sábado, 11 de junio de 2016

La cupletista y el sargento.

La llamaban "La belleza del siglo" y cualquiera podía contemplarla de martes a sábado en el número 20 de la calle Alcalá. Una vez un periodista inglés le preguntó por qué la llamaban así, quizá esperando una respuesta modesta. Ella se puso en pie, dio una vuelta sobre sí misma y se acarició el talle con sensualidad. 

-¿Tú me has visto, inglés? -dijo, socarrona.

El inglés, obnubilado a partes iguales por aquella mujer y por el alcohol, contestó, haciendo un gran esfuerzo:

-Pero el siglo acaba de empezar... 

Ella esta vez se puso cerca, muy cerca de él, y, sujetándole la barbilla con dulzura, lo obligó a mirarla a los ojos. Susurrando esta vez, le dijo:

-¿De verdad te crees que va a nacer otra más guapa que yo?

Fingió que esperaba una respuesta que sabía que no iba a llegar y, cuando el inglés hizo ademán de besarla, se dio la vuelta y se marchó a su camerino riendo alocadamente. 

Así era Estrellita, "la belleza del siglo", apenas una criatura que habría podido sujetar en su mano a cualquier hombre que pisase Madrid y a unas cuantas mujeres sirviéndose de sus encantos. Había quien la miraba con deseo y quien la miraba con envidia (en ocasiones disfrazada de desprecio y censura), pero a nadie resultaba indiferente y todos se volvían a contemplarla cuando los domingos paseaba toda engalanada por El Retiro. 

Nadie sospechaba, sin embargo, que, bajo el carmín, el rubor, la sonrisa y los encajes, a Angustias, pues así la habían llamado sus padres, se la comía una pena que no podía dominar. Y mucho menos que el causante de aquella pena era un hombre.

Todo empezó un viernes cualquiera. Ella cantaba un apasionado cuplé. Caminaba entre las mesas, agasajando a los clientes del teatro, cuando su mirada se cruzó con unos ojos verdes como no había visto antes. Se le olvidó la letra y tuvo que salir del lance contando un chiste poco apropiado. 

Cuando pudo escaparse al camerino se llevó las manos al pecho, creyendo que el corazón se le iba a escapar. No tenía duda de que, por primera vez en su vida, acababa de enamorarse. Tenía que averiguarlo todo sobre aquel hombre y tenía que hacerlo suyo. Descubrió que era un joven sargento leonés que había llegado, no hacía demasiado, a Madrid. Y no tardó en comprobar que ella tampoco le resultaba indiferente a él. 

Una tarde, cuando se disponía a entrar por la puerta de artistas, alguien la tomó del brazo y la atrajo hacia sí. Su corazón se calmó apenas descubrió los ojos verdes del joven sargento.

-Hola guapo. Si me hubieras dicho que querías verme habría salido contigo, no era menester la fuerza...

-¡Calla! -le gritó él, asustándola-. Calla y no me hables, que me has vuelto loco y no soy capaz de dominarme. 

Ella rió, divertida.

-¡Pero chico! ¿Y qué tiene eso de malo? -dijo, e intentó besarlo.

Él, en lugar de ceder, le sujetó la cara con violencia.

-Tiene de malo que tú eres una cualquiera y yo soy un hombre de bien. Tiene de malo que aunque sé que te revuelcas con unos y con otros no puedo dejar de quererte. Y, por cómo me miras, sé que tú también me quieres, así que ya es hora de arreglar esto: deja este sitio, cásate conmigo y sé una mujer honrada a mi lado. 

El sargento aflojó la mano y la cupletista, con los ojos húmedos, lo miró, incrédula. 

-¿Qué me dices? -preguntó él, impaciente.

Ella apartó el estupor y se esforzó en sonreír.

-¿Que qué te digo, moreno? Que no creo que le hubiese permitido a mi padre, que en paz descanse, hablarme así, así que te puedes ir a tomar el aire o a volver honrada a otra cualquiera, porque a mí no me hace falta. Estoy muy a gusto como estoy. 

Y, dando un portazo, entró al teatro. Antes de que la rabia se le deshiciese y se convirtiese en pena, o peor, en arrepentimiento, garabateó en un papel unos versos y le pidió al pianista que les pusiese música. 

Él sigue acudiendo todos los viernes al número 20 de la calle Alcalá a mirarla con tristeza y desaprobación. Ella sigue cantando, mirándole a los ojos, desafiante, aquel cuplé que escribió la tarde que cambió el amor por su libertad. 

***

Una cosa ha llevado a la otra y he acabado escuchando a Conchita Piquer. Y mi mente se ha ido un poco más atrás y me ha apetecido escribir algo así.

Apoyá en el quicio de la mancebía
miraba encenderse la noche de mayo.
Pasaban los hombres y yo sonreía
hasta que en mi puerta paraste el caballo.

Ains. Es que "Ojos verdes" me parece tan maravillosamente irreverente... :)





10 comentarios :

  1. jajajaja "Tu me has visto, inglés?" XD GENIAL

    Me ha recordado a cuando era pequeño y me dormia entre mis yayo, con la radio puesta y escuchando cuplés, zarzuelas y flamencos.

    Doña Concha Piquer. Todo un carácter. La mas grande (pero de verdad) dicen...


    Anda que no dio problemas la de "Ojos verdes" en sus tiempos (la canción, que para los estándares de la época era... fuertecica XP)


    Te quiero muchísimo, amor mío <3

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    1. ¡PUES NORMAL! Si es que una canción así, con esa temática, la pones hoy, y se lía la de dios. Lo que pasa es que la gente oye "música de viejos" y claro... xD

      ¡Besos!

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  2. Vi un documental sobre la copla, y creo recordar que la primera versión escrita era homosexual, un hombre cantándole a otro.
    Pero no me hagas mucho caso, que quizás recuerdo mal.
    Yendo a lo importante: me ha encantado tu relato :)
    Tienes que volver a eso de escribir historias sacadas de canciones!! Me encantaba.
    ¡Un abrazo!

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    1. A ver si recupero mi vida y las ganas :)

      ¡Un beso!

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  3. «... y sé una mujer honrada a mi lado.»

    Quin babau: amb això, li matava tota la gràcia. Suposo que era la versió primitiva de «M'agrades. Ets perfecta. Ja et canviaré.»

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    1. Claro. Porque lo de eres una cualquiera que te vas acostando por ahí con todos es una maravilla de declaración, ¿no? xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

      ¡Besos!

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  4. 0_0

    "M'hancantao" (en inglés ;P )

    Besotes

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  5. El orgullo...

    Buen relato Bettie ;)

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    1. Gracias Geralt. Por el cumplido y por leerme :)

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