan (que me encantaba) y a quitarme todo tipo de dulces, empezando por el colacao de la mañana: empecé a tomar cereales solubles. Me fui apagando, entristeciendo, tenía cambios de ánimo. Mi madre se apenaba y relajaba las restricciones, pero claro, entonces yo ganaba peso y volvía a tensar la cuerda. Eso se prolongó hasta la adolescencia. 

Gracias a ese comportamiento de mi madre cogí un hábito que no he vuelto a tener desde que me fui de casa: comer a escondidas de ella. Nunca llegué a darme atracones, pero sí a comer sin ganas ni necesidad, a aprovechar que ella no estaba para comerme un trozo de chocolate entre el pan, o leche con colacao, o una magdalena. Siempre tiraba hacia los dulces porque era lo que tenía más prohibido. 

A esas alturas en el colegio ya habían empezado a llamarme gorda para hacerme daño, así que tenía clarísimo que yo estaba mal. Mi cuerpo estaba mal. Y ciertos comentarios comenzaron a escocer. Por ejemplo, cuando tomé la comunión la gente decía que parecía una novia. Eso puede parecer algo positivo, pero no: lo decían porque era una niña grande. Y repito: no estaba gorda. Era alta, ancha de espalda, empezaba a desarrollarme... Pero no era una niña gorda. No era preocupante. No estaba mal. 

En el colegio, no solo mis compañeros me maltrataban por gorda (entre otras razones): también recibía las miradas desaprobatorias de mi maestro de Educación Física que, directamente, daba por hecho que yo era un caso perdido. Felicitaba a los mejores mientras que a mí y a otros como yo parecía perdonarnos la vida por solo existir. Odiaba las clases de Educación Física. Me hacían sentir como una mierda. Aún así, no desarrollé rechazo hacia el deporte: hacía aerobic, bailaba jotas, me gustaba mucho nadar... Pero en casi todas partes acababan recordándome que estaba gorda y dejando ver que ese no era mi lugar. 


Desde muy, muy pronto, me convencieron de que mi cuerpo estaba mal, me hicieron sentir que el deporte no era lo mío y fomentaron en mí una relación insana con la comida. ¿Qué podría salir mal? 


Y en esas estábamos cuando, ¡boom! Llegó la adolescencia. 

Comentarios

  1. Ay... qué empeño tiene la gente, de verdad, en juzgar la gordura o la delgadez de las personas. Que a mí a estas alturas de mi vida me importa una mierda, que no me afecta. Pero a los niños se les puede hacer mucho daño...
    Lo siento mucho, Bettie. Siento que no hayas tenido la infancia feliz que todo niño merece. Miedo me da leer cómo fue la adolescencia...
    Un abrazo, preciosa.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No, mi infancia, por unas o por otras, no fue un camino de rosas. Tienes razón en que a los niños se les puede hacer mucho daño y a veces ni lo pensamos...

      Abrazo de vuelta, amiga.

      Eliminar
  2. Madre mía... que lo hemos pasao calcaíto...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No eres la única, alguna más me ha dicho lo mismo. Y ya lo siento, ¿sabes?

      ABrazote.

      Eliminar
  3. Ay, dios... He leído algunas veces que tenías algún problema con esto y fíjate que intuía que tu madre había tenido que ver, pero no me imaginaba toda esta historia. Qué tristeza e impotencia, 😟

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mi madre puso la primera piedra, el resto de la sociedad se encargó de levantar el resto del edificio xD En fin...

      ¡Besos y gracias por pasarte, preciosa!

      Eliminar
  4. Por desgracia se de lo que hablas, cada vez hay más niños que sufren este tipo de acoso. Lo importante es seguir adelante y estar orgulloso de uno mísmo.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  5. Me parece tan sumamente triste que te echen el peso de esa losa camuflándolo es que era malo para ti... Cuando solo hay inseguridades detrás y ganas de estar dentro del rebaño... Un abrazo enorme, Bettie. También puedes hacer una entrada en lo que siempre has destacado

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues también, aunque eso la vida te va enseñando que no era para tanto xDDDD Los baños de humildad no paran de caer. Pero quiero intentar mostrar que detrás de una persona gorda no siempre hay indisciplina, descuido, falta de voluntad o una decisión de ser así. Es más: casi nunca es así. Lo que suele haber es mucho sufrimiento.

      Eliminar
  6. Has resumido mi vida también. El otro día lo pensaba mientras miraba unas fotos antiguas de una boda familiar. Todos felices y contentos y yo pasándolo fatal (solo salgo en una foto) porque estaba gorda, me regañaban si comía, no iba bien vestida... Todo estaba mal conmigo. Ojalá haber sabido entonces que no, que no pasaba nada. En fin...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ojalá. Luego cuesta mucho deshacerse del daño, si es que es posible. Yo aún no lo sé.

      Eliminar

Publicar un comentario

¡Adelante! Deja tu retal :)

Entradas populares de este blog

Cómo aprobé el nivel Avanzado de la EOI preparándome por mi cuenta.

Economía vital.

Tontos-a-las-tres.