El ukelele.

Me he comprado un ukelele. Hace algo más de una semana. Lo compré ilusionada, pero con reservas. Al fin y al cabo la idea no surgió de mí, sino que Profeláctico, haciendo proselitismo, la implantó en mi cabeza y no me la conseguí sacar. Así que, después de pensarlo durante días, me dije que hay que probar cosas nuevas y lo encargué, pero tenía mis dudas de que no fuese a acabar desesperada, frustrada y dejando el instrumento por imposible.

La frase que me hizo comprarlo fue una cita de un artículo que Profeláctico compartió conmigo: "es difícil estar triste mientras tocas un ukelele". Eso tenía que comprobarlo yo. Además, hacía mucho que había dejado de lado la música, algo que siempre había sido importante para mí.

Pues bien, después de una semana puedo decir que el dinero que me costó el ukelele está ya más que amortizado en los 6 o 7 ratos que le he podido dedicar. Parece una exageración, pero en una semana aproximadamente, el ukelele se ha convertido en mi refugio, en mi espacio sereno, en mi oasis. Últimamente llevo una racha en la que no hay mucho que celebrar y sí bastante por lo que maldecir. Pues esta semana, volver a casa, sacar el ukelele y ponerme a practicar me ha dado la vida. Me tranquilizaba inmediatamente, me hacía abstraerme por un rato de todas esas cosas que van regular en mi vida ahora mismo. El ukelele se ha convertido en mi lugar feliz, en el sitio al que quiero volver cuando me encuentro mal.

Primero, por la satisfacción personal de ir consiguiendo cosas, de ir alcanzando objetivos. El primero, tocar Jolene, de Dolly Parton, lo conseguí la primera tarde. En un par de días más me hice con Shallow, de Lady Gaga. Y ahora mismo tengo casi dominada Moon River que, por su dificultad, esperaba tocar en unos cuantos meses. Lo mío cuando toco Moon River es casi como entrar en trance. Los acordes se suceden tan rápido, los arpegios son tan hipnóticos, el sonido tan suave... Para mí, una maravilla.

Pero no es solo eso. Es el bienestar que siento al tocar, lo haga bien, mal o regular. Es como una sensación de calorcito que brota del centro de mi pecho y se va extendiendo. Algo parecido a cuando estás muy cansado y te quedas durmiendo poco a poco en una cama muy cómoda y muy bien arropado, pero sin dormirme.

¿Cuál es el objetivo de este post? Equilibrar un poco la balanza. Estoy dando tanto la turra con mi ukelele en las redes sociales que no me parecía normal no haberlo mencionado siquiera por aquí. Y recordar que no todo son penas, leñe. Ni siquiera en las malas rachas.

¡Un abrazo!

Comentarios

  1. Aaaaah! Pues me encantaría ver algún vídeo, o escucharte en algún audio!! :D
    Y me alegro mucho de que hayas encontrado en el ukelele una fuente de desconexión y bienestar :)
    ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo también me alegro mucho, porque falta me está haciendo. ¡Ojalá tuviera más tiempo!

      Eliminar
  2. Vaya! Me alegro muchísimo de que hayas encontrado ese rinconcito cálido. Siempre que aparece la palabra ukelele me acuerdo de esta canción: https://youtu.be/fahr069-fzE

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, es inevitable, jaja. Esa también la he practicado, es relativamente sencilla :) ¡Un abrazo!

      Eliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

¡Adelante! Deja tu retal :)

Entradas populares de este blog

Cómo aprobé el nivel Avanzado de la EOI preparándome por mi cuenta.

Tontos-a-las-tres.

Libro: Wonder. La lección de August, de R. J. Palacio.