Un caballero.

Él era un caballero. Cada mañana contemplaba su reflejo y se sonreía: la misma elegancia, el mismo saber estar, ni una cana en su cabello, ni una arruga en su rostro. Se lanzaba a la calle con la seguridad que da saberse casi perfecto, su traje impoluto, su apariencia inmaculada. Ignoraba las narices arrugadas, las miradas sorprendidas, las críticas silenciosas en el autobús, en el supermercado, en el trabajo: o bien eran producto de la envidia o bien iban dirigidas a otro. Él, todo un caballero, no podía ser el blanco de esos dardos.

Cuando volvía a casa se situaba en el mismo punto y se asombraba de no mostrar signos de fatiga, de no tener ni un cabello fuera de su lugar. Sonreía de nuevo a aquel retrato al óleo antes de prepararse para meterse en la cama con la conciencia tranquila.

Comentarios

  1. Qué maravilla poder acostarse con la conciencia tranquila...;)

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    1. Lo mejor del mundo, parece que no importa el precio xD

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  2. La verdad, no sé exactamente si entiendo el microrrelato ^^U, creo que algo se me escapa. Yo no he tenido la misma sensación de Rosa, de que ojalá poder vivir así. Sino la de alguien que se cree perfecto, y por lo tanto no se cuestiona a sí mismo.
    ¡Un abrazo!

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    1. Iba a contestarte que lo de Rosa iba con doble sentido, pero ya te ha contestado ella. xD

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    2. La verdad, es que estaba muy muy espeso ^^U

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