Historias imaginadas.

Todos somos muchas historias.
Una, la que contamos.
El resto, las que leen los demás.
Para eso, claro, hay que dejar
que nos lean,
descorrer las cortinas y dejarnos ver
desnudos, indefensos,
permitir que la lluvia
nos borre el maquillaje
y temblar ante ellos.

Pero no...
Preferimos dejar que imaginen,
que completen los huecos de nuestra historia,
que confíen primero y que,
cuando desconfíen,
la curiosidad haya desaparecido,
que se marchen en silencio,
empujándonos al olvido,
porque si se quedan...

Si se quedan descubrirán nuestras heridas,
las manías,
los esqueletos del armario,
la tapa del váter levantada,
los ronquidos,
el vicio del tabaco,
la irritante costumbre de decir la última palabra
o de mirar el móvil después de besarlo,
las lágrimas mal disimuladas cuando se marchan
o el temblor que nos sacude antes de decir "te amo".

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