martes, 1 de marzo de 2016

Peces de ciudad.

Aunque Núria había nacido y se había criado en Barcelona, había pasado cada Navidad y cada agosto de su infancia y adolescencia en el pueblo de sus padres hasta que cumplió 17 años. Fue cuando a su padre le ofrecieron un trabajo como arquitecto en Dublín. En quince días dejaron su casa de Barcelona y se fueron. Ni qué decir tiene que Núria no pudo despedirse de sus amigos del pueblo. Ni de sus amigos, ni de ella. 

Tania era como ella: una chica de ciudad que volvía al pueblo de su madre por vacaciones, aunque ella vivía en Valencia. Núria solía fantasear con caminar por la playa, hacia el sur, mientras el Mediterráneo le acariciaba los pies, hasta llegar a la Malvarrosa y encontrar allí a Tania, esperándola. Estuvo a punto de hacerlo la noche anterior a coger el avión que los llevaría a Irlanda. Sabía que no llegaría pero, en un arrebato de romanticismo, pensó que quizá muriese de cansancio mientras iba en su busca. Y aquello le pareció la mejor idea del mundo. 

Sin embargo no lo hizo. No era propio de ella resistirse a los designios de sus padres, así que calló y obedeció. Montó en ese avión y se alejó de su primer amor lamentando no haberle podido dar un último beso. 

Núria lloró en silencio muchas noches, pero poco a poco fue olvidándose de cómo era su vida en España, aunque no de Tania. A Tania la escondió en la caja fuerte de las historias pendientes, esperando retomar esa obra algún día y poder darle un final feliz. Y tenía la intención de hacerlo en cuanto pudiese.

Pasaron los meses y los años. Núria estudió Historia y se especializó en Historia Medieval Española. Su tesis doctoral le dio la excusa perfecta para acabar aquel proyecto, para escribir el final feliz que Tania y ella merecían. Iba a viajar a Castellón para investigar y aprovecharía para visitar la comarca del Alto Palancia. Quería fotografiar restos y monumentos, consultar documentos y visitar archivos municipales. Aprovecharía para preguntar por Tania y por su familia. Quizá tuviese suerte...

Núria apenas podía contener su corazón dentro del pecho mientras viajaba en el destartalado tren de cercanías. Puede parecer estúpido, pero se sentía como si Tania fuese a estar esperándola en la estación. No una Tania adulta, sino la Tania con trenzas y pantalones cortos que ella había visto por última vez. Inconscientemente esperaba que en aquel pueblo no hubiese pasado el tiempo. 

Precisamente por eso su decepción fue mayúscula. Eliminada la pátina de nostalgia y el filtro que el tiempo había puesto en la fotografía de sus recuerdos, aquella imagen tenía poco que ver con lo que esperaba. El pueblo parecía dormido. No había ni rastro de la actividad de las tardes estivales o de la alegría y el encanto de las mañanas navideñas de antaño. No había niños correteando. Era como si solo los ancianos se hubiesen quedado allí, haciéndole compañía a un pueblo moribundo. O quizá se hacían compañía mutuamente.

Núria recorrió las calles empinadas reconociendo lugares y evocando momentos, pero sintiéndose cada vez más triste. Recordó la letra de una canción que su madre solía escuchar cuando se ponía nostálgica. "Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", decía la letra. Tenía razón.

Fuente.

Echó una última mirada a la torre a los pies de la que tantas noches había contemplado las estrellas y descendió, dispuesta a coger el siguiente tren que saliese para Sagunto y, desde allí, volver a Castellón. Lo único que quería era acabar la investigación, volver a Dublín y olvidarse de todo, abandonarlo en el pasado. Ya estaba cerca de la Plaza del Ayuntamiento cuando se topó con un olor delicioso. Acababa de encontrarse con una pastelería y en su escaparate se exponían varios panquemaos enormes y con una pinta de lo más apetitosa. Pensó que solo por aquello había merecido la pena el viaje: no los comía desde que era una adolescente. Entró decidida a comprar, al menos, un par de ellos, pero no fue capaz de articular palabra. Tras el mostrador una joven sonreía.

-Hola, Núria -dijo como si la hubiese estado esperando-. ¿Qué querías?




24 comentarios :

  1. Oh, ¡qué bonito! Me ha gustado mucho, de verdad; pero creo que tengo una mente muy perturbada. Mi mente estaba tratando de elucubrar cuándo Plot Twist Queen iba a hacer que nos topáramos con Tania muerta por alguna esquina. :P

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    1. Pues iba a tener un final triste, aunque no triste-épico, ni triste-terrorífico, triste-triste, sin más. Pero se me ha ablandado el corazoncito xDDDD

      ¡Besos!

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  2. ¿Sabes esas historias dónde lo fantástico se introduce con normalidad? Pues en tu historia casi que es lo mismo XD
    ¡Un abrazo!

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  3. Me encantan los finales felices. Muchas casualidades malas pasan como para que no nos podamos dejar llevar por pequeñas casualidades bonitas, aunque sea ficticia.

    Besos.

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    1. Hay casualidades de todas. Esta vez he optado por la bonita. Ya tocaba. :)

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  4. Preciiioosso. Así, con todas las letras muy pronunciadas. XD

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  5. Preciiioosso. Así, con todas las letras muy pronunciadas. XD

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  6. Me encanta, el relato y la canción. Además es un tema que me fascina: volver a donde uno cree que fue feliz pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, y tomarse con el inexorable paso del tiempo que lo arrasa todo... Aunque siempre se puede encontrar una pequeña luz que conecte pasado y presente.

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  7. Me encanta, el relato y la canción. Además es un tema que me fascina: volver a donde uno cree que fue feliz pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, y tomarse con el inexorable paso del tiempo que lo arrasa todo... Aunque siempre se puede encontrar una pequeña luz que conecte pasado y presente.

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  8. jejeje... al final has sucumbido... ¡un final feliz, por fin!
    Oh, yeah!!!

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    1. Jajaja, si es que en el fondo soy una sentimental.

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  9. Casi llego al final aplaudiendo, casi, ese rapto de bondad, grrrr

    Un beso

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    1. Ay, Pilar...¡nunca llueve a gusto de todos! jaja

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  10. Que bonito!! :) Me ha encantado. Me alegra de que se hayan reencontrado, aunque todo sea distinto.

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  11. Tus relatos me derriten el corazón, siempre me hacen feliz. Como la sonrisa de Tania, que la imagino cálida.

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    1. Me has alegrado el domingo, Euterpe. Y sí, la sonrisa de Tania es cálida, amigable, como volver a casa después de mucho tiempo fuera :)

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  12. Pensaba lo mismo que Javi y cuando he leído su comentario he empezado a reírme a carcajadas XDDDDDDDDDDDD
    Me ha encantado el relato ♥ Ai, ese final *_______*
    Me imagino a Núria saltando por encima del mostrador JAJAJA

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