sábado, 7 de abril de 2012

Las comidas familiares.

La familia en la que me he criado es algo peculiar en cuanto a los lazos con los parientes. Por diversas circunstancias, puedo acabar diciendo que mi familia la componen mis padres y mi hermano. Sí, tengo tíos, abuelos, primos, ... más de los que puedo contar, e incluso más de los que yo misma conozco. Pero mi relación con ellos no es demasiado cercana.


Por eso nunca he sabido lo que es una comida familiar, salvo dos contadas ocasiones que puedo recordar: un cumpleaños de mi hermano en casa de mis tíos en Valencia y una comida de Navidad en casa de mi abuela materna. Y esta segunda no sé si ocurrió realmente o solo en mi imaginación.


Pero, cosas de la vida, acabas entrando en otras familias, y tienes que aceptar su dinámica y su funcionamiento. Y de repente, te encuentras participando en comidas familiares que suceden en determinadas fechas obligatoriamente. Unas más multitudinarias que otras. Y menos mal que no todas son igual de multitudinarias. Y acabas dando gracias por tus circunstancias familiares y entendiendo por qué nunca echaste de menos esa situación.


No sé si me explico. Esas comidas concertadas son una especie de imposición a la que no puedes faltar. Por lo tanto, siempre habrá en ellas alguien sin muchas ganas, y esa probabilidad aumenta cuanta más gente hay invitada. Además, también aumenta la probabilidad de que entre los invitados haya, al menos, un par de ellos que no se traguen entre sí. O lo que es más fácil, uno a quien nadie soporte, o alguien que no soporte a ningún otro ser viviente. El caso es que la amargura está servida, por muy dulces que sean los manjares a engullir. Y por último, algo que me fascina: en las comidas familiares acaba hablándose siempre de los temas más incómodos y polémicos que se os puedan ocurrir, enfrentando a varios miembros de la familia y derivando con facilidad en la puesta al descubierto de los trapos sucios.  Una escena muy agradable, sobre todo para una recién llegada.


Y es que no lo entiendo. Las comidas familiares según este concepto deberían estar prohibidas. Lo suyo es que la gente, cuando quiera verse, quede y coma, salga, o haga lo que le venga en gana. Intentar mantener a una familia junta por medio de las comidas familiares es como querer mantener vivo a un paciente dándole pequeñas dosis de cianuro de vez en cuando. Y no exagero: tengo noticias de comidas familiares que han acabado a lo "cruz de navajas".


Por lo pronto, yo voy intentando escabullirme de todas las que puedo. Me he librado de la de Nochebuena, por el momento. Y me sabe mal, porque a los ojos de la familia de mi pareja debo ser una bruja que les ha robado a una parte de ellos con sus encantamientos. Pero es que la dosis de tortura que puedo tolerar es muy pequeña.

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