martes, 3 de abril de 2012

El provechoso talento de saber vivir del cuento

Mientras mi piso se hace cada vez más pequeño, mi cuenta bancaria efectúa una vertiginosa cuenta regresiva y yo me veo las caras con una inoportuna gotera que ha decidido hacer acto de presencia, no durante el seco invierno, no, sino ahora, que se aproximan lluvias, mientras todo eso ocurre, tengo noticias de que hay gente que corre una suerte mucho más afortunada que la mía. "¡Menos mal!",diréis. Porque si a todos les fuese la vida como a mí, este mundo sería un lugar aún más deprimente. La cosa no es que haya gente a la que le vaya mejor que a mí, pues también hay gente a la que le va peor. Lo que ocurre es que hay gente que vive la gran vida sin pegar un palo al agua, pero apaleando, de una manera figurada, a los demás.


Con morro, uno nace, no se hace. Porque ya me gustaría a mí tener el talento y la inventiva necesarios para vivir la vida tumbada a la bartola, leyendo, escuchando música y descansando, y a ratos, viajando alrededor del mundo, todo esto sin arruinarme ni pasar penalidades. Yo tengo que ser sincera: cuando alguien me dice que trabaja porque quiere pongo cara de haberme comido un limón. Y no digo que no haya gente a la que le guste su trabajo, estoy segura de que eso es así. A mí me encanta el mundo de la enseñanza, pero si estuviese forrada de billetes dudo mucho que quisiese levantarme de Lunes a Viernes a las 6 de la mañana para ir a trabajar. Que, ¡oye!, a lo mejor luego me sorprendo, y ojalá tenga la oportunidad de comprobarlo. Pero también me parece hipócrita decir que trabajas porque quieres y no porque lo necesitas. Si lo haces porque quieres, dona tu sueldo a alguien que lo necesite, ¿no? Es como esa gente que dice que canta porque quiere, escribe porque quiere, hace cine porque quiere... y luego dice que se les está robando el pan de la boca a sus hijos. Seamos serios.


Pero me voy por las ramas. Volviendo al tema, me he dado cuenta de que no soy yo la única que tiene ese rechazo al trabajo. Pero hay quien va más allá. No quiere trabajar ni aunque necesite trabajar para vivir. Y esto es un movimiento arriesgado, porque puedes acabar debajo de un puente pidiendo leuros. Pero estas personas tienen lo que a mí me falta: inventiva.  Se montan unos tinglaos de agárrate y no te menees con tal de no trabajar. De hecho, hay quien hace de ello religión y precepto de vida: no trabajarás. Hoy en día hay muchos medios para vivir sin hacerlo, o eso dicen ellos. Yo todavía no he encontrado la manera, o por lo menos, una manera que yo pueda poner en práctica y seguir durmiendo tranquila por las noches.


¿Y como obran este milagro? Porque vivir sin trabajar es casi como multiplicar panes y peces o caminar sobre las aguas.  Pues uno de los últimos ejemplos que pude conocer fue el de vender algo que todavía no existe. En este caso, un libro. La cosa funcionaría de la siguiente manera: yo estoy trabajando en un libro que, previsiblemente, acabaré en una fecha X. Peeeeeero, si lo compras hoy (el concepto de preordenar, que es el que usa la persona que ha puesto en marcha este innovador método, me resulta extraño) te beneficiarás de beneficios como recepción por email de fragmentos, pequeños avances, e incluso, pasajes leídos por la propia escritora. En resumen, que tú me pagas hoy 10 euros por un libro electrónico que aún no existe y yo te voy tirando miguitas de pan hasta que esté listo (¿nadie ha pensado que pasa si ese libro nunca llega a estar listo?). Ah, y aún no lo he acabado, pero mi libro te va a cambiar la vida, en serio. Maravilloso, ¿verdad? Ya, ya sé que no. Pero funciona. En el momento de escribir esta entrada, 4300 personas habían facilitado la vida a esta persona tan original, según sus propios datos. Multipliquen por 10 y echen cuentas. Si ustedes, como yo, conociesen el título del libro, ya sería el despiporre.


Pero no es este el único caso. Simplemente es un ejemplo ilustrativo. Cuando era pequeña decía que quería estudiar la manera de no trabajar, una frase que había oído en alguna parte y que a todos los adultos de mi alrededor les hacía partirse de risa. Se ve que no era la única. La diferencia es que yo al final fui vulgar y estudié una licenciatura, normal y corriente, y los demás acabaron doctorándose en esos curiosos estudios.


Ya escribí hace unos días que ciertas cualidades se perciben, aún en la distancia. Pero es que algunas son imposibles de ignorar, sobre todo si tú te rompes los cuernos haciendo números y cábalas para llegar a fin de mes y lo que percibes alrededor es que hay mucha gente que posee el provechoso talento de saber vivir del cuento.


3 comentarios :

  1. Ay, Bettie... Cómo te entiendo... A mi alrededor, y bien cerquita, tengo ejemplos clarísimos de vivir del cuento, como tú dices. Yo, sin embargo, tampoco pude estudiar eso...

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  2. A lo mejor no nos daba la nota, o algo, jaja ;)

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  3. Acapulco70 ehhh! La chavala ha estudiado alguna clase de feminismo, y mira que le gusta mostrarlo!

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